La nueva Inquisición

A determinadas edades, a los treinta y tantos por ejemplo, resulta cade vez más complicado arrepentirte de lo que hiciste el día anterior. Se supone que ya tienes plenamente desarrollado el séptimo sentido, el de prevenir las consecuencias. Pero no es fácil. La tecnología se ha convertido en el principal enemigo de la vergüenza propia, ésa que te hace consciente de tus fortalezas y debilidades y te permite, por tanto, aquilatar tus acciones para no quedar en evidencia. Cualquier renuncio, por poco indecoroso que sea, queda ‘gloriosamente’ inmortalizado por la cámara traicionera de un móvil. Te marcas un bailecito, te contoneas cual John Travolta, graciosillo, ufano, haces un ‘mal’ gesto… y zaaaas. Siempre habrá un amigo cabroncete -o no amigo pero cabroncete- que inmortalizará el momento, lo colgará ‘ipso facto’ en Facebook, Twitter e Instagram, en los tres a la vez no vaya a ser que alguien no se entere, y quedarás expuesto al mundo para que el mundo se mofe de ti. La Santa Inquisición del siglo XXI. De los reos con capirote y sambenito a la pública humillación de la fotico en internet.

Yo he sido víctima en alguna ocasión de esta pulsión irrefrenable que tienen algunos por subirlo todo. Absolutamente todo. Desde el bucólico amanecer, con la Luna y Venus alineados, hasta las cagaditas del perro, cuyas curiosas formas, sólo vistas por su dueño, revelan la vis artística del tuso. Una vis artística que, obviamente, todos deseamos conocer, comentarla y obserquiarla con el ya aforístico ‘me gusta’. Ya las digo que a mí me tocó la china en alguna ocasión. Es más. Hubo quien rescató incluso un pasaje de mi adolescencia, con la virtud de la prudencia todavía adormecida, y la publicó porque sí. Salía yo embutido en camiseta negra, con el emblema ‘Insumisión total’ en la pechera, cabello maradoniano, gafas de sol choriceras, patalón de pijama azulete y pantuflas. Una instantánea tomada hace más de veinte años, en el furor de la fiesta, recuperada y desconextualizada implacablemente a modo de gracieta. Todavía no me he recuperado del ‘choc’. Recién levantado, relajado, café humeante, disperso. Y de repente, ese cruel encuentro con un pasado que fue maravilloso, pero que es pasado y, lo más importante, me pertenece. Nadie está autorizado para recuperarlo sin mi beneplácito. No es una broma. Es una putada. Y el susodicho un cabrón. Sin paliativos.

Creo que hemos llegado a un peligroso punto de no retorno. No hay límites para la intromisión sin recato en las vidas ajenas. Se ha perdido esa maravillosa costumbre de ‘pedir permiso’. De valorar si tocar los huevecillos es oportuno o inoportuno. De ponderar, en definitiva, hasta dónde se puede llegar. Soy periodista y creo firmemente en la libertad de expresión, pero también en el derecho de cada cual a ‘vender’ la imagen -su imagen- que le interese y que más se asimile con su forma de pensar y sentir. Un anhelo incompatible con la imprudencia de los que piensan que en las redes sociales todo vale. Decía Cocteau que “los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver su imagen”. Y yo añadiría: “Los capullos también”.

1 Comment

  1. Si se tiene un buen sentido,de lo que llamamos del ridiculo,estas tonterías pueden provocar serios problemas a quien escogen como diana para sus crueles risas.

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