‘Mi moral como abogado’

El último número de la revista Bajo Estrados, que edita el Colegio Oficial de Abogados de Jaén, incluye un artículo del letrado (y escritor) Luis Heredia Barragán, que creo que da que pensar.

‘Mi moral como abogado’

“Y después…el silencio. Cuando todo termina solo quedas tú y tu conciencia. Y empiezas a analizar si tu comportamiento con tus contrarios, en un caso de sufrimiento como ése, fue el adecuado, el justo y necesario. Contadme si no os ha pasado. Un día llega a tu despacho ese caso que no quieres coger. Ese caso que se atraganta en el interior de tu corazón. Porque me parece a mi que los abogados/as tenemos corazón aunque a veces existan muchas capas de piel que dificulten verlo. Pero su madre, la que lo ha llevado hasta ti, piensa que sólo tú eres su salvación. Y mientras meditas si lo coges o no, te acuerdas de esa otra madre; piensas que estará recordando cómo de pequeño lo besaba, lo bañaba, lo amaba y concluyes…¡ya no va a poder hacerlo más!

Y entonces entras en juego tú, en ese juego que la Justicia que se ha dormido ha emprendido con pasos de tortuga. Y como resulta que no somos máquinas te acuerdas de las veces en que ella debió llevarlo al colegio, esperarlo a la puerta, celebrar su último cumpleaños, los dieciséis…ya no va a poder hacerlo más. Y tú como letrado estás metido a fondo en ese caso que no quieres, en ese caso que, ahora sí, no importa que la justicia se duerma. Lees los primeros folios del asunto y te das cuenta que eran dos amigos que una noche decidieron viajar junto a la muerte en un vehículo conducido por el alcohol. Y la madre del conductor llora ante ti para que salves a su hijo de la cárcel, de ese homicidio imprudente que ha cometido.

¿Pero dónde está mi moral que también soy padre de hijos como el que viajaba dormido al lado del conductor? ¿Dónde está nuestra moral? ¿Todo vale en defensa de tu cliente? Y la madre de la víctima que no se dio cuenta de su final te mira en el juicio con recelo, con odio, con asco. Pero la justicia está dormida. Y va a tardar cinco años en llegar hasta el final. Y, en tu conciencia, cuando todo termina, analizas si las palabras hirientes en juicio en defensa de ese conductor son moralmente correctas. Porque dice la jurisprudencia que si demuestras que la víctima contribuyó al desenlace fatal puedes bajar en un grado la pena de tu cliente. Y entonces, ante esa madre que ya no lo puede abrazar dices que su hijo iba bebido, sin el cinturón de seguridad, que si lo hubiera llevado se habría salvado, que sí, que si… ¿Y mi conciencia sucia puede ser lavada por el derecho a la defensa del conductor? Decidme…

Ahora, cuando me cruzo con los padres de la víctima siento una vergüenza irrefrenable pero, ¿acaso no hice mi trabajo? La justicia se durmió y esas dilaciones le salvaron de la cárcel al conductor. ¿Y qué me queda? ¿Qué nos queda ante asuntos como el que os cuento? El silencio, el puto y maldito silencio de aquellos que creen que solo somos robots que se mueven en busca de euros. Pero no es así, porque detrás de la fachada de piel, hay algo que late. Hay algo que nos pregunta si realmente es moralmente correcto utilizar todas las armas a tu alcance para defender, para salvar de un acto irresponsable a quien quitó las ganas de vivir a otras personas. Ahora a esa madre destrozada le queda una fotografía a la que agarrarse, a la que abrazarse. Al letrado de la defensa le queda el silencio.

Después de años ejerciendo me queda una pregunta: ¿Volvería a defender de esa forma dañina para terceros a alguien por salvarle el culo? Mi corazón sigue latiendo. Tengo hijos que se montan en vehículos en los que, agazapada, va la muerte. ¿Defendería así al conductor de ese vehículo que sesga mi vida en vida? Mi conciencia duele en las largas noches de vigilia a la que me conduce mi profesión. Después del silencio nadie me agradeció nada pero, sigo viendo a esa madre. Sé que le doy asco, seguramente yo sentiría lo mismo por el que defendió al que tanto daño causó en mi vida pero, amigo abogado/a: detrás de ese corazón que late en nuestro interior hay algo que se superpone…y es nuestra maldita y en ocasiones incomprensible profesión. La profesión que ha de comerse la moral en el juicio cuando en juego está la cárcel de tu cliente. La profesión que en ocasiones nos pone en la mirilla de nuestros contrarios. La profesión que cuesta la vida a cientos de compañeros al año y que nadie comprende. Mi moral está dañada, ciertamente, pero mi profesión la dignifiqué con la defensa de mi cliente. Y ahora…el silencio. ¿Nuestra moral o la defensa? No me extraña para nada compañeros, que las consultas de los psiquiatras estén haciendo el agosto con nosotros”.

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