Yo soy chipriota

Vivimos una época convulsa. Un tiempo en que todo el mundo ha teorizado, unas veces desde la ciencia y otras desde la experiencia, sobre las causas y las consecuencias de este ruinón que en el caso de Jaén ha situado la tasa de desempleo por encima de la de Camerún, Yibuti o Yemen. Pero más allá de conjeturas, hipótesis y creencias, el principal porqué de esta jeringoza se llama codicia. Mucho cuidado. Una cosa es el anhelo legítimo de todos los seres humanos a vivir un poco mejor. Y otra bien distinta acaparar sin mesura. Lo primero se llama aspiración. Lo segundo, agonía. Y como en economía nada sucede por generación espontánea, la génesis de este galimatías hay que buscarla en las personas. En aquellos que, teniendo responsabilidades de mando, mamonearon a manos llenas para vaciar la caja ajena y llenar la propia. No perderé el tiempo detallando una retahíla de nombres, todos capullitos de alhelí, que han contribuido decisivamente a que este país se vaya a la mierda. De estos tíos ya se ha hablado mucho. Hoy quiero poner el foco en los que, bajo mi modesto parecer, son los auténticos protagonistas de la crisis. Aquellos que, de una forma más o menos premeditada, han salido en los papeles reinvindicando, sencillamente, respeto.

Para confeccionar este ranquin, elaborado a partir de criterios muy personales -y seguro que muy discutibles-, me he basado en la trascendencia de gestos con repercusión global. En el primer lugar de esta clasificación -repito, muy particular- tenía hasta ahora a aquel señor que, completamente desnudo, corrió hacia las columnas policiales, en Atenas, para protestar contra el sometimiento a Grecia y los griegos. Aquellos disturbios coincidieron con la visita de la emperatriz Merkel a la ‘cuna de la democracia’. Tampoco negaré que este hombre sabía lo que hacía y dónde estaba. Buscó la foto. La consiguió. Y llamó la atención. Pero hace unos días, este domingo, tuvo lugar en Kyperounta, Chipre, un hecho que también dio la vuelta al mundo gracias a un vídeo de la BBC. Y además, con el valor añadido de la espontaneidad. Me refiero al agricultor que, tras enterarse de que sus ahorros quedaban ‘bloqueados’ -perdón por el eufemismo-, se subió en su tractor y se lanzó cual kamikaze contra la sucursal bancaria donde guarda su dinero. Repito, su dinero. No el dinero de la Merkel, ni de Lagard, ni de ninguno de esos. Su dinero y su dignidad.

Quiero poner a este chipriota como ejemplo de los ‘sin nombre’ porque no sé si los burócratas estarán apercibidos, que lo dudo, pero este mundo, el que gobiernan los dueños del capital, está lleno de chipriotas y no chipriotas que, desde la más absoluta indignación, están hasta ahí mismito de eso, de que se asimile poder económico a derecho de pernada. Cuentan las crónicas que cuando el Eurogrupo valoraba con poco tino cómo actuar con Chipre, el ministro alemán Wolfgang Schäuble se mofó de la propuesta desesperada de su homónimo de Chipre de avalar el pago del rescate con gas natural. De evitar el robo -llámalo quita- a todos los ciudadanos. Sí, se descojonó. Se rio en su cara. ¿Qué pasa? Pues que, además de tirarse por los balcones, la gente ya está cogiendo tractores para llevarse por delante a quien haga falta. Que se lo vayan mirado schaubles, vanrompuyses y demás porque cada vez hay más chipriotas y no chipriotas que no tienen nada que ganar y sí mucho que perder.

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