Chominá que briegues

Como quien no quiere la cosa, estamos ya bordeando el fin del curso. Los chiquillos -y los no tanto- hincan codos antes de los últimos exámenes, muchos currantes -que de haber haylos- navegan en los procelosos mares de internet buscando esa ofertilla única que les permita disfrutar de sus merecidas vacaciones y los políticos andan enfrascados en negociaciones y pactos para que los ayuntamientos -y se supone que algún día también la Junta- tengan un gobierno estable y, a ser posible, decente. Y ahora que acaba un ciclo, la pregunta es ¿en qué ha cambiado sustancialmente la película en estos doce meses de dimes y diretes? Pues cada cual podría escribir un guión bien distinto en primera persona del singular e incluso del plural. Pero, sinceramente, creo que nuevamente nos hemos permitido el lujazo de dejar que estos 365 días pasen en balde aguardando esa fuerza misteriosa que empuje a territorios como Jaén hacia esa pretendida prosperidad que, en teoría, está viniendo pero que, lamentablemente, nunca llega. Al menos en los últimos veinte años -aunque también podríamos hablar de treinta, cuarenta o cincuenta-. Bienvenidos y bien hallados a provincia monotonía, donde siempre reina la armonía. ‘Chominá que briegues’, como dicen los jaeneritos.

Les confieso que hoy no tengo el cuerpo para demasiadas monsergas. Me apetece hablar de asuntos vaporosos. Pero no. Aún están demasiado recientes los últimos datos del Servicio Público Estatal de Empleo y se me hace difícil centrarme, por ejemplo, en las diabluras de Messi, la excarcelación de Pantoja, la maravillosa Luna llena que tendremos esta noche o la magia del solsticio de verano, para el que quedan algo más de dos semanas. Las estadísticas del paro nos sitúan ante la vergonzante realidad de una provincia a la deriva mientras el resto del mundo se endereza muy lentamente, aunque la moneda de cambio de la recuperación sean contratos basura y sueldos de mierda. Porque ese es, precisamente, el gran drama de Jaén en estos momentos, que las estadísticas del Inem sitúan a la provincia como la única donde se ha incrementado el desempleo en el último año -también sucede en Ceuta, pero tiene el estatus de ciudad autónoma- y, para rizar el rizo, como la que registra mayor precariedad laboral, con casi el 98 por ciento de los contratos firmados hasta mayo de carácter temporal. Por horas, por días o por semanas en el mejor de los casos.

Por eso, sinceramente, me parece que en este proceso de constitución de las corporaciones locales y los gobiernos autonómicos, muy interesante por aquello de que se imponen los acuerdos, debería de anteponerse la generación de empleo. Un asunto que siempre ha sido prioritario por estos pagos, pero que ahora lo es de forma superlativa. La ciudadanía exige unos servicios públicos de calidad y acordes con la asfixiante presión fiscal (atentos a la impúdica subida del IBI en Jaén justo después del pleito electoral) pero también trabajo. Y no, por favor, no insistan. No valen las excusas ni de los malos ganadores ni de los buenos perdedores.

La hora de las ‘verdades verdaderas’

Pues ya estamos otra vez en campaña. Con el gobierno autonómico aún sin constituir tras los comicios de marzo -y lo que te rondaré morena-, los partidos se aprestan a una nueva ‘batalla por el voto’. Ahora toca elegir a los señores y señoras que llevarán la vara de mando en los ayuntamientos, esas administraciones a las que se les supone una mayor cercanía a los ciudadanos. Se avecina un periodo electoral interesante por varios motivos. Enumeraré sucintamente tres para no hacerme muy cansino. El primero y principal, porque las encuestas han convertido en actores principales a formaciones políticas que otrora serían unas siglas más. Los sondeos auguran el fin del bipartidismo y sillones mucho más repartidos. Segundo, porque este movimiento viene motivado por la absoluta incapacidad del PP y el PSOE -o si lo quieren, PSOE y PP- para sacar a Jaén del agujero. Ahí está ese sonrojante dato de que vivamos en la única provincia española donde el desempleo ha crecido en el último año. Y tercero porque la gente, escaldada por tanta desidia, exige programas realistas para mejorar los pueblos y ciudades, pero sobre todo para mejorar la vida de las personas que viven en esos pueblos y ciudades. Porque no nos equivoquemos, Jaén sigue en crisis y, como dijo hace unos días el presidente de la Confederación de Empresarios, “esta tierra no se puede permitir otro año en blanco”.

Me detendré un segundo en esto último. Los ciudadanos exigen que los programas electorales sean mucho más que palabras bonitas con fotos de candidatos sonriendo. Los ciudadanos piden compromisos. Piden, en definitiva, que se les trate con sensatez y con la madurez que implica más de treinta años de convivencia democrática. Y esto pasa, básicamente, por no tratar al prójimo como un imbécil. Si usted propone construir un parque, por ejemplo, agregue en letras destacadas cómo, dónde y cuándo. Y si llegado el momento no se cumple lo acordado, a casita. No valen ya las excusas peregrinas de que “este proyecto es irrealizable” porque siempre hay un ser malvado y abyecto, que normalmente suele identificarse con las administraciones gobernadas por el adversario, que se levanta todas las mañanas con el ánimo de “joder a los jienenses”. Este discurso simplista ya no vale. No vale porque después de siete años en la ciénaga, un euro de dinero público derrochado o mal invertido es una auténtica felonía.

Creo que estamos viviendo una interesante etapa de regeneración democrática. Y detrás de esta puesta en valor de la política se encuentran muchos jóvenes, pero también otros muchos colectivos sociales que, recuperando el modelo asambleario, se han organizado en partidos absolutamente legitimados para gobernar y para someterse a unas reglas que no tienen nada de juego. En estos cuatro años debe apuntalarse una reactivación que en Jaén aún no se ve -cuándo se enteran de una puñetera vez que la tabla rasa es muy injusta para el que menos tiene-, pero sobre todo debe devolverse a los ciudadanos, a la mayor brevedad posible, derechos ganados a pulso que nunca debieron usurparse.

Moralinas

El domingo se celebró la ‘fiesta de la democracia’. Un fiestón sin serpentinas, ni bocadillos de Nocilla, pero sí, un fiestón donde celebramos, ni más ni menos, que la absoluta soberanía de nuestras voluntades para decidir quiénes deben llevar la vara de mando, dirigir con más o menos acierto la ‘cosa pública’ y cobrar los cuatro mil euros a final de mes. Por aquello de que han transcurrido varios días y que ya ha habido sesudos analistas sacándole punta al lápiz -seguro que con mejor criterio que yo-, tenía el firme propósito de orientar este simpático comentario hacia terrenos más vaporosos. No sé… la primavera, la Semana Santa, el gorjeo siempre alegre de los gorriones ahora que las jornadas se alargan y los corazones palpitan. Esos temas pastoriles tan al pelo en estas fechas. Pero no. Mis buenas intenciones han chocado de lleno con tanta perorata, siempre con un punto trascendente, respecto a esa legión de “barrigas agradecidas” que votaron a Susana y no a otras opciones políticas “mucho más convenientes”.

No seré yo quien justifique lo injustificable. Que aquí ni PSOE ni PP, que son los que hacen y deshacen presupuestos, han sido absolutamente incapaces de sacar a Jaén de su retraso secular, su 35% de paro y unas tasas de pobreza sonrojantes. Pero por encima de esto, porque estamos en democracia, aquí cada cual echa la papeleta de quien considere oportuno. Porque le convenzan ideas o programas, porque consideren que no ha llegado el tiempo de la alternancia, porque el candidato representa la anhelada regeneración, por el PER, por el PAR o por el PIR. Veamos, criticar actuaciones, posiciones ideológicas y maneras de gobernar es sanísimo. Pero de ahí, a tildar de “gilipollas”, “pesebreros”, “inútiles” e “incultos” a esas 153.000 personas que aquí, en Jaén, por ejemplo, optaron por el PSOE media un abismo. Esto es, básicamente, faltar el respeto. El pueblo ha hablado. Punto pelota.

El asunto, que para mí tiene su gravedad por aquello de que vivimos en Andalucía y que al final todos tenemos que vernos las caras -aunque sea echando una cerveza-, alcanza el grado de esperpento cuando la moralina viene de fuera, desde comunidades que, igual que Andalucía, apestan a corrupción y, sin embargo, nadie les cuestiona por qué votan una y otra vez a las siglas que han alimentado esa misma corrupción. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Me jode

Días atrás trascendieron las conclusiones de un estudio científico que analizaba que el móvil, ese apéndice de nuestra mano, estaba acomodando nuestras entendederas. Los investigadores advertían, por ejemplo, de que ya no hacíamos el esfuerzo de memorizar porque resultaba más cómodo apuntarlo todo en el bloc de notas. En efecto, somos pies, somos manos, somos ojos y también somos un puto teléfono que ordena nuestras existencias y nos mantiene permanentemente conectados. Nuestra vida transformada en códigos binarios. Unos y ceros que van y vienen, vienen y van. Una acotación antes de continuar. No soy ningún mecanoclasta. Todo lo contrario. Me gusta incorporar las nuevas tecnologías a mi trabajo. Me encantaría tener un Iphone 6 o 7 -no sé por qué número va-. Y disfruto compartiendo mis reflexiones a través de las redes sociales, donde he tenido la oportunidad de conocer a gente maravillosa. Pero como lo cortés no quita lo valiente, no negaré que la ‘cosa’ ésta de la tecla nos está embruteciendo a todos un poquito. Y me confieso pecador.

No, no vamos por el camino correcto. Me jode que hagan ‘like’ a mis artículos y después crucen la acera para no saludarme. Me joden los besos virtuales (los prefiero reales). Me jode que me inviten a eventos y no a gintonics. Me jode mucho el Candy Crush (pero mucho). Me jode que la gente no dé la cara cuando pone a parir al prójimo. Me jode que fusilen mis fotos y borren la firma. Me jode la falta de respeto a la propiedad intelectual. Me jode quien se viste de ‘progre’ para defender el todo vale en internet. Me jode que España tenga una de las tarifas planas más caras de toda la Unión Europea. Me jode que usen las redes con ánimo de meterme el dedo en la boca. Me joden los ladrones del wifi. Me jode que no me miren a los ojos. Me jode que no socialicemos en los bares. Me jode el lenguaje críptico del Whatsapp. Me jode que ‘olvidemos’ los signos de interrogación y exclamación al comienzo de la frase. Me joden los emoticones que reproducen mierdas con ojos.

Siendo chiquito, después de ayudar a una abuela a cruzar la calle y hacer la buena obra del mes, mi madre me dijo que tenía algo de filántropo. Primero me preocupé por aquel palabro pero, tras consultar el diccionario -inicialmente pensé que era una enfermedad de la vista-, me sentí orgulloso de que doña María viera en mí tan altas cualidades. Desde entonces me he tomado la filantropía al pie de la letra. Por eso, me siento emocionalmente autorizado para deciros que mandéis el móvil a tomar viento, aunque sea por un día. Pediros que levantéis la cabeza, que ya casi es primavera y las florecillas asoman sus pétalos, que os beséis y hagáis el amor y que cerréis los ojos para soñar que un mundo sin pantallas también es posible.

Los periodistas ‘tradicionales’

Ideal, donde curro desde hace casi quince años, ha cumplido setenta y cinco primaveras. Mucho ha llovido en los olivos desde aquel 23 de julio de 1939. De la linotipia, el fotograbado y los gacetilleros a la edición instantánea, retransmisiones en línea a golpe de tuit y comunicadores en constante proceso de adaptación. Revoluciones tecnológicas que no han cambiado la esencia de nuestro oficio y nuestra razón de ser: contar historias que nos interesan a todos con el máximo rigor. La prensa tiene pasado y tiene presente, pero sobre todo tiene futuro. Podría pensarse que mis argumentos son predecibles porque soy parte interesada. Pues que se piense. Que cada cual opine lo que le dé la real de la gana. Pero sí creo que nos hemos ganado el derecho a pensar que existe un mañana porque pocos sectores han mostrado tanta capacidad de aclimatarse al cambio como éste. Sí, y en este punto quiero romper una lanza en pro de la denominada ‘prensa tradicional’. Y lo haré desde una perspectiva autocrítica.

Vivimos una interesante etapa de ‘borrón y cuenta nueva’. La crisis ha tocado nuestros bolsillos y nuestras conciencias. ‘Lo de antes no vale’. Un discurso que, llevado la extremo, supone la asimilación simplista de ‘antes’ con ‘malo’. Y ahí es donde esa ‘prensa tradicional’ sale claramente trasquilada. Y entonces, cuando nos apuntan con el dedo acusador, me gusta mirar a mi alrededor. Y veo a Juan Esteban Poveda, enganchado al móvil y descubriendo casos de corrupción que luego se convierten en noticia nacional. O veo a José Liébana, estudiando pormenorizadamente el discurso de los políticos para que los lectores dispongan al día siguiente de toda las claves de la actualidad municipal. O veo a Lorena Cádiz, redactando con entusiasmo historias de enorme calado humano. O veo a Remedios Morente, valorando temas con los corresponsales Irene Téllez, Jessica Soto, José Carlos González, Alberto Román, Santiago Campos, Laura Fernández, Enrique Alonso y con los siempre intrépidos compañeros de deportes, Miguel Ángel Contreras, José Antonio Gutiérrez y Ángel Mendoza. O veo a José Luis Adán, dirigiendo una ‘orquesta’ donde ningún músico puede saltarse la partitura del rigor. Y entonces suena el teléfono. Es Mónica Lopera, informando de que ya tiene listos los perfiles de los candidatos a rector de la UJA. O también podría ser Carmen Cabrera, cerrando alguno de los curiosos reportajes que publicamos estos días sobre el movimiento cofrade. O el gran Antonio Ordóñez, siempre al tanto de todo lo que ocurre en la vida cultural de Jaén.

¿Estos tíos son los ‘malos’?, ¿estos tíos son los ‘tradicionales’?, ¿estos tíos son los que ‘manipulan’ y defienden los ‘intereses bastardos de los poderes establecidos’? Pues no. Estamos todos los días ahí. Dando la cara. En primera línea de fuego. El planteamiento de nuestros artículos puede ser discutible, podemos equivocarnos en algún dato y las críticas siempre estarán muy justificadas, pero estos ‘periodistas tradicionales’ son gente honesta, que aman este bendito oficio y que, sobre todo, se pueden acostar todas las noches con la conciencia muy tranquila.

Jaén, SOS

Que el paro subiría en la provincia era un secreto a voces. Y que subiría mucho, también. Pero, a pesar de que todo el mundo estaba advertido del batacazo mayúsculo, el análisis de las estadísticas evidencia un estado de auténtica emergencia para Jaén. El problema no es que el desempleo aumentara –oigan bien– un 14,27% el mes pasado como consecuencia de la finalización de la aceituna. El problema es que si tomamos como referencia los últimos doce meses, el número de inscritos en el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), se ha incrementado –vuelvan a oír bien– un 19,90%, mientras que en todas las provincias españolas –menos Álava– baja. En algunos casos, incluso, por debajo del diez por ciento.

Y ahora vayamos con los porqués. El más socorrido es el de los olivos y los jornales. Como la producción ha sido muy corta, no hay trabajo. Esto fue, básicamente, lo que afirmó este miércoles el consejero de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo, José Sánchez Maldonado, en el transcurso de una rueda de prensa para anunciar que la Junta aprobará en un mes un decreto para poner en marcha cuatro programas de empleo. Hablaba en términos generales de Andalucía, pero cuando se mentan las palabras ‘olivos’ y ‘jornales’ ya saben hacia donde se dirigen todas las miradas. Pero las razones de este auténtico desaguisado son otras que van mucho más allá del sumar y restar días vareando y tienen mucho que ver con el retraso secular de Jaén y la absoluta incapacidad de generar, desde los poderes públicos, un modelo productivo capaz de sustentar un mercado laboral dependiente de algo tan aleatorio como que llueva y haya aceitunas. En ese sentido se manifestaron ayer, con más o menos matices, tanto la Confederación de Empresarios de Jaén como los sindicatos y los partidos políticos. Moraleja, todo el mundo tiene claro el diagnóstico e incluso las soluciones –ahí están las hojas de ruta marcadas por los planes estratégicos–, pero el mundo sigue igual. Ahora y desde hace siglos.

Vayamos con los números. Miren, de los 77.980 nuevos parados que se contabilizan en España, la friolera de 8.174 –más del diez por ciento– se tienen que imputar a Jaén. Sí, como suena. Si se valora ‘la cosa’ por actividades, se observa claramente un efecto rebote. Al igual que allá por noviembre, cuando se generalizaron las tareas de recolección, se produjo un descenso generalizado en los cuatro grandes epígrafes del SPEE –hubo quien habló en aquel instante de una especie de recuperación milagrosa–, ahora se ha producido un crecimiento generalizado también en los cuatro. En la agricultura hay 6.769 inscritos más; en la industria, 70 más; en la construcción, 52 más; y en los servicios, 1.651 más. ¿Por qué? Pues básicamente porque no solo los ‘trabajadores del campo’ participan en la cosecha olivarera, sino también camareros, albañiles, dependientes del comercio… todos los perfiles que se puedan imaginar. De ahí esos movimientos en bloque. La excepción que confirma la norma son el ‘colectivo sin empleo anterior’, con 368 personas menos.

Respecto a los contratos. Según la información que maneja el SPEE –y que son de consulta pública–, se firmaron 45.112 en enero, una cifra sensiblemente inferior a los 75.731 que se rubricaron un año antes, cuando todavía estábamos en la ‘campaña de todos los récords’, con más de 750.000 toneladas producidas sólo en Jaén. La tasa de precariedad sigue siendo extrema. Sólo el 1,8% de las altas no tenían fecha de caducidad. Se está registrando una eventualidad extrema en los puestos de trabajo que se están ofreciendo. Todo ello tiene una influencia muy negativa en la afiliación a la Seguridad Social en Jaén, que registra una caída intermensual del 8,72% e interanual del 14,24%. Ahora mismo se computan un total de 221.686 cotizantes frente a los 258.486 que había un año antes.

El pimiento morrón

No hace mucho, un par de semanas, me llamaron de un programa radiofónico para que, atendiendo a mi condición de periodista especializado en temas económicos, les hablara de lo que estaba sucediendo en Jaén. De por qué mientras que el paro bajaba en toda España, esta provincia era la excepción que confirmaba la regla y que el número de demandantes inscritos en el Inem subía a razón de un siete por ciento en el último año. Por unos momentos dudé. Pero al final accedí. Y lo hice porque, más allá de enarbolar la bandera del terruño –ya he comentado en alguna ocasión que me repele el ombliguismo–, quizá había llegado el momento de explicar que sí, que el mantra de que hay menos trabajo porque hay menos jornales está muy bien, pero que el mar de fondo es que Jaén importa un pimiento morrón. Que sucedía hace cuatro siglos y que sigue pasando ahora. Y esto fue más o menos lo que expliqué.

Y es que ese mapa de la vergüenza, que destaca en azulillo las provincias donde se redujo el desempleo en 2014, y en rojo donde aumentó (Jaén, Melilla y Álava), que tanto ha indignado al personal estos días en el particular cosmos de la redes sociales, representa un auténtico fracaso de un modelo. Resulta increíble que a estas alturas de la película la economía de un territorio como Jaén, enclavado en un país del primer mundo, dependa de algo tan aleatorio como que las nubes vengan y descarguen –con cuidado, eso sí– y los olivos den aceite. Porque, muy básicamente, las cosas funcionan así en Jaén. Ante esta realidad, nos podemos limitar a ‘tirar de librillo’, sumar y restar toneladas de aceituna y maldecir nuestro destino. O entrar en el fondo de la cuestión y preguntarnos ¿por qué? ¿Por qué no existe el turismo?, ¿por qué no existe la industria?, ¿por qué no existen los servicios? Miren, para que se hagan una idea, de los más de 500.000 contratos que se firmaron por estos pagos el curso anterior, alrededor de 300.000 corresponden a la agricultura. Ya saben: ‘cuando el olivar tose, Jaén se resfría’. Y así ‘in saecula saeculorum’. Esto es así.

Ahora, como epílogo, podría dar rienda suelta al cabrón que todos llevamos dentro y disparar a discreción. Pero como la musiquita de la ‘necesidad de diversificación’, ‘el aprovechamiento de las sinergias’ y demás adagios son de sobra conocidos –las razones de lo que está sucediendo todo el mundo las tiene más o menos claras y se supone que, después de dos planes estratégicos, las hojas de ruta, también–, pues me voy a limitar a pedir que dejen de vendernos la burra y que sencillamente nos traten como ciudadanos que ríen, lloran, se emocionan, pagan sus impuestos e incluso piensan.

Alarmista, facha y rojo

Hace unos días publiqué en Ideal un artículo sobre la pobreza energética. Lo titulé ‘La condena del frío’ y aporté una serie de datos para sustentar la verosimilitud de este encabezamiento. Uno de ellos que, según estimaciones realizadas por la propia Cáritas, 24.000 hogares jienenses no se pueden permitir el lujo de encender el brasero. O que Cruz Roja ha tenido que pagar casi 100.000 euros en recibos de la luz para que familias de Jaén sin recursos, y en la mayor parte con niños y mayores a su cargo, no se quedaran a oscuras. Pues bien, no tardó en llegarme la acusación de ‘generar alarma social’. Un clásico en estos pleitos. “Pastor, eres un alarmista”. Pues eso, como soy “alarmista”, me van a permitir que siga profundizando en el asunto. Yo no soy periodista para ir haciendo amigos. Tampoco para ganarme enemigos. Pero sí para mostrar realidades que, por mucho que jodan, están ahí. ¿Que la crisis es un estado de ánimo? Por las narices. La crisis es que cerca de 100.000 personas, muchos de ellos críos o ancianos, no puedan enchufar una estufa porque si no les falta para comer.

Yo no disfruto contado estas cosas. Pero me parece profundamente deshonesto obviarlas. Estoy deseando que la manida recuperación sea algo más que literatura en voz de los que, como dijo hace unos días Iñaki Gabilondo, han logrado que España crezca al dos por ciento, pero a costa del empobrecimiento del prójimo. Ahora, después de decir esto, seguro que además de “alarmista”, también seré “rojo” o “facha”, vaya usted a saber. Pues sí, este “alarmista, rojo y facha”, todo a la vez, considera que es una canallada que 100.000 almas en esta provincia pasen frío en sus propias casas. O que compañías que cuentan sus beneficios por miles de millones -y los sueldos de sus directivos ‘sólo’ por millones, otros pobreticos- corten la electricidad a quien no puede pagarla -da igual que sea invierno- y cuando logran saldar sus deudas, privándose muchas veces de lo más básico, les obliguen a tramitar un alta nueva, con todos los costes que ello conlleva. Un castigo sobrevenido. ¿Por qué? Porque eres pobre.

De verdad, como periodista especializado en economía, siento añoranza de aquellos maravillosos años, no tan lejanos, en que la tasa de desempleo en Jaén estábamos por debajo del diez por ciento y sin inmigrantes, por ejemplo, no había quien recogiera las aceitunas. Cuando publicábamos que la gente compraba pisos a 3.000 euros el metro cuadrado, cuando se pedían créditos -y los concedían- para irse de vacaciones o cuando los mil euros era un sueldo de mierda. Qué ganicas de darle a la tecla todos los días contando estas peliculitas. Mientras tanto sí, me confieso “alarmista, rojo y facha”.

Nosotros, los ‘pobreticos’

No sé ustedes, pero yo no termino de acostumbrarme a esto de ser unos ‘pobreticos’. Supongo que por aquello de que escribo a diario sobre ‘la cosa’ debería estar inmunizado, pero nada. Me sigue tocando mucho las narices eso de que, dos o tres veces al mes, salgan los ‘entendidos’ echando sal en la herida y recordándonos que Jaén siempre es la última o, excepcionalmente, la penúltima. Entonces, como la manda la tradición, nos lamemos las heridas y nos ciscamos en los arcanos.  “¿Quién me ha puesto la pierna encima para que no levante cabeza?”, que dijo en su día un muchacho en el programa del Gran Hermano para maldecir un destino siempre cruel. Pues eso. Igual ya se han enterado de la última. La Agencia Tributaria publicó un informe hace unos días sobre percepciones salariales. Dos grandes conclusiones respecto a Jaén. Que hay más de 110.000 criaturas que viven -bueno, que subsisten- con un sueldo inferior a los 380 euros al mes. Hagan cuentas. Y que Jaén es ya la única provincia española donde los trabajadores cobran una nómina media inferior a los mil euros brutos mensuales -vayan quitándole IRPF, Seguridad Social y parte proporcional de las pagas extras-.

Ya les digo que me cuesta mucho digerir estos datos. ¿Dónde narices está escrito? ¿Dónde dice que Jaén ‘debe’ tener una tasa de paro del 36%?, ¿dónde dice que Jaén ‘debe’ tener la menor renta por habitante de España? y ¿dónde dice que Jaén ‘debe’ tener los salarios más bajos? Porque, por muy acomplejados que estemos, no somos más tonticos ni menos estudiosos. O sea, algo lleva muchísimo tiempo fallando -yo aseguraría que varios decenios- y no ‘podemos’ o ‘queremos’ darle solución. Y entrecomillo ‘podemos’ o ‘queremos’ porque, en efecto, todos somos corresponsables de esta situación y porque las soluciones van más allá del voluntarismo. Tranquilos, no entraré en digresiones metafísicas ni en teorías conspiranoicas para encontrar los porqués. Tampoco compro el mensaje de que nosotros, lo que nos hacemos eco de estas estadísticas, somos seres malignos que disfrutamos anunciando pesares, como últimamente insisten los llamados a administrar los doblones públicos mientras fuerzas políticas emergentes amenazan con moverles el sillón. Lo más fácil siempre ha sido matar al mensajero.

Creo que el gran problema se llama ‘resignación’. No hay peor mal que acostumbrarse a que el mundo sea así. Resulta peligroso cuando, por equis circunstancias, entramos de forma individual en esta especie de letargo. Y es peligrosísimo cuando la abulia es colectiva, que es exactamente el punto en que nos hallamos en este momento y en este lugar. Por eso nos hemos habituado a entender como algo natural que convivamos con un paro del 36%, que se hayan gastado 120 millones de euros en un tranvía que no funciona o como este año hay pocas aceitunas, pues toca joderse. ¿La culpa? Quizá esta vez sí encontraremos alguna respuesta si nos miramos el ombligo.

¿Qué hay de lo nuestro?

Hola, amigos ¿han aprendido ya a parlar català? Supongo que no. Que la mayoría de ustedes aún no dominan a la perfección la lengua de Pla, Verdaguer o Jaume Cabré -por citar a un autor más contemporáneo-, pero ya les digo yo que de aquí a que se celebren las elecciones plebiscitarias, van a recitar el ‘Mon darrer bé’ de Ausias March como si fueran del Vendrell. Sí, porque si consideran que el atracón del ‘asunto catalán’ había terminado con la consulta del 9 de noviembre, ya les digo yo que se equivocan. ‘Mare meva, quina barbaritat’. Tomaba el otro día unas cañas con un amigo bastante guasón. Hablamos de lo que haríamos con una tarjeta ‘black’, de lo malo que viene el año con esto de las aceitunas y, obviamente, de Cataluña. Me comentaba que últimamente andaba con desvelo y que, tras probar incluso alguna medicina, había optado por los remedios caseros. Cenas frugales, lecturas a media luz, duchitas relajantes… y el sempiterno truco de contar ovejitas. Y ni así. Hasta que decidió cambiar los borreguitos por arturitos. Un arturito más, dos arturitos más, tres arturitos más… y al sexto arturito más, como un lirón. “Supongo que la tranquilidad que te confiere la familiaridad”, teorizaba mientras pedía al camarero que le pusiera la cuarta.

Ironías aparte, lo cierto es que, en efecto, Cataluña puede ser, perfectamente, el principal problema de este país, instalado en la estupefacción desde hace ya unos cuantos años. Porque no hablamos solamente de la posibilidad de que se levante una alambrada en el valle de Arán o en el río Senia, sino de la constatación de que ya ha emergido un gran muro, el mental. Una versión más cercana de aquel ‘Mauer mi Kopf ‘ que separaba los pensamientos de los alemanes del oriente de los del occidente. Sí, las fobias y las divisiones ya están aquí. Y han venido para quedarse. Para mí, sin lugar a dudas, lo más preocupante. Y utilizo la primera persona del singular porque, al igual que decenas de miles de jienenses o andaluces unidos con Cataluña por los graníticos lazos de la sangre, asistimos atónitos a la pérdida de un referente emocional. Tengo la absoluta convicción de que votar siempre fue, es y será bueno, pero también tengo la absoluta convicción de que, en este mundo de las grandes estructuras políticas, la solución no pasa por crear microestados. Estoy seguro de que Cataluña lo pasará tan mal como España. ¿Hay necesidad? Pues que hablen de una puñetera vez, ‘collons’.

Mientras tanto, mientras deshojan la margarita y se alimentan las aversiones, exijo, como ciudadano que paga sus impuestos, que provincias como Jaén o Granada también tengan la consideración de ‘problema’. Sí, porque tan real y respetable es el anhelo independentista de 1,8 millones de catalanes como la preocupación superlativa de 1,6 millones de jienenses y granadinos que soportan una tasa de paro del cuarenta por ciento. Pido que también se hable de nosotros. De nuestras carencias de infraestructuras. De nuestros déficits de industrialización. De nuestras vidas. De nuestras esperanzas. De nuestro mañana.