Por los cerros de Úbeda

Bellísima panorámica del mundo desde La Loma. Foto de Jorge Pastor
Bellísima panorámica del mundo desde La Loma. Foto de Jorge Pastor

Hoy me he sentado delante del ordenador con el ánimo de escribir sobre la PAC. No es moco de pavo. Tampoco la onomatopeya de un disparo fallido o del sonido estruendoso de una puerta que se cierra en falso -aunque ambos calificativos, ‘fallido’ y ‘falso’, vengan al pelo en este pleito-. Son las siglas de la Política Agraria Común, una denominación florida para un documento, complejo en formulación y jerigonza, que establece, desde los insondables conventículos de Bruselas, algo tan relevante por estos lares como la cuantía de las ayudas que percibirán los aceituneros altivos en los próximos seis años. Pero no. Finalmente he optado por la elegía. Porque, contradiciendo al malogrado Coppini, siempre son buenos tiempos para la lírica. He optado por narrarles la intensa emoción que experimenté hace unos días tras resolver uno de esos enigmas que, con mayor o menor intensidad, todos nos hemos planteado en momentos de introspección. Decidí ‘irme por los cerros de Úbeda’. Sí, comprobar cómo se ve el mundo desde ese lugar mítico, tan cercano a Jaén, donde desembocan los pensamientos errantes.

Cuando era pequeño y alguien me reconvenía que me había ‘ido por los cerros de Úbeda’ siempre me venía a la mente la misma imagen, un lugar lúgubre, lleno de almas dispersas y meditabumdas que deambulaban perdidas entre olivos y penachos. Los miedos de la infancia. “Jorge, te has ido por los cerros de Úbeda”. Así que tomé carretera y manta. Me planté en los cerros. Y desafié a los arcanos. Escalé con apuros uno de esos altozanos legendarios. ¿ Y qué vi? Pues no, no vi fantasmas, ni seres atormentados, ni escuche ruido de cadenas. Vi, sencillamente, el cielo. Un cielo inmenso, inabarcable, formado por tres estratos. Una infinitud azul por lo alto. Un manto de nubles blancas por los medios. Y una extensisima alfombra de olivos por lo bajo.

Me alegré muchísimo de haberme ‘ido por los Cerros de Úbeda’. Necesitaba perderme y, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Me encontré. Me encontré a mí mismo y me encontré con el fastuoso espectáculo de la naturaleza, la mejor cura contra la enfermedad del yo. Contra la tentación de creerte algo en un mundo lleno de incrédulos. Los colores. Los contrastes. El aire puro. El olor a hierba humedecida por la escarcha. Por eso, amigos y amigas, os animo a que os vayáis por los cerros de Úbeda. Una y mil veces. En el sentido literal, como hice yo, y en el figurado. Cuando se os arrime un pesado. Cuando los problemas os acucien. Cuando no encontréis salida. Marchaos por los cerros de Úbeda. Sin móvil, sin brújula y si propósitos. Os garantizo que os alegraréis.

1 Comment

  1. En Jaén, será por al carácter que cada cual tiene y, que en mayor o menor medida bien conocemos como malafollá. Eso de irse por los Cerros de Úbeda, cierto es,es divagar siempre cualquier persona que no quiere comprometerse,a sincerarse,a ser claro en la cuestión que se le plantee y no le de la gana posicionarse.

    Por eso, y es natural la reacción del que no le gusta al que se ha ido, o se va a ir a ese viaje,que falto de paciencia opta no por sugerirle otro lugar geográfico más cercano o bonito, por los cerros de Úbeda, o como Heidy por los Alpes, con mandarlo a tomar por culo, se acaban los paseos por los montes ya sean de Jaén o Suiza.

    ¿Qué donde está ?.El que se va por los cerros de Úbeda, bien conoce el sitio, ajena no le es la sugerencia.

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