El mercado de las emociones

Hace unos días comentaba el maestro Vicente Oya que nos hemos convertido en vasallos del móvil, ese aparato infernal que gobierna nuestras vidas a ritmo de whatsapp y ‘privados’. Yo intento rebelarme contra tiranía de la tecla, pero les confieso que me resulta complicado. Les hablo como periodista. Mal que nos pese, las noticias suceden ahí fuera, pero quedan reflejadas ahí dentro. Y en esto que practicaba el sano ejercicio de leer la prensa mientras desayunaba, cuando el teléfono me apercibió. Aparqué eventualmente las cuitas de Bárcenas y las ‘cositas’ de Andalucía y abrí el mensaje. Mi amiga Carmen me mandaba un corte memorable de la intervención de su hermana, Adoración, en un programa televisivo. Sería allá por los noventa.

Adoración es poetisa de raza. Con el patrón de aquellos rapsodas dotados con la misteriosa habilidad de conmover cada vez que declaman. Desde ‘En aquel amor intenso’, del ínclito San Juan de la Cruz, hasta la receta de la tortilla de patatas, que también puede componer, por qué no, gloriosos cuartetos. La vida en verso, la vida sentida. Raro es no estremecerse con sus palabras. Pues eso, que en el vídeo Adoración era entrevistada sobre su condición literaria y sobre la impronta de un poeta sufí, Al Shushtari, y sus moaxajas cargadas de simbología amorosa. Obviamente, aparqué a Bárcenas y me quedé con Adoración, con Al Shushtari y con las emociones.

Aquella catarsis matutina, tan inesperada como gratificante, me dejó cavilando sobre el ‘auténtico’ significado de lo ‘auténtico’. Y sobre la turbadora mercantilización de los sentimientos. Por muy dañina y aviesa que sea esta crisis, me niego a pensar que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Pero sí es cierto que en este viaje perpetuo hacia la modernidad, hemos permitido que nos metan impunemente la mano en la cartera de los afectos hasta despojarnos de lo más íntimo, nuestra soberana capacidad de llorar, reír e incluso soñar. Ahora nos dictan dónde, cuándo y cómo debemos hacerlo. O al menos lo intentan. Porque esto es un negocio. Un mercado, el de las pasiones, que siempre cotiza al alza. Pongan la tele a las diez de la noche y compruébenlo. Harenes de chicas ahuecadas por el vótox y compitiendo por cautivarlos -a ellos, siempre a ellos-, cenutrios esculpidos a base de gimnasio y hormonas que alardean de una aforística y alarmante incultura… carnaza a precio de coste para consumo masivo. Sé, porque me consta, que muchos de ustedes no compran esa mercancía. Pero también sé que se registran audiencias millonarias. Respeto la libertad de cada cual para decidir qué quiere ver cuando se tumba en el sofá -faltaría más-, pero solo advierto de que existen otros caminos. Caminos que llevan a alguna parte. A nuestro yo. A nuestra intimidad. A nuestras emociones.

No caeré en la tentación de achacar todos los males del alma a un invento pensado, básicamente, para entretener. Ahora bien ¿hasta qué punto la pantalla refleja el devenir de esta sociedad? Yo creo que sí. Que son universos convergentes. Y también pienso que hubo un tiempo, no tan lejano, en que algún canal dedicaba su ‘prime time’ a hablar de San Juan de la Cruz y el misticismo. Y donde salía una señorita, llamada Adoración, que recitaba con vehemencia a Al-Shushtari, asombrando a la televidencia. Y la gente se distraía, pero también se emocionaba, reía, lloraba y sobre todo soñaba.

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