Moralinas

El domingo se celebró la ‘fiesta de la democracia’. Un fiestón sin serpentinas, ni bocadillos de Nocilla, pero sí, un fiestón donde celebramos, ni más ni menos, que la absoluta soberanía de nuestras voluntades para decidir quiénes deben llevar la vara de mando, dirigir con más o menos acierto la ‘cosa pública’ y cobrar los cuatro mil euros a final de mes. Por aquello de que han transcurrido varios días y que ya ha habido sesudos analistas sacándole punta al lápiz -seguro que con mejor criterio que yo-, tenía el firme propósito de orientar este simpático comentario hacia terrenos más vaporosos. No sé… la primavera, la Semana Santa, el gorjeo siempre alegre de los gorriones ahora que las jornadas se alargan y los corazones palpitan. Esos temas pastoriles tan al pelo en estas fechas. Pero no. Mis buenas intenciones han chocado de lleno con tanta perorata, siempre con un punto trascendente, respecto a esa legión de “barrigas agradecidas” que votaron a Susana y no a otras opciones políticas “mucho más convenientes”.

No seré yo quien justifique lo injustificable. Que aquí ni PSOE ni PP, que son los que hacen y deshacen presupuestos, han sido absolutamente incapaces de sacar a Jaén de su retraso secular, su 35% de paro y unas tasas de pobreza sonrojantes. Pero por encima de esto, porque estamos en democracia, aquí cada cual echa la papeleta de quien considere oportuno. Porque le convenzan ideas o programas, porque consideren que no ha llegado el tiempo de la alternancia, porque el candidato representa la anhelada regeneración, por el PER, por el PAR o por el PIR. Veamos, criticar actuaciones, posiciones ideológicas y maneras de gobernar es sanísimo. Pero de ahí, a tildar de “gilipollas”, “pesebreros”, “inútiles” e “incultos” a esas 153.000 personas que aquí, en Jaén, por ejemplo, optaron por el PSOE media un abismo. Esto es, básicamente, faltar el respeto. El pueblo ha hablado. Punto pelota.

El asunto, que para mí tiene su gravedad por aquello de que vivimos en Andalucía y que al final todos tenemos que vernos las caras -aunque sea echando una cerveza-, alcanza el grado de esperpento cuando la moralina viene de fuera, desde comunidades que, igual que Andalucía, apestan a corrupción y, sin embargo, nadie les cuestiona por qué votan una y otra vez a las siglas que han alimentado esa misma corrupción. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

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