Cuando yo dejé de ser yo

Desde que uno sale por el agujero de la vida hasta que entra en el agujero de la muerte, unos 80 años según el INE, suceden varios acontecimientos que cambian tu biografía. Ahora que me encuentro a mitad de trayecto podría contar al menos tres. La primera vez que leí a Neruda. El primer beso enamorado. Y cuando me convertí en padre. Tres hitos que multiplicaron por tres mi capacidad de amar y también de sufrir. La primera vez que cogí a mi hija, a los pocos segundos de nacer, entendí que yo había dejado de ser yo. Tampoco teorizaré al respecto, pero ese cataclismo turbador engendra un instinto de protección hacia ella y también hacia ti. El mecanismo es sencillo a la par que complejo: no puede pasarte nada a ti para que no le pase nada a ella. Nunca permitirás que nadie le haga mal, un axioma que implica, obviamente, que tú serás el primero que nunca le harás mal. El problema es que un mundo repleto de tontos del haba obcecados por reglamentarlo todo hay quien se empeña en anular los postulados de la naturaleza presuponiendo que yo, padre, soy un ser abyecto. Acotación. Como aún no  me considero un ser abyecto y lucho todos los días por no caer en la estulticia –todo se andará- tampoco negaré que sí hay grandísimos hijos de puta que hacen cosas terribles a sus hijos. Lo veo en las noticias que algunas veces escribo yo mismo. También creo que la legislación debe recoger excepciones y contemplar castigos modélicos para estos canallas.

Al grano. La chiquilla se hace mayor. Me ruega encarecidamente ir a un concierto de uno de sus grupos favoritos. Su primer concierto. Me hizo una ilusión enorme. Hora razonable, espacio abierto… perfecto. Y allá que nos fuimos. Cogidos de la mano. Emocionados. Pero siempre consciente de que los ocho años de mi acompañante podrían ser impedimento, solicité la venia de un señor de la organización ‘no fuera qué’. Su gesto de ‘pero qué película me cuentas a estas horas’ ya me anticipó que el pleito no terminaría bien. “Espera, que se lo pregunto al jefe”. Calma tensa, que dirían los chicos de la prensa. Veredicto: “Lo sentimos, no es posible”. ¿Por qué? “Porque hay una ordenanza que prohíbe el acceso de menores a lugares donde se venda alcohol”. “Y no queremos líos con las autoridades”, apostilló.

Nuestro proyecto chocó de bruces contra la convicción de alguien ‘listísimo’ que un día pensó que yo, padre insensato, no tendría la responsabilidad suficiente para acudir con mi hija a un sitio donde la gente bebe cervezas y cubalibres. Exactamente igual que en cualquier bar. Él o ella, ese prohombre severo e incorruptible que vela por la rectitud y la infancia, decidió otra vez por mí. “¡Infantes, bloqueen la puerta, padre peligroso merodeando!”. Derrotados y cabizbajos, emprendimos camino de vuelta. Silenciosos. Unidos. Ella pensativa. Y yo recordando aquellos segundos mágicos en que la matrona la puso en mis brazos. “Detente un momento, por favor”, espeté. La miré. Me miró. Entonces sentí un deseo irrefrenable de abrazarla, besarla y llorar. Exactamente igual que el día que yo dejé de ser yo.

2 Comments

  1. Preciosa historia Jorge. Supongo que cuando tenga 14 años, sí podrá entrar a los conciertos y alimonarse si es su parecer, aunque no tenga la edad permitida para hacerlo, porque quizás la aparente, y el mismo listo de la puerta hará la vista gorda y el de la barra ni le pedirá el carnet.

    Si me permites la sugerencia, llévala a un concierto de música clásica, o de la magnífica Banda Municipal de Jaén. Aunque ahora no sea un concierto que le haga ilusión a priori, igual se aficiona y le pica el gusanillo de la música. (Como me picó a mí en su día cuando me llevó mi padre)

    Un saludo

  2. Pienso que se tienen tiempo de sobra para que acudan a los conciertos que quieran, un poco más mayores,al igual que suspicacia cuando digan que van a un sitio y resulte que es otro.
    Apenas deje uno como padre de limpiar nocos,es cuando viene la cruda realidad,que si volviera de nuevo a criar a otro desde cero-tengo dos de 287 y 25 años,la parejita-,que me iba a entrenar psicológicamente muy bien,para soportar la natural incertidumbre que sobreviene al mirar en sus cuartos y tener la cama hecha por la manaña,porque no han vuelto.
    Creo que es mil veces peor las preocupaciones que dan de mayores,que ahora a esa edad.

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