“No todos somos malos”

Hoy he estado en el centro de menores de Las Lagunillas para un reportaje. He estado en la biblioteca del centro, que sirve también de salón de actos. Me he encontrado allí un reportaje que escribí hace tres años. Y me ha llenado de orgullo que lo tengan en ese lugar, tan especial, enmarcado y colgado de la pared. Las hojas ya van amarilleando. Comparto aquí  lo que escribí entonces. 

“No todos somos malos»

La Justicia logra ‘enderezar’ a tres de cada cuatro menores que cometen delitos

A Alejandro le sale del alma un «no» rotundo cuando le preguntan si se ve en la cárcel de aquí a unos años. Llevaba carrera para ello hasta que hace dieciocho meses ingresó en el centro de menores de Las Lagunillas, en Jaén. Robos, trapicheos,motos, canutos. La vida en la calle en la zonametropolitana de Granada. «Me han caído muchas. Algunas por cosas de las que ni me acordaba que había hecho», se lamenta. Hoy, con los 18 recién cumplidos y dos años de internamiento aún por delante, lo ve todo con otros ojos. Es consciente de que su paso por el centro, además de una condena, es una oportunidad. Se maneja ya bien en el lenguaje institucional del sistema de reforma. Aunque algo en él recuerda al pícaro de siempre: la mirada baja, astuta, huidiza, nerviosa. Sus respuestas suenan a cantilena repetida una y otra vez a las mismas preguntas. A veces alza la vista y le sale el acento de las calles de Maracena, donde se crió: «Aquí no somos todos malos», asegura. Y sueña «con un trabajillo», de jardinero, de carpintero, de mecánico. Con demostrarle a uno de sus ocho hermanos cómo se pinta un piso. Cuando salga. Siempre cuando salga.
Con Alejandro, 44 menores cumplen actualmentemedidas judiciales en Las Lagunillas. El centro tiene 48 plazas. La directora, Ana Belén Rivero, explica que todo el año está prácticamente lleno. Según estimaciones de la Delegación Provincial de Justicia, tres de cada cuatro de ellos aprenderá la lección y no volverá a meterse en líos. «El delincuente habitual es aproximadamente un 25% del total, el resto comete pequeños
delitos o faltas y el trabajo que se hace con ellos está dando frutos y no vuelve a delinquir», dicen en la administración andaluza. Alejandro
forma parte de ese 25% de chavales difíciles. Por las Lagunillas han pasado en los seis primeros meses de este año 76 de los más de 400 menores que cumplen medidas judiciales por delitos. La flor y nata: los más pertinaces y los que han hecho cosas más graves. Muchos de ellos no saldrán nunca del círculo de la delincuencia y las prisiones.
Alejandro sabe que ahora tiene una oportunidad. Tal vez la última que le da el sistema. Quinto hermano en una familia de ocho chicos y una chica, cada uno bregó con lo suyo como mejor pudo. El mayor acaba de salir de la cárcel. Otros tienen estudios y familia. Alejandro tenía la calle. «No una pandilla fija. Unos días iba con unos. Otros con otros. Pero todos los días había algo». Hizo muchas, no se esconde. «Nunca piensas que
vas a acabar aquí. Y haces lo que haces por hacerte el chulillo, eso está claro. Llega una denuncia. Y otra. Y otra. Ya pasaba algo y van a por ti.
Y al final sale todo. Hasta cosas de las que ni me acordaba».
Hacerse el chulillo incluía también a las medidas que le iban imponiendo los jueces para corregirlo. «Por las primeras denuncias me ponían libertad vigilada. No fui ni dos veces contadas». Hasta que lo encerraron. «Al principio le costó», recuerda la directora de la llegada de Alejandro.
De hecho, trabajadores de la institución admiten que «no nos fiábamos de él».No había estudiado «en la vida». «Para estos chavales, las clases son lo más práctico, lo que más les va a servir fuera, en la vida. Se les enseñan valores, compañerismo, que se saquen el graduado. Sin eso no van a ningún lado. Y les motivamucho ver que pueden, que consiguen hacer algo que ni pensaron que harían en la vida», insiste Ana Belén Rivero. El
año curso pasado hubo cuatro internos que lograron el graduado.
El primer 10

Amador, profesor desde hace nueve años en Las Lagunillas, asiente. «Maestro,mira es el primer diez que he sacado en la vida», recuerda que le dijo una vez un chaval. «Aquí nos llegan después de años sin pisar una clase. Y tienen que enfrentarse a cosas que en la calle tenían olvidadas. Se motivan mucho cuando ven que pueden sacar buenas notas», apunta.
Hay exámenes todas las semanas. Entre la decena de alumnos que trastean libros y ordenadores en la clase de nivel avanzado (las tres aulas están dotadas con ordenadores para todos los alumnos) hay algunos con graduado escolar (en el centro hay chavales con el bachiller a punto de acabar y uno que va a ingresar en la universidad). Otros, como Alejandro, están en ello y se van a examinar en breve para sacarse el graduado.
Justo al lado, en la clase de alfabetización, aprenden a leer y escribir. La mayoría de los alumnos son extranjeros (hay una docena actualmente en el centro). Pero algunos de los adolescentes que se retuercen sobre una cartilla con la lengua asomando por comisura de los labios son españoles, con quince o dieciséis años. Chavales que nunca han ido a clase con continuidad.
La mayoría de los internos procedentes de familias marginales de barrios marginales. Pero cada vez más, les llegan de familias que viven en buenos barrios, en familias que nunca han conocido el paro, que no sabían hasta ahora lo que son los problemas con la Justicia. «La mayoría por de éstos están aquí por delitos de violencia familiar», generalmente contra los padres, dice Rivero. Según datos de la delegación provincial de Justicia, en lo que va de año hay constancia de 33 jóvenes cumpliendo medidas judiciales por estos delitos de maltrato familiar. Es ya el tercer delito más frecuente entre los menores que cumplen medidas judiciales.
En la zona de aulas, la ilusión de estar en algo parecido a un instituto pugna por aflorar entre rejas y guardias de seguridad. Dentro de las clases son detalles comolos walkie-talkies de los profesores los que rompen el encantamiento. En el acceso a la zona de los talleres – un pasillo, un patio y dos puertas de seguridad que sólo se abren cuando cuando lo indica un guardián- un par de chavales que están pintando habitaciones se toman un descanso charlando amigablemente con los monitores. Las ropas y el pelo manchados de pintura, la sonrisa de satisfacción por la camaradería y el trabajo bien hecho, la broma cuando aparece la directora. La estampa podría ser idílica. De no ser por la vigilancia a un metro escaso de un guardia, plantado cara a cara del grupo, sin perder detalle de lo que hacen.
Seguridad
Las normas de seguridad se llevan a rajatabla. Más de un tercio de los 106 trabajadores de la casa son de seguridad. Sólo son chavales. Pero
en muchos de ellos hay un lado violento contra el que luchar. El delito más frecuente entre los menores que han pasado en 2009 por el juzgado son las lesiones. Sesenta casos en seis meses. Otros 36 chavales han sido encausados por robo con fuerza. Y quince por amenazas. Hay siete delincuentes sexuales encausados este año.
Miguel (el nombre es figurado para preservar su identidad) tiene sólo 15 años y se afana con otros compañeros en el taller de carpintería. Están haciendo un mueble para una de las habitaciones de recreo (‘hogares’, en la jerga del centro) de los jóvenes. Prácticamente todo el mobiliario de la casa lo han hecho los internos. Incluso exportan muebles a otros centros de internamiento.
Miguel tiene una mirada limpia. Saber que le quedan tres meses más en el centro no se la ha enturbiado. «Cuando llegué no sabía hacer nada. Ahora sé hacer muebles, mesitas, estanterías». Pero no se ve como carpintero. «De policía sí. Me gusta». Cuando salga continuará con 3º de ESO. Y disfrutará de lo que más echa de menos. «Mi casa lo que más. Los amigos. Se piensa mucho aquí. En la familia sobre todo. Se le dan muchas vueltas a la cabeza. ¿Si me arrepiento de algo? Claro. Demuchas cosas».
Alejandro ha pasado por los dos talleres homologados de FPO que tiene el centro: el de jardinería y el de carpintero. Ahora prepara otro de diseño de parques y jardines. «Eso no lo hubiera hecho en la calle en la vida», admite con un punto de orgullo en la voz. El tono se le pone más grave cuando recuerda su vida antes de que un juez lo metiese entre rejas. Lo curioso es que no lo ve del todo negro. «Si no es así hubiera acabado peor», dice.

Muñoz Molina: el francotirador incómodo

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) se ha convertido en un escritor incómodo.Tanto que se ha vuelto incontestable y hasta le conceden premios que distinguen al ‘outsider’, al francotirador de precisión milimétrica. Desde que un día en casa me topé con ‘El invierno en Lisboa’ me llamó la atención la obsesión por amasar las palabras, por volver una y otra vez a los conceptos, a revisarlos, a darles la vuelta, a descubrir la verdad detrás de cada palabra.  Al final acabas destruyendo los estereotipos. Y sin dogmas a los que aferrarse se acaba el camino fácil. El pensamiento único, lo políticamente correcto, salta en pedazos.
Sólo he visto una vez a Muñoz Molina. Fue en el parador de Úbeda. Yo era becario. Mi primer verano en la redacción de IDEAL en Jaén, allá por el 95 o el 96. Lo entrevistamos toda la redacción. Un par de horas de charla pausada, de conversación sobre sus libros, sobre Úbeda, sobre Jaén … Me atreví con algunas preguntas. Después nos fuimos caminando por la calle hasta el mirador. Mágina al fondo. Hablar de Mágina delante de Muñoz Molina es mucho hablar. Mucho antes de que tener memoria estuviera subvencionado, en los libros de Muñoz Molina se escarbaba en los recuerdos ocultos de Mágina. Sin tópicos. Beatus ille, El jinete Polaco, Plenilunio … Discurren en un paisaje que parece irreal, mágico. No  es tal. Sólo es un territorio desprovisto de tópicos, enfrentado a su propia verdad, de palabras dichas a media voz porque aún no se pueden gritar, de miedos, de hombres que fuman en los soportales de la plaza a la espera de un jornal, de recuerdos que sólo se cuentan sin testigos, de vidas construidas sobre mentiras, de un viejo terror que aún sobrevive en el subconsciente colectivo.
El gran salto cualitativo de Muñoz Molina, sin embargo, no está en los escenarios de Mágina. Está en Madrid, y en Estados Unidos. Está sobre todo en La noche de los tiempos. Revisar los sucesos del verano de 1936 Madrid desde dentro, sin tópicos, sin soflamas, sin prejuicios, escuece. Escuece y mucho cuando se va contra la historia  establecida a base de subvenciones y medias verdades, como antes la estuvo sustentada en un fusil. Seix Barral, la editorial que publicó la obra, considera esta novela como “la confrontación entre la desvallida necesidad personal de amor y la feroz carnavalada sangrienta de los fanatismos ideológicos que arrasan el mundo”.
Contar la izquierda al margen de los tópicos construidos por ella misma le pasó factura. Cuando en 2012 se le concedió el Premio Jesuralén, arremetieron de firme contra él. Lo acusaron de mancharse las manos de sangre por aceptar este premio, uno de los más prestigiosos del mundo, de complacencia con el estado de Israel y de masacrar a los palestinos. El respondió con un discurso contra los estereotipos. En sus propias palabras una “defensa de la literatura y de lo que ésta lleva consigo de ejercicio de la libertad de conciencia y de antídoto contra las simplificaciones ideológicas o políticas y las obsesiones identitarias, sean las que sean”. El Príncipe de Asturias demuestra que hoy es un autor incontestable por su compromiso ético, aunque resulte incómodo. No le queda más remedio a un hombre que amasa las frases, que vuelve una y otra vez sobre los conceptos, que los pone del derecho y del revés hasta que desvela sus misterios a base de palabras precisas, como las balas de un francotirador.

Los ‘okupas’ enamorados

En la urbanización de Entrecaminos se está viviendo estos días una historia bien curiosa. Es la historia de Bea y Alberto. Y es una historia de amor. Y de lucha. Y de cómo pasar en un día de estar en la calle, sin tener donde caerse muertos, a vivir en un chalé valorado en 300.000 euros, con tres plantas, con jardín y piscina. A la salud de un banco, además.
Bea y Alberto, de 26 años, se conocieron en la cárcel. Ella es maestra. Iba de voluntaria con un programa de la diócesis para ayudar a los internos. Alberto no es voluntario. Llevaba allí desde los 18, por robo. Se miraron, se sonrieron, empezaron a conocerse. Ella tuvo que dejar de dar clases en prisión al tener una relación con un preso. Pero lo esperó. Cuando salió Alberto, se fueron juntos. Durante año y medio han vivido de algunas clases particulares que daba ella y del paro que le quedó a él. Después, nada. Ocuparon una casa en los puentes, pero la riada les echó de allí. Así que han buscado otra vivienda. Le echaron el ojo a una casa de Entrecaminos. ¿Por qué? Porque es de un banco, que embargó al anterior propietario. La casa llevaba dos años vacía.
A Alberto y a Bea les sobran la mitad de las habitaciones. Todas sus pertenencias son una cama, dos mesitas, un sofá, un mueble para la tele, la nevera y unos muebles de cocina que encontraron tirados.
Según el INE, Jaén es la décima provincia española con mayor porcentaje de casas vacías. El 17,1 por ciento en términos relativos y 63.347 casas sin ocupar en total. A esta cifra contribuye el hecho de que cada día desde hace varios años entre dos y tres familias han sido desahuciadas por impagos de hipotecas.
La Guardia Civil ha les ha hecho ya un par de visitas a Bea y Alberto. De cortesía, porque no se ha tomado contra ellos medida alguna. Asesorados por un abogado, saben que las nuevas leyes antidesahucios y la presión social juegan a su favor. Así que por lo pronto ya han llenado la piscina, y mientras los echan o no refrescan su historia de okupas enamorados.