Doce mil artículos después

Distanciarme emocionalmente de la realidad siempre fue, es y será una de mis grandes obsesiones como periodista. Pero hoy, sin que sirva de precedente, sí voy a escribir dando rienda suelta a los latidos de mi corazón. Creo que está justificado. Ha llegado el momento de cerrar una etapa profesional y personal en Jaén para abrir otra con ilusiones renovadas en la redacción de Ideal en Granada. Cien kilómetros de distancia, un suspiro, dos emociones. La emoción de quien esta vez dice adiós sabiendo que sí hay alguien despidiéndote en el andén y la emoción de saber que en esta ocasión también hay alguien esperándote con los brazos abiertos y la calidez de una bienvenida sincera. Porque al final, qué queréis que os diga, siempre se agradecen los abrazos. Incluso las lágrimas. Dejo atrás catorce años que han marcado mi vida con vivencias indelebles. Como aquella madrugada en que nació mi hija Lucía en el Hospital Materno Infantil de la capital. Ella, su mirada, su sonrisa, siempre me recordará a Jaén. El Jaén que huele a vainilla. El Jaén de las verdades verdaderas. El Jaén que lucha por sacudirse la pelusa de la resignación.

Llegué en marzo de 2002 y me marcho en marzo de 2016. Catorce años y doce mil artículos después. Necesitaría un serial para agradecer (y reconocer) tantos apoyos y amistades. No os quiero tan mal –yo estos pleitos prefiero ventilarlos tomando un flamenquín-. Pero sí deseo dedicarle unas líneas a mis compañeros de curro, a los que están y a los que se fueron. A vosotros os debo mucho. Os debo el inmenso honor del periodismo honesto. El periodismo que me llevó a la facultad y el periodismo que, como decía Kapuscinski, contribuye al progreso y no a la arrogancia. Y también mi inmensa gratitud a todos vosotros, los lectores. Le tomo prestada al maestro Vicente Oya esta cita oída en su discurso de nombramiento como Cronista Oficial de la Provincia. “Mientras dios me dé fuerzas –dijo en alusión a Vicente Aleixandre- seguiré escribiendo cada día para los que quieran leerme o los que no quieran, para los que estén despiertos o dormidos, para los que van despacio o deprisa por la vida, pero sobre todo para los que, perdidos en la masa humana, parece que no tienen nombre ni apellidos”.

Cuando era niño e inocente cerraba con fuerza los ojos cuando me sucedía algo muy bonito y quería que ese episodio quedara guardado para siempre en el anaquel de los recuerdos importantes. Y esto que me está pasando ahora es muy bonito. Lo es porque más allá del desconsuelo del adiós –de vez en cuando enseñaré la patita en las páginas de la edición jienense de Ideal-, Jaén ya será para siempre ‘mi Jaén’. Un precioso tesoro de gentes sencillas y nobles, de risas y también sollozos, de cariño y amor. Por eso, amigos, ahora mismo voy a cerrar con fuerza los ojos. Con mucha fuerza. Un abrazo.

La EPA de la ‘recuperación’

Para valorar los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), correspondientes al cuarto trimestre del año pasado y publicados ayer por el InstitutoNacional de Estadística, conviene hacer un ejercicio de imaginación. Esta EPA permite hacer una radiografía del mercado laboral en pasado, pero el presente se está escribiendo ahora mismo en las catorce oficinas del Servicio Público Estatal de Empleo (SEPE). La EPA dice que entre octubre y diciembre la tasa de desempleo bajó cuatro puntos y medio respecto al periodo comprendido entre julio y septiembre, pasando del 35,38% al 30,84%. Perfecto. Pero la semana que viene el SEPE divulgará sus estadísticas referentes a enero y, desgraciadamente, Jaén saldrá en los papeles como la provincia donde más sube el paro registrado en España. Dos realidades distintas con un nexo en común: la cosecha de la aceituna, la temporada agrícola que demanda una mayor cantidad de mano de obra en menor intervalo de tiempo. La EPA, que ha coincidido en gran medida con la campaña oleícola, pinta un panorama y el SEPE reflejará otro escenario bien distinto –y lamentablemente mucho más desfavorable–.

En cualquier caso, conviene hacer un análisis más dinámico de la coyuntura, comparando cómo estábamos hace un año y cómo estamos ahora –siempre según la EPA–. Hace doce meses estaban sin empleo el 33,33% de los jienenses en edad de tenerlo. Ahora, el 30,84%, el cuarto índice más alto de España después de Cádiz, Huelva y Melilla. Algo menos de tres puntos de diferencia que deberían evidenciar, en teoría, una mejora de la economía y una mayor creación de puestos de trabajo. Pero aquí entra nuevamente en liza el ‘factor aceituna’. La producción se ha multiplicado por dos y la oferta de jornales ha crecido un 111%. Trabajo que entonces no hubo, que ahora sí ha habido y que lógicamente queda perfectamente reflejado en la EPA que hemos conocido este jueves. La estacionalidad y la agricultura son claves en Jaén. Eso sí, este 30,84% de ahora es el mejor porcentaje en el último trimestre desde 2011. Igual esto podría entenderse por ‘recuperación’ –se podrían realizar muchas acotaciones–.

Jaén ha bajado nuevamente de la barrera psicológica de los cien mil parados. Estamos exactamente en 93.400 –frente a los 99.900 de un año atrás–. De todos ellos, 42.400 son hombres y 51.000, mujeres. Lo más importante es que hay más gente trabajando. Hemos pasado de 199.700 ocupados a 209.300 –casi diez mil más–. El número de empleos ha aumentado 8.300 en el campo (hasta 38.200) y también ha subido 700 en la industria (hasta 21.800) y 900 en la construcción (hasta 9.500). Sin embargo, ha bajado 300 en los servicios (hasta 139.900). Parece que los sectores productivos van remontando el vuelo poco a poco.

En busca del aceite perfecto

En una esquina de aquel cortijo, al lado de una ventana semiabierta por la que entraba una tenue luz otoñal, doña Araceli alzaba su copa. Miraba. Olía. Gustaba. Cerraba los ojos. Recordaba. Doña Araceli, matriarca de la familia Montabes Vañó, la más longeva de cinco generaciones de tradición aceitera, probaba pausadamente el primer aceite de oliva de la campaña. Mucho más que una cata. Un viaje al pasado. A los cuatro años. A una niñez correteando entre olivos y añoranzas, entre jarales y acebuches, entre varas y atrojes.

Doña Areceli cata el primer aceite de oliva de la campaña. Foto de Jorge Pastor
Doña Areceli cata el primer aceite de oliva de la campaña. Foto de Jorge Pastor

“Disfruto muchísimo paladeándolo porque es un universo de sensaciones, de aromas a tomatera y a tomillo, pero sobre todo es un universo de vivencias y experiencias que jamás olvidaré”, comentaba doña Araceli antes de levantar nuevamente el vaso y meterse otra vez en su mundo.

Texto y foto extraídos de mi reportaje ‘En busca del aceite perfecto’, publicado en la edición del  Ideal el 27 de noviembre de 2014 y que ha recibido una mención especial en el Premio de Periodismo y Comunicación Local de Jaén en su edición de 2015.

La otra realidad

‘Arrestan a un hombre que asaltó un bar con un hacha en La Puerta de Segura’. ‘A la cárcel nueve años por abusar de su hija casi a diario desde que ella tenía nueve hasta los diecieséis’. ‘La mitad del dinero despilfarrado con las ‘black’ fue fuera del trabajo’. ‘Putin exhibe la amenaza nuclear’. Los que matan. Los que roban. Los que amagan con apretar el gatillo o darle al botón. Así es. Los medios, en general, nos muestran muchas veces la cara menos amable de la realidad. Los malos están ahí. Jodiendo al prójimo y generando desasosiego. Y los periódicos, las radios y la televisión recogen, con mayor o menor verosimilitud, esa panoplia de acontecimientos que no pocas veces sacuden las conciencias adormecidas y que nos sitúan ante la peligrosa cotidianeidad de interpretar lo anormal como normal. A este punto quería llegar. Ya adelanto que esta película no va hoy de fustigar sin conmiseración a los periodistas. No lo voy a hacer porque, sinceramente, no creo que ellos tengan la culpa de que haya cabroncetes por doquier.

¿Qué pasa? Pues que también muchas veces somos absolutamente incapaces de diferenciar entre esa realidad ingrata, de suyo fagocitante, y esa otra realidad mucho más benévola que nos concilia con los buenos sentimientos. Estamos instalados en una especie de sinécdoque vital que nos conduce a tomar sistemáticamente la parte por el todo. Y entonces salimos de casa con gesto mohíno, mirando de forma espasmódica hacia delante y hacia atrás, porque pensamos que cualquier desventurado nos birlará la cartera. O montamos en el auto ya encabronados, viendo venir la amenaza del imprudente que patrimonializa el asfalto. O evitamos el saludo, ‘que mejor andar solo que mal acompañado’. Justificaciones -o más bien autojustificaciones- que son la consecuencia directa e indeseada de esa visión sesgada de mundo donde, en efecto, no todo es de color de rosa, pero tampoco gris.

Creo, sinceramente, que somos víctimas de nuestros propios temores muchas veces infundados. Y también pienso que nos exculpamos de cualquier tipo de responsabilidad arguyendo la inconfesable ‘cobardía’ de que ahí fuera sólo hay seres malévolos y abyectos. Miren, que haya mamones que se gastaron, por ejemplo, cantidades ingentes de dinero en joyas y bragas finas mientras los abuelos se arruinaban vilmente engañados con las preferentes dice mucho de la mala condición de ‘esas personas’. Pero sólo de ‘esas personas’. Está bien que nos indignemos. Faltaría más. Pero de ahí a pensar que todos los que trabajan en un banco son pérfidos y quieren engañarnos media un abismo. Los miedos son libres. Nosotros también. Y en nuestra manos está controlarlos. ‘Sólo’ hace falta creérselo.

Chominá que briegues

Como quien no quiere la cosa, estamos ya bordeando el fin del curso. Los chiquillos -y los no tanto- hincan codos antes de los últimos exámenes, muchos currantes -que de haber haylos- navegan en los procelosos mares de internet buscando esa ofertilla única que les permita disfrutar de sus merecidas vacaciones y los políticos andan enfrascados en negociaciones y pactos para que los ayuntamientos -y se supone que algún día también la Junta- tengan un gobierno estable y, a ser posible, decente. Y ahora que acaba un ciclo, la pregunta es ¿en qué ha cambiado sustancialmente la película en estos doce meses de dimes y diretes? Pues cada cual podría escribir un guión bien distinto en primera persona del singular e incluso del plural. Pero, sinceramente, creo que nuevamente nos hemos permitido el lujazo de dejar que estos 365 días pasen en balde aguardando esa fuerza misteriosa que empuje a territorios como Jaén hacia esa pretendida prosperidad que, en teoría, está viniendo pero que, lamentablemente, nunca llega. Al menos en los últimos veinte años -aunque también podríamos hablar de treinta, cuarenta o cincuenta-. Bienvenidos y bien hallados a provincia monotonía, donde siempre reina la armonía. ‘Chominá que briegues’, como dicen los jaeneritos.

Les confieso que hoy no tengo el cuerpo para demasiadas monsergas. Me apetece hablar de asuntos vaporosos. Pero no. Aún están demasiado recientes los últimos datos del Servicio Público Estatal de Empleo y se me hace difícil centrarme, por ejemplo, en las diabluras de Messi, la excarcelación de Pantoja, la maravillosa Luna llena que tendremos esta noche o la magia del solsticio de verano, para el que quedan algo más de dos semanas. Las estadísticas del paro nos sitúan ante la vergonzante realidad de una provincia a la deriva mientras el resto del mundo se endereza muy lentamente, aunque la moneda de cambio de la recuperación sean contratos basura y sueldos de mierda. Porque ese es, precisamente, el gran drama de Jaén en estos momentos, que las estadísticas del Inem sitúan a la provincia como la única donde se ha incrementado el desempleo en el último año -también sucede en Ceuta, pero tiene el estatus de ciudad autónoma- y, para rizar el rizo, como la que registra mayor precariedad laboral, con casi el 98 por ciento de los contratos firmados hasta mayo de carácter temporal. Por horas, por días o por semanas en el mejor de los casos.

Por eso, sinceramente, me parece que en este proceso de constitución de las corporaciones locales y los gobiernos autonómicos, muy interesante por aquello de que se imponen los acuerdos, debería de anteponerse la generación de empleo. Un asunto que siempre ha sido prioritario por estos pagos, pero que ahora lo es de forma superlativa. La ciudadanía exige unos servicios públicos de calidad y acordes con la asfixiante presión fiscal (atentos a la impúdica subida del IBI en Jaén justo después del pleito electoral) pero también trabajo. Y no, por favor, no insistan. No valen las excusas ni de los malos ganadores ni de los buenos perdedores.

“Nuestros cojones”

En la historia del pensamiento político, económico y social hay frases célebres que resumen momentos históricos. “No sé quién fue mi abuelo, pero me importa mucho saber qué será mi nieto”, espetó el decimosexto presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln. “Vivir no consiste en respirar, sino en obrar”, afirmó el lider chino Mao Tse Tung. “Una injusticia hecha al individuo es una amenaza a toda la sociedad”, aseguró el ilustrado Charles Louis Secondat, barón de Montesquieu. “¿Cuántos funcionarios hay metidos por nuestros cojones? Muchos”, se preguntó y se respondió este mismo martes el concejal del Ayuntamiento de Jaén, Miguel Ángel García Anguita. Porque sí, salvando las distancias entre los primeros y el último, este adagio también define, de alguna manera, una filosofía de gobierno basada en la más repugnante partitocracia y en intereses que, desgraciadamente para los que pagan impuestos y anhelan un Jaén mucho mejor, están muy alejados de lo general. “Nuestros cojones”, sí señor, con un par -nunca mejor dicho-. García Anguita, con el que, por otra parte, yo he mantenido conversaciones cargadas de sentido común, habló ayer y también se expresó de forma ‘gloriosa’ cuando, exultante por la victoria arrolladora del PP en las pasadas municipales, soltó aquello de “les hemos dado una japuana”. “Nuestros cojones” y la “japuana”. Principio y desenlace de un mandato cuyo nudo será valorado este domingo por los jienenses.

Ha habido quien, tras escuchar esto de los “cojones” de García Anguita y el reconocimiento del descarado enchufismo en la ‘casa de todos’ -cuántos motivos para el enojo tienen, por cierto, los que accedieron al consistorio en buena lid-, hizo una interesante asimilación en redes sociales entre este episodio testicular y la filmografía de Berlanga, director de ‘El verdugo’ o ‘Bienvenido, Mister Marshall’. Obras maestras del cine y fieles ejemplos de una España que no, tristemente, no está olvidada. Ahí están las “japuanas” y los “cojones” de García Anguita o todos los casos de amiguismo o de pestilente corrupción que mantienen instalados en la perplejidad a millones y millones de españoles que exigen, por lo pronto, transparencia en las instituciones y una administración leal de los doblones públicos, esos con los que se construyó el tranvía o el parque acuático, por citar tan sólo un par de ejemplos de esta antología del disparate en que se ha convertido Jaén.

Los “cojones” y la “japuana” son, en efecto, mucho más que dos perlas literarias soltadas a destiempo por un munícipe. Reflejan la inadmisible patrimonialización de las administraciones. No, el Ayuntamiento no es del PP ni la Junta de Andalucía del PSOE. Estos señores están ahí de prestado. Que no se les olvide. Las llaves son nuestras. Y cada cuatro años se las entregamos para que paguen las nóminas a los funcionarios, que bien ganadas se las tienen, pero sobre todo para que Jaén sea una ciudad mucho mejor, con servicios de primera calidad, con igualdad de oportunidades y con un futuro en que la palabra prosperidad no suene a coña marinera.

La hora de las ‘verdades verdaderas’

Pues ya estamos otra vez en campaña. Con el gobierno autonómico aún sin constituir tras los comicios de marzo -y lo que te rondaré morena-, los partidos se aprestan a una nueva ‘batalla por el voto’. Ahora toca elegir a los señores y señoras que llevarán la vara de mando en los ayuntamientos, esas administraciones a las que se les supone una mayor cercanía a los ciudadanos. Se avecina un periodo electoral interesante por varios motivos. Enumeraré sucintamente tres para no hacerme muy cansino. El primero y principal, porque las encuestas han convertido en actores principales a formaciones políticas que otrora serían unas siglas más. Los sondeos auguran el fin del bipartidismo y sillones mucho más repartidos. Segundo, porque este movimiento viene motivado por la absoluta incapacidad del PP y el PSOE -o si lo quieren, PSOE y PP- para sacar a Jaén del agujero. Ahí está ese sonrojante dato de que vivamos en la única provincia española donde el desempleo ha crecido en el último año. Y tercero porque la gente, escaldada por tanta desidia, exige programas realistas para mejorar los pueblos y ciudades, pero sobre todo para mejorar la vida de las personas que viven en esos pueblos y ciudades. Porque no nos equivoquemos, Jaén sigue en crisis y, como dijo hace unos días el presidente de la Confederación de Empresarios, “esta tierra no se puede permitir otro año en blanco”.

Me detendré un segundo en esto último. Los ciudadanos exigen que los programas electorales sean mucho más que palabras bonitas con fotos de candidatos sonriendo. Los ciudadanos piden compromisos. Piden, en definitiva, que se les trate con sensatez y con la madurez que implica más de treinta años de convivencia democrática. Y esto pasa, básicamente, por no tratar al prójimo como un imbécil. Si usted propone construir un parque, por ejemplo, agregue en letras destacadas cómo, dónde y cuándo. Y si llegado el momento no se cumple lo acordado, a casita. No valen ya las excusas peregrinas de que “este proyecto es irrealizable” porque siempre hay un ser malvado y abyecto, que normalmente suele identificarse con las administraciones gobernadas por el adversario, que se levanta todas las mañanas con el ánimo de “joder a los jienenses”. Este discurso simplista ya no vale. No vale porque después de siete años en la ciénaga, un euro de dinero público derrochado o mal invertido es una auténtica felonía.

Creo que estamos viviendo una interesante etapa de regeneración democrática. Y detrás de esta puesta en valor de la política se encuentran muchos jóvenes, pero también otros muchos colectivos sociales que, recuperando el modelo asambleario, se han organizado en partidos absolutamente legitimados para gobernar y para someterse a unas reglas que no tienen nada de juego. En estos cuatro años debe apuntalarse una reactivación que en Jaén aún no se ve -cuándo se enteran de una puñetera vez que la tabla rasa es muy injusta para el que menos tiene-, pero sobre todo debe devolverse a los ciudadanos, a la mayor brevedad posible, derechos ganados a pulso que nunca debieron usurparse.

Marcha atrás

Las señales de prohibido aparcar han durado erguidas menos de una semana.
Las señales de prohibido aparcar han durado erguidas menos de una semana.

Basta un somero repaso por los hechos más relevantes de los últimos cien años para encontrar una explicación a muchas de las cosas que nos suceden hoy día. La Historia la escriben las personas y las personas nos equivocamos. Todos. Nadie es infalible. Unas veces esta capacidad de corrección es consecuencia de un ejercicio de reflexión personal y en otras ocasiones la ‘marcha atrás’ viene de forma inferida. En la apasionante Historia de esta bendita tierra llamada Jaén tenemos algún ejemplo reciente de ello. Tanto que el lunes mismo fue portada de periódicos y titulares de apertura en radios y televisiones. La decisión del Ayuntamiento, noble y excelentísimo, de poner unas señales -algunas ya derribadas, por cierto- para que nadie aparque en el tranvía, el de los 120 millones de euros de dinero público varado sine die en una cochera de Vaciacostales. El consistorio no actuaba de ‘motu proprio’, sino apercibido por una denuncia ante la fiscalía por parte de la Unión de Consumidores de Jaén.

Pocos asuntos han generado tanta polémica en esta ciudad como el puñetero trenecico, ejemplo de despilfarro para algunos y una forma de modernizar la ciudad (y el transporte público) para otros. Posiciones encontradas, en ocasiones tamizadas por la traza política, donde también hay un amplio colectivo de almas cándidas que, lejos de cainismos, se posicionó en su día en una intermedia escala de grises. Yo me sitúo en este punto. Un punto donde muchos jaeneros perplejos que, más allá de siglas, sólo piden que los gobernantes se atengan al sacrosanto principio del interés general. ¿Que nunca se tuvo que hacer? Perfecto. ¿Que ya está hecho? Perfecto. ¿Que habrá que ponerlo en marcha sin que nadie se arruine? Perfecto. Pero ¿que se gasten 120 millones de euros para que ahí estacione el personal? Pues no. No por múltiples razones. La primera y principal porque se falta el respeto a quienes han puesto esos 120 millones de euros. O sea, los ciudadanos. La segunda porque proporciona una imagen caótica de una capital de provincia -por mucho apaño que haga a los conductores-. Y tercera porque, tal y como han reiterado los servicios de emergencia, la plataforma tranviaria se diseñó pensando que podía ser invadida por coches de policía, bomberos o sanitarios que se disponían a atender una urgencia -y ya se han dado casos de bloqueo de este tipo de vehículos-.

En fin… se avecinan municipales y las acciones de gobierno (y de oposición) siempre serán interpretadas en clave electoral. El tranvía, que figuraba en el programa que dio la alcaldía al PSOE, es un buen ejemplo de que muchas propuestas no son ningún brindis al sol. Como también es igual de cierto que infinidad de promesas sólo se quedan ahí, en el papel. Estos señores, los políticos, se han ganado a pulso recelos y desencantos, pero en su día se pactaron unas reglas del juego y ellos están legitimados para decidir en qué se gastan nuestros doblones. Por eso, por mucho que nos enzarcemos en discusiones, un aparcamiento es un aparcamiento y un tranvía es un tranvía.

Moralinas

El domingo se celebró la ‘fiesta de la democracia’. Un fiestón sin serpentinas, ni bocadillos de Nocilla, pero sí, un fiestón donde celebramos, ni más ni menos, que la absoluta soberanía de nuestras voluntades para decidir quiénes deben llevar la vara de mando, dirigir con más o menos acierto la ‘cosa pública’ y cobrar los cuatro mil euros a final de mes. Por aquello de que han transcurrido varios días y que ya ha habido sesudos analistas sacándole punta al lápiz -seguro que con mejor criterio que yo-, tenía el firme propósito de orientar este simpático comentario hacia terrenos más vaporosos. No sé… la primavera, la Semana Santa, el gorjeo siempre alegre de los gorriones ahora que las jornadas se alargan y los corazones palpitan. Esos temas pastoriles tan al pelo en estas fechas. Pero no. Mis buenas intenciones han chocado de lleno con tanta perorata, siempre con un punto trascendente, respecto a esa legión de “barrigas agradecidas” que votaron a Susana y no a otras opciones políticas “mucho más convenientes”.

No seré yo quien justifique lo injustificable. Que aquí ni PSOE ni PP, que son los que hacen y deshacen presupuestos, han sido absolutamente incapaces de sacar a Jaén de su retraso secular, su 35% de paro y unas tasas de pobreza sonrojantes. Pero por encima de esto, porque estamos en democracia, aquí cada cual echa la papeleta de quien considere oportuno. Porque le convenzan ideas o programas, porque consideren que no ha llegado el tiempo de la alternancia, porque el candidato representa la anhelada regeneración, por el PER, por el PAR o por el PIR. Veamos, criticar actuaciones, posiciones ideológicas y maneras de gobernar es sanísimo. Pero de ahí, a tildar de “gilipollas”, “pesebreros”, “inútiles” e “incultos” a esas 153.000 personas que aquí, en Jaén, por ejemplo, optaron por el PSOE media un abismo. Esto es, básicamente, faltar el respeto. El pueblo ha hablado. Punto pelota.

El asunto, que para mí tiene su gravedad por aquello de que vivimos en Andalucía y que al final todos tenemos que vernos las caras -aunque sea echando una cerveza-, alcanza el grado de esperpento cuando la moralina viene de fuera, desde comunidades que, igual que Andalucía, apestan a corrupción y, sin embargo, nadie les cuestiona por qué votan una y otra vez a las siglas que han alimentado esa misma corrupción. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Me jode

Días atrás trascendieron las conclusiones de un estudio científico que analizaba que el móvil, ese apéndice de nuestra mano, estaba acomodando nuestras entendederas. Los investigadores advertían, por ejemplo, de que ya no hacíamos el esfuerzo de memorizar porque resultaba más cómodo apuntarlo todo en el bloc de notas. En efecto, somos pies, somos manos, somos ojos y también somos un puto teléfono que ordena nuestras existencias y nos mantiene permanentemente conectados. Nuestra vida transformada en códigos binarios. Unos y ceros que van y vienen, vienen y van. Una acotación antes de continuar. No soy ningún mecanoclasta. Todo lo contrario. Me gusta incorporar las nuevas tecnologías a mi trabajo. Me encantaría tener un Iphone 6 o 7 -no sé por qué número va-. Y disfruto compartiendo mis reflexiones a través de las redes sociales, donde he tenido la oportunidad de conocer a gente maravillosa. Pero como lo cortés no quita lo valiente, no negaré que la ‘cosa’ ésta de la tecla nos está embruteciendo a todos un poquito. Y me confieso pecador.

No, no vamos por el camino correcto. Me jode que hagan ‘like’ a mis artículos y después crucen la acera para no saludarme. Me joden los besos virtuales (los prefiero reales). Me jode que me inviten a eventos y no a gintonics. Me jode mucho el Candy Crush (pero mucho). Me jode que la gente no dé la cara cuando pone a parir al prójimo. Me jode que fusilen mis fotos y borren la firma. Me jode la falta de respeto a la propiedad intelectual. Me jode quien se viste de ‘progre’ para defender el todo vale en internet. Me jode que España tenga una de las tarifas planas más caras de toda la Unión Europea. Me jode que usen las redes con ánimo de meterme el dedo en la boca. Me joden los ladrones del wifi. Me jode que no me miren a los ojos. Me jode que no socialicemos en los bares. Me jode el lenguaje críptico del Whatsapp. Me jode que ‘olvidemos’ los signos de interrogación y exclamación al comienzo de la frase. Me joden los emoticones que reproducen mierdas con ojos.

Siendo chiquito, después de ayudar a una abuela a cruzar la calle y hacer la buena obra del mes, mi madre me dijo que tenía algo de filántropo. Primero me preocupé por aquel palabro pero, tras consultar el diccionario -inicialmente pensé que era una enfermedad de la vista-, me sentí orgulloso de que doña María viera en mí tan altas cualidades. Desde entonces me he tomado la filantropía al pie de la letra. Por eso, me siento emocionalmente autorizado para deciros que mandéis el móvil a tomar viento, aunque sea por un día. Pediros que levantéis la cabeza, que ya casi es primavera y las florecillas asoman sus pétalos, que os beséis y hagáis el amor y que cerréis los ojos para soñar que un mundo sin pantallas también es posible.