La cacería

Las últimas grabaciones desveladas por Moncloa.com siembran la duda sobre si el polémico comisario Villarejo tuvo arte o parte en cómo estalló judicialmente el caso Gurtel.
Fueron precisamente unas grabaciones de un concejal de un pueblo de Madrid las que dieron pie a la actuación la Justicia. Las grabaciones parecen especialidad de la casa de Villarejo. Las malditas grabaciones.
La instrucción de la causa desatada por la denuncia de este concejal recayó en la Audiencia Nacional, y más concretamente en el juez Garzón, que en febrero de 2009 ordenó detener a Francisco Correa y a varias personas más en un caso de corrupción que casi una década después causó la caída del gobierno de Mariano Rajoy y que aún dará quebraderos de cabeza al PP durante años.
La historia de una cacería. Con las detenciones recién ordenadas y los arrestados incomunicados en los calabozos de la Audiencia Nacional, el juez Baltasar Garzón se fue de montería a su pueblo, Torres. A la finca Cabeza Prieta. Lo acompañaban el entonces ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, el comisario general de la Policía Judicial –hombre de confianza del entonces ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba- y una fiscal de la Audiencia Nacional: Dolores Delgado. La actual ministra de Justicia. Delgado había estado con Bermejo y Baltasar Garzón el día anterior en el hotel Del Val en Andújar.
A Bermejo aquella cacería le costó el puesto (cuando además se confirmó que había estado pegando tiros por las sierras de Jaén sin licencia para cazar por Andalucía). A Garzón se le fue su carrera judicial a pique por grabar ilegalmente a los abogados de la Gurtel conversando con sus clientes, por lo que fue condenado por prevaricación e inhabilitado. Otra vez las grabaciones como arma mortal en el círculo  de Villarejo.
La ministra Dolores Delgado está actualmente contra las cuerdas por las grabaciones -más malditas grabaciones- de una comida con el comisario Villarejo y Garzón, entre otros comensales, celebrada en 2009. La comida donde llamó maricón a Marlaska (entonces juez, hoy compañero suyo en el Consejo de Ministros), donde admitió que vio a varios magistrados golfeando con menores, y en la que Villarejo le contó que había montado una agencia de prostitución para obtener información de políticos y empresarios, y ella le reía las gracias.
Y ahora resulta que en la comida grababa por Villarejo el policía alardea de que él preparó en otro almuerzo en 2008 la operación que dio lugar a las pesquisas judiciales de la trama Gurtel. En esa comida, según contó Villajero, compartió mesa y mantel, entre otros, con su amigo Balta y José Antonio, el jefe de la Policía Judicial, y otro mando policial.
La portavoz del Gobierno, Isabel Celaá, denunció días atrás una “cacería” contra el Gobierno. Se ve que esto va de comer y cazar. Como desde que el mundo es mundo. Y de espiar. Nada nuevo bajo el sol.
Pero para grabars y espiar hay que saber. No todo el mundo vale para eso. En Jaén hubo hace años un policía, villarejillo de pacotilla, que iba por ahí grabando a todo el mundo con un bolígrafo-grabadora. Volcaba esas conversaciones en un ordenador, que luego le desapareció de la mesa de Comisaría misteriosamente, para aparecer por arte de birlibirloque en la sede de un sindicato policial en Madrid. Hubo diligencias abiertas en Instrucción 2 de Jaén por aquello, que quedó en nada (aparte de la rechifla general, que no fue floja, precisamente).
Villajero sí que sabe grabar. A la luz de las nuevas revelaciones, precisamente la cacería de Torres con Garzón, mandos policiales y la entonces fiscal –hoy ministra- Delgado huele hoy mucho peor que hace casi una década. 

Efectivamente parece que todo este embrollo no es más que una cacería. Entonces (en 2009) y ahora. Lo que han cambiado son las piezas. Quien a hierro mata a hierro muere. Lo que pasa es que el cazador sigue siendo el mismo.

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