Cuernos peligrosos

toros

(Zona de los tendidos de La Alameda donde se acumulaba más público, en una foto de Francis J. Cano)

El día va de cuernos. Empiezan los toros en la feria de Jaén. Un tostón, me cuentan. Los tendidos de la plaza, casi vacíos, para ver el triunfo de Daniel Luque, que se salvó de la quema del festejo. Luque fue un cañón con la espada. Pero las estocadas que daban en las taquillas no eran moco de pavo. Así va la cosa nacional, que entre todos la mataron y ella sola se está muriendo, por más que en Cataluña le hayan dado ya la extrema unción. Cosa nacional. El que se atreva a llamarla fiesta es más que optimista. ¿Alguien vio ambiente de fiesta ayer en La Alameda? Esto es ya la sala de espera de la UCI. Total, que lo más curioso de la corrida inaugural de Jaén, además de las orejas que cortó Daniel Luque, fue que al sexto se le ‘averió’ un cuerno, que se partió sin llegar a caerse y le hacía extraños arabescos sobre la testuz hasta que el presidente decidió cambiarlo. Al toro, digo, no al cuerno que ya no tenía remedio.

Para cuernos peligrosos, pero peligrosos de verdad, los de un tipo que se metió en un bar de la zona de los puentes de Jaén. “Tú qué es la que te traes con mi mujer”, le dijo a un fulano que estaba en el bar. Intentó apuñalarlo. No con los cuernos, sino con un destornillador. Le rompió la camisa, con la empuñadura le dio en los morros, y lo dejó hecho un ecce homo para cuando llegaron los civiles a arrestarlo. Es lo que tienen los cuernos cuando hay bravura debajo de ellos.

Mansos

Si en la primera de feria no se formó un motín en Santa Margarita fue porque los tendidos estaban llenos de mansos. Los toritos de Algarra jugaban a lanzarse sobre el albero en vez de a embestir. Impresentables los toritos de Algarra. Siete se jugaron. Cinco no fueron malos. Fueron malísimos. Por flojos, descastados y mansos. Ni en pie se tenían. Los otros dos sí merecieron solamente el epíteto de malos, que no es poco. Y la afición (dos tercios de plaza) se la tragó enterita, sin apenas protestar, sin mentarle la madre a los toros, ni a los toreros, ni a los veterinarios, ni a la presidencia, ni a la empresa ni al resto de cómplices de la felonía que se perpetró ayer en Santa Margarita. Sólo en el tendido 8, mediada la fechoría, hubo un amago de revuelta, con tímidos gritos de atraco. Quedó la cosa en arreón de manso.

Estaba desangelada la plaza. Faltaban las pancartas de las peñas. Santa Margarita es menos Santa Margarita sin el pancartón de ‘La peña Enrique Ponce saluda a la afición y al mejor torero’, y sin la divisa de Tercio de Varas. El mosqueo con los toros en Linares es ya descomunal. Son muchos años. Suben los precios de las entradas, reducen a dos las corridas de a pie, y encima corre el rumor de que han estrechado los asientos, porque hay nuevas marcas en la piedra de los escaños y a la gente le dio ayer por decir que el vecino se arrimaba más que de costumbre. El vecino de la rubia de la contrabarrera del tres estaba encantado. Ni le importaba que el panadero Medina no le hiciera llegar el botijo con agua bendita que circula por allí con más solera y aficionados que Manolete. Él tan feliz con el roce de semejante semejanta. Pero al resto de la concurrencia le causó más bien fastidio lo del supuesto estrechamiento de su asiento. Bastante fastidio.

Y en estas compareció Morante. Sólo fue el gran Morante en un los lances de recibo a su segundo (dejó una media verónica como se han visto pocas en Linares) y en un quite por chicuelitas, ajustadas y dulces. El resto de la tarde Morante fue una castaña con menos ganas de agradar que los toritos de Algarra, que mira que fueron malos. De las mismas salió Curro Díaz en su primero, aunque se entonó con ganas en su segundo, y se llevó una generosa oreja tras notable arrimón. El más decidido fue Manzanares. A su primero le sacó una oreja a pico limpio, y el sexto toro se acostó para que no pudiera desorejarlo. De pura rabia, le metió una soberbia estocada.

Acabó el petardazo de los Algarrillas y no hubo que lamentar disturbios, ni que descalabrasen a algún representante de la empresa o la autoridad, ni tan siquiera que corrieran a gorrazos a los taquilleros. Nada. Tímidos pitos. Otra tarde más. Es el problema de la afición de Linares. Que nada. Que 63 años después fían la honra de su plaza a los cuernos de Islero. Que les dan gato por liebre. Y que los tendidos son mansos.

Toros

Los catalanes son muy serios para las catalanadas. Escolti, tu. Pero que muy serios. No dan puntada sin hilo. Ni estocada. La que le han metido a los toros ha sido fina. Muy fina.

En la teoría se han cargado una tradición española y catalana de siete siglos para darle una patada donde más le duele al españolismo. Por muy serios que se pongan para hablar de respeto a los animales, se les ve que están de cachondeo, y que se descojonan de tan buena faena que les ha salido, y de ver cómo rabian los españolazos. Carod Rovira se congratula de ser la persona más odiada por los españoles y asegura que no lo estará haciendo tan mal cuando tiene repercusiòn internacional. Un cachondo, tú.

En la práctica, los catalanes se han librado de un espectáculo casi siempre plúmbeo y amañado, sucio como las cloacas de Babilonia, una tramoya de pillos donde los relumbrones de verdad (un hombre que se la juega sin trampa ni cartón, un par de naturales sin aliviarse, un toro con casta y fuelle, una trincherilla garbosa) son escasos como las virtudes teologales en Sodoma y Gomorra, donde no pudo Abraham encontrar a una decena de justos. Esa es la fiesta de la que disfrutamos en la mayor parte del mundo libre y sin prohibiciones cornúpetas, no nos engañemos.El domingo hubo trifulca en la puerta de la Monumental de Barcelona, donde mira tú toreaba en linarense Curro Díaz, artistazo, genio y figura, una de las últimas esperanzas de la verdad en esta película.

La pataleta ventajista y electoralista del PP (como lo de la Penalver y el José Enrique compitiendo en realjienensismo)anunciando que va a pedir que los toros sean bien de interés cultural me trae, por otra parte, a la menoria el chapuz de la Junta de Andalucía con el toro de Osborne. Si los catalanes tuvieran Junta de Andalucía, debatirían en el Parlament su prohibición, sin duda alguna, por el maltrato al que nos somete a los humanos andaluces. Los andaluces no somos serios para las andaluzadas. En 1994 la Junta quiso inscribir los toros de Osborne de la comunidad en el catálogo del Patrimonio como Bien de Interés Cultural. Uno de los toros, desde 1965, está en la finca de reses bravas de Apolinar Soriano en Santa Elena. El primero toro andaluz (el primero que se ve al entrar en la región). O el último, según se mire. Soriano recurrió porque la administración avasallaba sus derechos y le imponía obligaciones abusivas. El Supremo, en 2006, acabó anulando aquella declaración de Bien de Interés Cultural porque la Junta no instruyó el expediente el tiempo que marca la ley. Hasta llegar ahí la Junta se tiró de lleno al esperpento con cargo al contribuyente en un pleito de una década. En diciembre de 2009 se anunció que volverá a intentar la inscripción. Un espectáculo cómico-taurino, que dicen los puristas. La charlotada de toda la vida.