La otra realidad

‘Arrestan a un hombre que asaltó un bar con un hacha en La Puerta de Segura’. ‘A la cárcel nueve años por abusar de su hija casi a diario desde que ella tenía nueve hasta los diecieséis’. ‘La mitad del dinero despilfarrado con las ‘black’ fue fuera del trabajo’. ‘Putin exhibe la amenaza nuclear’. Los que matan. Los que roban. Los que amagan con apretar el gatillo o darle al botón. Así es. Los medios, en general, nos muestran muchas veces la cara menos amable de la realidad. Los malos están ahí. Jodiendo al prójimo y generando desasosiego. Y los periódicos, las radios y la televisión recogen, con mayor o menor verosimilitud, esa panoplia de acontecimientos que no pocas veces sacuden las conciencias adormecidas y que nos sitúan ante la peligrosa cotidianeidad de interpretar lo anormal como normal. A este punto quería llegar. Ya adelanto que esta película no va hoy de fustigar sin conmiseración a los periodistas. No lo voy a hacer porque, sinceramente, no creo que ellos tengan la culpa de que haya cabroncetes por doquier.

¿Qué pasa? Pues que también muchas veces somos absolutamente incapaces de diferenciar entre esa realidad ingrata, de suyo fagocitante, y esa otra realidad mucho más benévola que nos concilia con los buenos sentimientos. Estamos instalados en una especie de sinécdoque vital que nos conduce a tomar sistemáticamente la parte por el todo. Y entonces salimos de casa con gesto mohíno, mirando de forma espasmódica hacia delante y hacia atrás, porque pensamos que cualquier desventurado nos birlará la cartera. O montamos en el auto ya encabronados, viendo venir la amenaza del imprudente que patrimonializa el asfalto. O evitamos el saludo, ‘que mejor andar solo que mal acompañado’. Justificaciones -o más bien autojustificaciones- que son la consecuencia directa e indeseada de esa visión sesgada de mundo donde, en efecto, no todo es de color de rosa, pero tampoco gris.

Creo, sinceramente, que somos víctimas de nuestros propios temores muchas veces infundados. Y también pienso que nos exculpamos de cualquier tipo de responsabilidad arguyendo la inconfesable ‘cobardía’ de que ahí fuera sólo hay seres malévolos y abyectos. Miren, que haya mamones que se gastaron, por ejemplo, cantidades ingentes de dinero en joyas y bragas finas mientras los abuelos se arruinaban vilmente engañados con las preferentes dice mucho de la mala condición de ‘esas personas’. Pero sólo de ‘esas personas’. Está bien que nos indignemos. Faltaría más. Pero de ahí a pensar que todos los que trabajan en un banco son pérfidos y quieren engañarnos media un abismo. Los miedos son libres. Nosotros también. Y en nuestra manos está controlarlos. ‘Sólo’ hace falta creérselo.

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