¡Salve, alcaldesa!

A los jienenses les ha entrado la tontuna y se han emperrado en criticar el tranvía. Total, por cuatro atasquillos y unos arbolitos de nada. Pobreticos, que no están disfrutando de un acontecimiento planetario, de un brote verde de los de verdad: por primera vez en la historia, la Junta de Andalucía está ejecutando una obra en tiempo y forma en Jaén.

La alcaldesa Peñalver está consiguiendo lo nunca visto. Ha puesto a la Junta a trabajar a contra estilo. No los ha dejado presentar ni la presentación de que se va presentar el boceto del primer borrador del guión inicial. Ni hacer un concurso de ideas. Ni una maquetilla que ir llevando de barrio en barrio. A más de uno le va a dar un soponcio.

Por primera vez en la historia no hay restos arqueológicos, colectores, problemas técnicos, ni siquiera alguien a quien echar la culpa de los retrasos. (Tampoco ha habido nadie que los haya estado buscando.) Esta tía es una fiera. Por primera vez no hay engañifas ni artimañas. La alcaldesa anuncia proyectos de la Junta, y no deja a los mandamases de la Plaza de las Batallas salir ni en una foto. Eso es lo que hay. La Peñalver les está sacando las vergüenzas a las mentes pensantes de las excusas para marear el Museo Ibero, la Ciudad de la Justicia o el Complejo Hospitalario de Jaén (que antes de acabar con las millonarias obras previstas hace diez años ya está caduco, que tiene narices). Pensar excusas durante diez años debe ser una tarea agotadora. No deja tiempo para hacer nada. Hasta que llegó la Peñalver, y demostró con una obra de más de 70 millones de euros gestada en año y medio la monumental tomadura de pelo de la Junta a Jaén durante las dos últimas décadas.

Con la tontuna de los atascos, los jienenses no se están dando cuenta de todo ésto. Los árboles no les dejan ver el bosque. Por eso, que ruja la motosierra. ¡Salve, alcaldesa!

Puertas al hambre

Se ve que con los años el subdelegado Calahorro le ha cogido querencia al orden y la ley. Atrás quedaron los tiempos de juventud y utopía. A día de hoy, no soporta verse en los periódicos junto a las palabras ‘avalancha’ e ‘inmigrantes’. Así que se ha metido a cerrajero. Quiere ponerle puertas al hambre. Apañado va.

A la próxima campaña de aceituna vendrán miles de inmigrantes. Con y sin papeles. Todos con hambre. La crisis se ceba con ellos. Jaén es tan buen sitio para arrastrar su miseria como otro cualquiera. Las autoridades se devanan ya los sesos para evitar imágenes tan lamentables como las del invierno pasado, con centenares de personas durmiendo al raso a bajo cero.

Si tan claro está que no se necesita mano de obra en la provincia (resulta obvio con 50.000 parados) más vale que se prepare un buen sistema de ayuda humanitaria. Venir vendrán miles. Con posiblidades reales echar unos jornales, sólo unos pocos. Tipos que se han jugado la vida en una patera no van a pensárselo ahora sólo porque Calahorro diga que habrá un “control total” para los sin papeles. Mejor prepararse para atenderlos con la mayor decencia posible. Porque no se le pueden poner puertas al hambre.

Putas fuera

Clamor en Elche para echar de un bloque de vecinos a unas prostitutas. Han engalanado sus balcones con pancartas y sábanas. En dos palabras: ‘Putas fuera’. El propietario del establecimiento de ‘masajes’ (eso dice él, al menos) se defiende: No es que molesten, sino que unas vecinas vieron a un vecino salir de allí, y quedaron mosqueadas de que sus maridos tengan la tentación tan cerca. Vamos, que en lo que dicen que van a sacar al perro se desfogan con las vecinitas y luego en casa dicen que les duele la cabeza.

En Jaén somos más finos: propietarios de un residencial de la Avenida de Barcelona han decidido en asamblea poner en manos de un abogado la situación de un piso donde ‘reciben’ unas simpáticas señoritas (digo yo que deben de ser simpáticas por las muchas visitas que tienen). Los vecinos no quieren escándalos públicos. Quieren que sea un juez el que arregle el asunto. Que obligue al propietario a echar a las señoritas, argumentando que no hay un alquiler en regla (se habla en el vecindario de rentas de más de 800 euros mensuales, pero con menos papeles que una liebre).

Elche y Jaén. Cambian las formas, pero el mensaje es el mismo. Putas no. No en mi bloque, quiero decir.

Los de 'la Trece'

Me hubiera gustado estar el sábado en Linares para echar un rato con los policías de la Décimo Tercera Compañía de Reserva General de la Enira. Los de ‘la Trece’, para los amigos y para muchos que no lo fueron tanto. Me hubiera gustado escuchar sus historias de viejos antidisturbios de la transición (la compañía funcionó entre 1974 y 1992), curtidos en mil batallas, en mil tornillazos disparados con tirachinas a diez metros, en ese zumbido -esa vibración en el aire- que sólo tiene la pedrada que va directa a tu cabeza, en el olor de la ropa y la carne quemada por cohetes y artilugios caseros que tenían a bien dedicarles progres de los sententa por las calles de Madrid, los batasunos de los ochenta en las batalla campales en el Puente de Deusto o frente a la central de Lemóniz, los desesperados trabajadores de los astilleros de Vigo o los santaneros a los que ponía en la puta calle el demonio amarillo aquel de ‘Saito’. Difícil papel el de aquellos policías, visto con treinta años de perspectiva. Habrá quien diga que fueron el brazo armado del régimen. Lo cierto es que cumplieron igual a las órdenes de gobiernos democráticos. Algunos de los que se hartaron de correr delante de ellos en los setenta, con las costillas bien medidas de un gomazo, les ordenaban en los ochenta que cargasen y saliese el sol por Antequera. Y los de ‘la Trece’ a lo suyo. A ganarse el pan. A repartir. Y a taparse, que nunca se sabe. En casi veinte años, pocos fregados hubo en España que mereciesen tal nombre en los que no estuviesen ellos, dando o recibiendo. Que de todo hubo.

“Eran otros tiempos. Tiempos difíciles”, me cuenta uno de esos funcionarios, ya jubilado. Ahora lleva una cobranza de asuntos funerarios, y se me antoja tan apacible y campechano que no se me hace verlo hace treinta años, con el uniforme gris o beige de otros tiempos, dando estopa. Tiempos en los que la orden del inmediato superior resultaba ser muy frecuentemente la de leña al mono, y se ejecutaba sin concesiones a la galería. Con profesionalidad. Abajo la visera del casco, bien embrazado el escudo, listos los botes de humo y las pelotas de goma. Y la porra en alto y buscado un costillar que acariciar. “No es algo que se cuente con alegría, eran otros tiempos”, me insiste el policía.

Esos policías saben bien que la debilidad se paga cara. En carne propia o en la de un compañero, que duele casi más. Así que, una vez dada la orden de cargar, el que se dejase a sus espaldas cualquier persona, animal o cosa que fuera capaz de andar, de lanzar una pedrada o empuñar una barra de hierro ponía en peligro a toda la compañía. Lógicamente, no daban lugar. Fuesen progres, batasunos o santaneros. Los de ‘la Trece’ nunca se metieron en quién daba las órdenes o por qué. Aquello no era asunto suyo. Hicieron su trabajo y punto.

Curiosamente, la base de ‘la Trece’, el poblado de la Enira en la Estación de Linares-Baeza, tiene ya luz verde del Gobierno para convertirse en lugar de entrenamiento para antidisturbios de toda España y campo de prácticas y maniobras conjuntas para policías extranjeras. De hecho, ya lleva años cumpliendo esa función. Yo mismo estuve allí hará más de un lustro, cuando la Policía se preparaba para tundir a palos a los antiglobalización en una cumbre internacional en Barcelona. Hasta nos dejaron a los chicos de la prensa tirar pelotazos de goma. Son otros tiempos. Ya no se habla de leña al mono sino de maniobras disuasorias, avance preventivo y otros eufemismos, que parece que vayan a repartir besos en la boca a la concurrencia y a darle pecho a los niños. Pero no creo que haya mucha diferencia cuando un antidisturbios de hoy se cala la visera del casco, embraza bien el escudo, levanta la porra y echa a correr en línea con sus compañeros respecto al trabajo que hacían aquellos tipos de ‘la Trece’. Aunque son otros tiempos.

Inercia

Los análisis de los resultados de las elecciones me ponen mareoso. No los entiendo. Si unos han ganado y otros han perdido, ¿cómo puede ser todo tan complicado? En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española he encontrado un concepto que puede ser de utilidad a mentes sencillas como la mía. Inercia.

Incercia: flojedad, desidia, inacción. Incapacidad de los cuerpos para salir de un estado de reposo, para cambiar las condiciones de su movimiento o para cesar en él, sin la intervención de alguna fuerza.

El concepto incercia explica la abstención. Y el descalabro del PSOE en estos tiempos de crisis. Y la sangría de votos que ha tenido en graneros tradicionales como Andalucía. Y la clave del comportamiento de buena parte del electorado rural andaluz. Y por qué Arenas no se va a comer un colín en esta tierra. Inercia.

¡Diablos! He caído mi propia trampa. El mismo dato objetivo (la definición de incercia) me sirve para decir una cosa y la contraria. ¿Parezco Paco Reyes y García Anguita todo en uno? ¿Me estaré volviendo un sesudo exégeta? ¿Tendré síndrome de tertuliano? ¿Me habré dejado llevar por la incercia de Miguel Ángel Rodríguez, Enric Sopena, Carlos Carnicero o María Antonia Iglesias? Ahora resulta que el concepto incercia no aclara nada, sino que vale para todo. Es el ‘cillig bang’ de los analistas.

Ya puesto en el papel de analista, no me resisto a comentar algunos detalles que me han llamado la atención:

-En los anuncios de campaña del PSOE he echado en falta a la guardia mora junto al cura y al neonazi. Le hubiesen dado un toque intercultural muy progre, a lo alianza de civilizaciones.

-La línea dura comunista pasea la momia de Lenin por la plaza de los pueblos, y castiga a las opciones menos dogmáticas (leáse la línea de la capital que lidera José Luis Cano).

-22 personas (o lo que sean) han votado en la provincia la lista pro etarra a la que dejaron presentarse a los comicios.

-Ojito a Unión Progreso y Democracia.

-El PA del domingo pasado está ya casi al nivel del Partido del Cánnabis de hace cinco años.

Por cierto, ¿para qué se votaba? Eso sí que es inecia.

El 'Gancha', a la calle

Plumillas y fotógrafos hacíamos guardia en la puerta del juzgado. A la entrada, Joaquín (‘el Gancha’, como lo llaman los policías veteranos) se nos había escapado por los pelos. Los de Canal Sur, por lo menos, lo habían visto. “Un tío con gorrilla de campesino”, advirtieron. El señor Joaquín había sido detenido por meterle un par de mojadas en la tripa a un tal Adelkebir. El marroquí dice que él acudió a salvar a una muchacha que discutía con Joaquín. Joaquín dice que el moro le puso la mano encima a su hija. Estaban en un bar y se habían metido entre pecho y espalda un par de botellas de güisqui, que al parecer a Joaquín le gusta mezclar con 7up o Sprite, según la disponibilidad del establecimiento en cuestión. Se ve que con las bebidas espirituosas cambia la percepción de las cosas, según el que las vea y las cuente. ¿O lo que cambia el punto de vista es tener en las manos una navaja o las tripas que se te salen del cuerpo? Vaya usted a saber. Cada uno cuenta su película, y que cada cual crea a quien quiera.

El caso es que ahí estábamos los plumillas y los fotógrafos esperando ver salir a un tío esposado y custodiado por la Policía camino de la cárcel. En esas guardias se habla un poco de todo. De batallitas, del gachón al que se espera, de una máquina peladora de habas o de la vecina del quinto, que no sabe en qué se diferencia un pene de una silla y así le va, que se sienta en cualquier lado. En estas que se abrió la puerta, salió un señor tan tranquilo, se sentó en el escalón cara a cara de nosotros y se enchufó un cigarro, como si tal cosa. Lo delataron dos detalles: la gorilla de campesino y un papel que se le cayó al suelo el que se leía su nombre: Joaquín.

Lo que sigue es el pan nuestro de cada día para los que alquilamos la pluma o el ojo de retratar: fotos tiradas con disimulo desde la barriga, sin echarse la cámara a la jeta, familiares mosqueados por las ráfagas, ‘ que te rompo la cámara si le echas más fotos a mi papa’ y ‘yo no estoy haciendo fotos’ pero sin levantar el dedo del disparador. Pero, sobre todo, caras de incredulidad entre la concurrencia, porque ahí estaba el señor Joaquín, tan pancho, camino de su casa. Lo acompañaba un joven (su hijo) y una joven, que dicen que es su hija. La misma con la que supuestamente discutía cuando se metió el tal señor Adelkebir a poner paz. O a la que el marroquí le puso la mano encima. Vaya usted a saber. El caso que ahí estaba el señor Joaquín. En la puta calle. Dicen que todos los días se aprende algo nuevo. Lo que no tengo todavia muy claro es qué he aprendido yo de todo ésto. Aparte de la diferencia entre un pene y una silla o las ventajas de la máquina peladora de habas.