La EPA de la ‘recuperación’

Para valorar los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), correspondientes al cuarto trimestre del año pasado y publicados ayer por el InstitutoNacional de Estadística, conviene hacer un ejercicio de imaginación. Esta EPA permite hacer una radiografía del mercado laboral en pasado, pero el presente se está escribiendo ahora mismo en las catorce oficinas del Servicio Público Estatal de Empleo (SEPE). La EPA dice que entre octubre y diciembre la tasa de desempleo bajó cuatro puntos y medio respecto al periodo comprendido entre julio y septiembre, pasando del 35,38% al 30,84%. Perfecto. Pero la semana que viene el SEPE divulgará sus estadísticas referentes a enero y, desgraciadamente, Jaén saldrá en los papeles como la provincia donde más sube el paro registrado en España. Dos realidades distintas con un nexo en común: la cosecha de la aceituna, la temporada agrícola que demanda una mayor cantidad de mano de obra en menor intervalo de tiempo. La EPA, que ha coincidido en gran medida con la campaña oleícola, pinta un panorama y el SEPE reflejará otro escenario bien distinto –y lamentablemente mucho más desfavorable–.

En cualquier caso, conviene hacer un análisis más dinámico de la coyuntura, comparando cómo estábamos hace un año y cómo estamos ahora –siempre según la EPA–. Hace doce meses estaban sin empleo el 33,33% de los jienenses en edad de tenerlo. Ahora, el 30,84%, el cuarto índice más alto de España después de Cádiz, Huelva y Melilla. Algo menos de tres puntos de diferencia que deberían evidenciar, en teoría, una mejora de la economía y una mayor creación de puestos de trabajo. Pero aquí entra nuevamente en liza el ‘factor aceituna’. La producción se ha multiplicado por dos y la oferta de jornales ha crecido un 111%. Trabajo que entonces no hubo, que ahora sí ha habido y que lógicamente queda perfectamente reflejado en la EPA que hemos conocido este jueves. La estacionalidad y la agricultura son claves en Jaén. Eso sí, este 30,84% de ahora es el mejor porcentaje en el último trimestre desde 2011. Igual esto podría entenderse por ‘recuperación’ –se podrían realizar muchas acotaciones–.

Jaén ha bajado nuevamente de la barrera psicológica de los cien mil parados. Estamos exactamente en 93.400 –frente a los 99.900 de un año atrás–. De todos ellos, 42.400 son hombres y 51.000, mujeres. Lo más importante es que hay más gente trabajando. Hemos pasado de 199.700 ocupados a 209.300 –casi diez mil más–. El número de empleos ha aumentado 8.300 en el campo (hasta 38.200) y también ha subido 700 en la industria (hasta 21.800) y 900 en la construcción (hasta 9.500). Sin embargo, ha bajado 300 en los servicios (hasta 139.900). Parece que los sectores productivos van remontando el vuelo poco a poco.

El campo dicta sentencia… otra vez

La vorágine del día a día, de una actualidad fagocitante que convierte lo nuevo en ‘viejo’ a los pocos minutos, impide muchas veces pararse y pensar. Considerar las ‘grandes realidades’. Las que explican buena parte de lo que está sucediendo. Un ejercicio muy útil para entender el proceloso mundo del dinero. Vamos allá. Detrás de todas las tasas, índices de coyuntura y demás, detrás de casi todo lo que ocurre en la economía de Jaén subyace ese enorme bosque de 66 millones de olivos que jalonan la provincia de norte a sur y de este a oeste. Si hay cosecha, el mundo funciona un poco mejor. Si no hay aceite de oliva y además sufrimos una ‘crisis de caballo’, el lodo nos llega hasta el cuello -e incluso un poco más arriba-. Y es que el mantra de la ‘dependencia del olivar’, al que tantas veces se acude para justificar lo injustificable -como que Jaén tenga un paro superior al 40 por ciento-, sigue plenamente vigente, una de esas ‘grandes realidades’ que evidencian el fracaso de los enemil intentos por lograr la ansiada diversificación.

El propio INE proporciona una serie de magnitudes que corroboran todo esto. Fijémonos en los grandes números. Los concernientes al Producto Interior Bruto (PIB), que refleja el valor de lo que se produce en un territorio. En este caso, la provincia de Jaén. Y examinemos, sin necesidad de entrar en grandes honduras, cuánto aporta el campo al PIB jienense en un periodo relativamente prolongado de quince años. La gran conclusión, el gran titular, es que antes el sector primario era ‘todo’ y ahora es ‘casi todo’. Cuatro fechas. En 1995 representaba el 15,7 por ciento del PIB de Jaén. En 2000 significaba el 15,6 por ciento. En 2005, en plena ‘década dorada’ y con el ladrillo en ebullición, el porcentaje se redujo hasta el 7,9 por ciento. Y en 2010, última referencia que tomamos en este análisis evolutivo, subió nuevamente hasta el 8,2 por ciento. En principio esto no tendría que ser ni bueno ni malo. De hecho, hay quien afirma que estamos ante un ‘activo’ porque esta industria no se puede deslocalizar. Las producciones no se pueden llevar a China, el Este de Europa o el Magreb. Pero lo cierto es que al final todo depende de algo tan aleatorio como que las nubes se aposenten sobre nuestras cabezas y descarguen. Y algo no menos aleatorio como que unos señores trajeados decidan en Bruselas si hay o no hay subvenciones. También resulta enormemente esclarecedor que mientras el agro aporta el 8,2 por ciento al PIB de Jaén, en Andalucía la proporción se sitúa en el 4,5 por ciento y en el conjunto de España, en el 2,3 por ciento.

En cualquier caso -y esto es importante-, el resto de actividades productivas contribuyen más al PIB de Jaén a precios de mercado. Los servicios, un 18,7 por ciento; los bancos y aseguradoras, un 15,1 por ciento; la industria, un 12,1 por ciento. Por citar tan solo algunos ejemplos. ¿Qué pasa? Pues que esa participación del 8,2 por ciento es, después de Almería, la más elevada de todo el país. Y que, además, estamos hablando de un cultivo muy social. De él viven de forma principal (35 por ciento) o secundaria (65 por ciento) unas 110.000 familias de Jaén. A lo que habría que sumar las 200.000 contrataciones que se registran entre noviembre y marzo los años que la campaña viene bien.

Cuando todo esto falla, como ha pasado este curso, pues todo el ‘sistema’ se viene abajo en Jaén y las cifras de parados alcanzan cuotas alarmantes. A todo ello hay que sumar otro factor no menos relevante: los precios del ‘oro líquido’. La fluctuación al alza o a la baja de las cotizaciones, calculadas en el promedio de los doce meses que dura el ejercicio, puede suponer hasta dos y tres puntos en el PIB y, lo que es más importante, garantizar un nivel de renta para que los hogares olivareros lleguen a final de mes. Con las cantidades que han percibido los agricultores en estos últimos cuatro años, con liquidaciones que han oscilado entre los 1,80 y los 1,90 euros por kilogramo, se estima que el 72 por ciento de las explotaciones de Jaén son inviables sin ayudas.

Y es que al final la ‘gran fábrica verde’ solo funciona durante tres o cuatro meses. Un tiempo en que las 330 almazaras y cooperativas de Jaén ‘se limitan’ a almacenar en sus bodegas y posteriormente a vender, fundamentalmente a granel. Otra de las grandes asignaturas pendientes. Les sonará la musiquita. Los déficit de comercialización, por una parte, y el escaso aprovechamiento de los subproductos. Ahí tienen ese paisaje de hogueras y nubes de humo estas semanas atrás. Quemando el ramón y desaprovechando su poder energético. Aunque conviene matizar que muchas veces es la única solución porque los costes de recogida y transporte superan con creces los ingresos que se puedan obtener en las plantas que procesan este tipo de materiales.

Las banderas no dan de comer

El ser un desarraigado tiene ventajas e inconvenientes. En mi caso, que lo soy por convicción, supone un plus muy importante para mi condición de periodista. Puedo escribir sin el costoso peaje que implica el apego al terruño. Este distanciamiento me permite afirmar que “los datos del desempleo de Jaén son una puñetera vergüenza” sin que nadie me reproche “claro, amigo, lo dices porque te duele tu tierra”. Y es que más allá de asertos subjetivables, ahí están el paro registrado o la Encuesta de Población Activa, indicadores que objetivan esa cosa diabólica llamada ‘coyuntura’. La de Jaén, la de Sevilla, la de Madrid o la de Bilbao. Y como estoy libre de estas ataduras, pues me permito la licencia de asegurar sin ambages que los gobiernos de Andalucía y España, que son construcciones políticas muy complejas, pasan tres pueblos y medio de Jaén so pretexto, con raíces históricas, de que todas las realidades son asimilables. Vale, ya sé que la Constitución y el Estatuto de Autonomía fundamentan la corrección de los desequilibrios. Pero vamos, que la Constitución también dice que todos los españoles tienen el derecho a una vivienda digna o un trabajo y ya ven cómo están las cosas.

Respeto profundamente espíritus identitarios, himnos y banderas, pero también me genera un profundo respeto el señor o la señora que todos los días sale de casa bien temprano, mira al cielo, inspira varias veces y se lanza a la procelosa aventura de tocar puertas con el noble empeño de encontrar un puto empleo. Señor que, por otra parte, vive en España, en Andalucía, pero al que le toca patearse una provincia que se aproxima ya a una tasa de desempleo del 45 por ciento. Sí, oigan bien, del 45 por ciento. Y como el hambre no entiende de barcos ni de nacionalidades, mucho me temo que al final este señor tendrá que coger las maletas y poner rumbo a ninguna parte. Una durísima decisión que muy probablemente no tendrán que adoptar en otros puntos de España -aquí no digo de Andalucía- donde sí puede haber alguna oportunidad laboral. De acuerdo, todo está jodidísimo ahí fuera, pero frente a ese ignominioso e indecente 45 por ciento de Jaén, en Guipuzcoa, por ejemplo, están en el 13 por ciento; en Huesca, en el 14 por ciento; o en Teruel, que vaya si existe, en el 16 por ciento. Y todo eso es la misma España.

En Jaén llevamos décadas viviendo en la falacia del ‘todos por igual’. Estas últimas semanas he preguntado a políticos de uno u otro sesgo, todos con mando en plaza, si consideran que las ‘soluciones’ que se plantean para España y Andalucía sirven también para Jaén. Pues salvo alguno que despejó con habilidad a córner -a ver si se enteran de una puñetera vez que les pagamos para gobernar, no para ser Sergio Ramos-, aquí todo quisque insiste en el cuento chino de las salidas compartidas. Con la deprimente apostilla, eso sí, “de que poco podemos hacer porque no hay un euro”. ¿Cuál es el problema? Que cuando sí los había, hicieron poco, nada o se equivocaron -véase el auténtico fracaso de las políticas de subsidios y ayudas-. Decía Balzac que ‘la resignación es el suicidio cotidiano’. Pues eso.

 

 

¿Cuánto perderá Jaén con la PAC?

Una cuestión previa. Como bien saben, Jaén tiene una de las tasas de paro más altas de España -cuando se publique la EPA de marzo habrá que cambiar el determinante “una” por el “la”- y la renta por habitante más baja del país. Y ahora una preguntilla. ¿Puede ser esta provincia, que vive de la agricultura, la más castigada en la reforma de la Política Agraria Común (PAC)? Pues más allá de que seamos dolientes directos, lo lógico sería que no. Pues vayan apuntando este argumento porque, antes o después, habrá que plantearlo. Y es que el acuerdo alcanzado por el Consejo de Ministros este martes debe interpretarse en clave local. Es cierto -y muy positivo- que España conserve su ficha financiera para el periodo 2014-2020, pero también es igual de cierto que Jaén, con la ayuda por hectárea más alta de España, se juega mucho si el baremo ya no son los derechos históricos, sino la convergencia con una media que implica dos cosas: el que menos recibe más gana y el que más recibe menos gana (o pierde). Por eso el gran reto ahora es minimizar el impacto. Comienza un periodo de tres meses en que la Eurocámara, que realizó su propuesta la semana pasada, el Consejo de Ministros, que acaba de hacerla, y la Comisión, que la hizo a finales de 2010, cierren la PAC posiblemente antes del verano. La primera reunión del trílogo, el 11 de abril.

Los planteamientos del Consejo de Ministros son, en realidad, bastante parecidos a los del Parlamento, aunque falta por atar cabos muy importantes. Lo más positivo es que, finalmente, los criterios de aplicación de la PAC se flexibilizan. Esto quiere decir que serán los Estados miembros quienes, a partir de unos criterios comunes en todo el ámbito de la UE, tendrán capacidad para decidir cómo se reparten las subvenciones. Se repite la película de 2006. Será el Ministerio quien tendrá que hacer encaje de bolillos para contentar a unos y otros. Por lo pronto, el ministro Arias Cañete ya ha asegurado que se ha optado por una fórmula «compleja» que, según los primeros cálculos, limitará a un 8 por ciento el trasvase de dinero que actualmente reciben los diferentes cultivos en España.

Otro de los puntos favorables de la PAC es que se acota el número de hectáreas subvencionables. En este caso las matemáticas también son sencillas. Con el mismo presupuesto, cuantas más allá, a menos tocamos. Los ministros de Agricultura de la UE han tomado la decisión de establecer como fecha de corte el 31 de diciembre de 2011. En ese momento había declaradas en España 22 millones de hectáreas frente a las 38 que hubiera habido a finales de 2013. Esto hubiera supuesto pasar de una prima por hectárea de 229 euros a 116. Para que se hagan una idea, la media de Jaén se sitúa ahora mismo en 670 euros por hectárea debido a que en 2006 se tomó como referencia las producciones del intervalo 2000-2003, que fueron excelentes. Este será otro de los caballos de batalla. Discriminar entre la superficie productiva, como la de Jaén, y la que no lo es.

Lo que sí es claramente beneficioso para Jaén es que los denominados “cultivos permanentes”, entre los que se encuentra el olivar, estén dentro del “greening” o “pago verde” de oficio, sin tener que justificar criterios medioambientales. Esto significa que los aceituneros accederán al 30 por ciento de los recursos que se destinarán a este fin. Lo harán de forma directa los oleicultores con plantaciones que tengan menos de 250 árboles por hectárea. En el caso de Jaén el promedio oscila entre los 80 y los 120 olivos en las explotaciones tradicionales, que son la mayoría. Tampoco es frecuente que se superen los 250 en las fincas intensivas. ¿Cuál es el problema? Pues cuántos ‘picotearán’ de esa cantidad fija del 30 por ciento. La ecuación es la misma que antes. Cuantas más hectáreas, a menos tocamos.

Otra manera de compensar posibles quebrantos para el sector olivarero de Jaén sería participando en ese 12 por ciento de incentivos que se mantendrá acoplado a la producción y que los Estados pueden dar sin la autorización de Bruselas y que, en opinión de Arias Cañete, «resuelve casi todas las necesidades españolas». Esto favorece de forma especial a la ganadería intensiva, que no tiene base territorial.

Y este es el escenario ahora mismo. Quedan por atar muchos cabos relevantes para Jaén. Todas las organizaciones profesionales del campo han mostrado su satisfacción por los avances logrados en el Consejo de Ministros de Agricultura y que desmontan el documento inicial, absolutamente perjudicial para Jaén, ideado por el comisario Ciolos a finales de 2010. A pesar de ello, el ‘palo’ puede ser gordo. Y por este motivo, se mantienen las movilizaciones previstas para el mes que viene. Los dirigentes agrarios siguen reuniéndose a fin de lograr la unidad de acción. Hay precedentes. Sucedió en 1998 con la Organización Común de Mercado y también en 2006 con la PAC que ahora se extingue. Parece ser que las conversaciones van por el buen camino.

El amargo sabor del ‘café para todos’

Los agricultores siguen tachando fechas marcadas en rojo en el calendario. Ahora habido dos importantes. Martes y miércoles pasados. El Parlamento Europeo, cuyas decisiones deben tenerse en cuenta sí o sí tras la aprobación del Tratado de Lisboa, ya ha dicho cómo debe ser la nueva Política Agraria Común (PAC) y cómo debe ser el modelo de ayudas. Ahora falta que la semana que viene, 18 y 19 de marzo, se pronuncie también el Consejo de Ministros de Agricultura de forma definitiva. Entonces ya estarán todas las cartas encima de la mesa. Eurocámara, Consejo y Comisión tienen un máximo de tres meses para ponerse de acuerdo y ‘parir’ la reforma de la PAC, que estará vigente entre 2014 y 2020.

¿Dónde estamos? Pues si tomamos como referencia el documento inicial presentado por el comisario Ciolos a finales de 2010, que suponía un ‘golpe de gracia’ para el olivar de Jaén, algo se ha mejorado. Pero quedan muchas cosas importantes por decidir en esta primavera. El principal avance es que tanto Consejo como Parlamento están a favor de la flexibilidad. Lo que básicamente significa reconocer que la agricultura de Dinamarca, por ejemplo, no tiene nada que ver con la de España. Y como no tiene nada que ver, la PAC debe dar respuestas a las necesidades de unos y otros. Esto nos conduce, automáticamente, a un segundo punto de vital importancia y que, al parecer, también tiene visos de salir adelante. Que sean los propios Estados quienes asignen los euros para unos y otros a partir de unos criterios mínimos que marque Bruselas para todo el ámbito de la Unión. Este es el quid de la cuestión.

Partiendo de la base de que la ‘unidad de medida’ para la subvención será la hectárea, la Comisión está empeñada en fijar una ‘tarifa plana’ para todas las hectáreas agrícolas de la UE. Con el agravante –siempre hablando desde la perspectiva de Jaén–, de que tendrán derecho a ‘poner el cazo’ todos los que declaren superficie hasta 2014. Para que se haga una idea. La media española se situaba en los 16,7 millones de hectáreas incentivables. ¿Qué pasa? Pues que a la vista de que hay euros de por medio –el primer borrador de la PAC se conoció a finales de 2010–, en diciembre de 2011 ya habíamos subido hasta 24,9 millones de hectáreas y se estima que, antes que entre en vigor la PAC, se podrían alcanzar los 38 millones. Es decir, lo que antes iba para 16,7 millones ahora iría para 38 millones.

La conclusión es fácil. El que más pierde es el que más recibe. Y aquí vendría el palo para Jaén, cuyos aceituneros perciben un promedio de 670 euros por hectárea. Una de las cifras más elevadas de la UE porque, tal y como contempla la PAC que ahora muere, se utilizó como base de cálculo las producciones del periodo 2000-2003, que fueron magníficas en Jaén. Estos son los famosos ‘derechos históricos’ de los que tanto se ha hablado. Un argumento que resulta imposible de mantener en la Europa de los 27… y de la crisis.

Y menos mal que se ha respetado la ficha financiera de España. De no haber sido así el escenario sería aún más complicado. Entre 2014 y 2020 llegarán 35.705 millones de euros para pagos directos, un 0,8 por ciento más que en el marco 2007-2013, y otros 8.291 millones para medidas de desarrollo rural, un 3 por ciento más. Lo que las asociaciones agrarias están pidiendo a gritos –de hecho hay movilizaciones conjuntas previstas para abril– es que esos 35.705 millones sean para los que realmente producen y generan empleo en el campo. Es decir, que no se trate igual una hectárea en el desierto de los Monegros que una hectárea de olivos intensivos en la Loma de Jaén. La propuesta de PAC que se está debatiendo recoge la conformación de una especie de ‘zonas homogéneas’ que recojan las singularidades de cada territorio. Si se confiere a España margen de maniobra, lo que más interesa a Jaén es que haya una división por comarcas.

Hay que evitar el trasvase de fondos que se deriva del ‘café para todos’ preconizado por la Comisión. O sea que, al igual que sucedió en 2006, el sonido de sables se escuchará probablemente en Madrid. Cada comunidad autónoma intentará acercar ‘el ascua a su sardina’. Y también habrá disensos casi seguro en el seno de las propias organizaciones, ramificadas por el todo territorio nacional y, por ende, con necesidades y reivindicaciones muy distintas.

¿Qué sería de Jaén sin los subsidios?

Con uno de cada tres jienenses -realmente la proporción es algo mayor- en situación de desempleo desde hace un año, dos e incluso tres, el grado de deterioro de muchas economías familiares resulta alarmante. Sin ingresos laborales desde hace tantísimo tiempo, hay miles de hogares quebrados. Y menos mal que el ‘colchón’ de la protección social está ahí. Como último asidero antes de acudir al auxilio de familiares o instituciones como Cáritas, Cruz Roja o el Banco de Alimentos. Dejando al margen los 16.487  jienenses que están cobrando la prestación contributiva, un derecho que se genera por haber trabajado y que, por tanto, no está sujeto a ningún tipo de condicionante adicional, en estos momentos se contabilizan la friolera de 46.040 personas en la provincia cuya única ‘ganancia’ es alguno de los tres tipos de subsidio, nunca superiores a los 450 euros mensuales, que concede el Estado como última opción. Habrá quienes tienen algo más de estos 450 euros -hay mil situaciones personales-, pero también hay muchísimos que sólo tienen eso. Es estima que en estos instantes unos 180.000 ciudadanos de Jaén viven -o mejor dicho, ‘malviven’- por debajo del umbral de la pobreza. Magnitudes todas sin precedentes en los últimos treinta años -al menos desde que existen registros como la Encuesta de Población Activa, en 1976-.

Vayamos por partes. Ahora mismo hay 24.877 paisanos que están cobrando una media de 411 euros al mes gracias al ‘subsidio de desempleo’, el que se suele pedir después de haber agotado los dos años de ‘seguro’, cuya cuantía es sensiblemente superior, 836,4 euros. Más del doble. Un menoscabo de renta que obliga a medir muy bien hasta el último céntimo que sale del bolsillo. Y más si tenemos en cuenta el perfil de esos 24.877 beneficiarios. Se trata de una ayuda dirigida a desempleados sin recursos y a colectivos con difícil integración. Consta de una cantidad -los citados 411 euros- y el abono a la Seguridad Social correspondiente a la asistencia sanitaria, salvaguarda de las familias y jubilación. Así que el principal requisito es que en la casa no entre ni un euro. Los importes no pueden superar el 75 por ciento del Salario Mínimo Interprofesional. Además de acreditar la falta de dinero, los solicitantes tienen que formar parte de uno de estos tres grupos: tener cargas familiares o más de 45 años, ser inmigrante retornado desde países que no corresponden al espacio europeo o certificar un grado de incapacidad para el desarrollo de la profesión habitual.

También se computan 4.248 perceptores de los 436 euros de la Renta Activa de Inserción. Los requerimientos son similares a los del Subsidio de Desempleo, pero la principal diferencia es que los peticionarios de este programa tienen que suscribir el ‘compromiso de actividad’. Esto conlleva someterse a un plan personal de inserción donde se desarrollan acciones de tutoría individualizada, entrevistas a cargo de tutores para orientación laboral, gestión de ofertas de colocación e incorporación a planes de empleo y formación.

Y por último, el Subsidio de Eventuales Agrarios que tanta polémica ha generado en los últimos meses por la disminución del nivel de exigencia para solicitarlo. Los 16.915 temporeros que lo tienen reconocido ingresan 420 euros al mes durante un semestre. La condición ‘sin equa non’ es la justificación de 35 peonadas, un límite que el Gobierno ha rebajado este año debido a la notable disminución de la demanda de mano de obra en el campo ocasionada por la menor producción de aceituna. En el caso Jaén, más del 80 por ciento respecto a la campaña precedente. Esto es importante, ya que el grueso de los jornales se obtienen normalmente durante la cosecha oleícola. Los hay quienes ‘antes de’ ya han llegado a los 35 días o están a punto de hacerlo porque han desarrollado otras tareas en la agricultura y quienes están muy lejos. Para ello, se liberan los recursos del PER, que normalmente son obras que se acometen en los municipios y que llevan aparejadas una serie de contratos que permiten sumar las 35 jornadas.

La ‘razón’ de Díaz Ferrán

El pasado  lunes, 11 de febrero, se ‘celebró’ una efemérides de ésas que nunca pasan desapercibidas para la prensa. Se cumplió un año justo de la publicación del decreto de reforma laboral en el Boletín Oficial del Estado (BOE). Un documento que, en palabras de la propia ministra Fátima Báñez, marcaría un antes y un después en las normas que regulan las relaciones entre empleadores y empleados en este país. Lo de ‘antes’ se sabía. Lo de ‘después’ ya se sabe. Es cierto que las palabras de Báñez no cobrarán sentido -se supone- hasta que no exista un contexto económico normalizado, pero no es menos cierto que el escenario se ha transformado radicalmente en estos doce meses. El Gobierno ‘saca pecho’ y sigue promulgando que obró bien. Que España tenía los niveles de desempleo más altos de la Unión Europea por la rigidez del sistema. Mientras que los sindicatos opinan todo lo contrario. Que hemos retrocedido treinta años. ¿Qué ha sucedido? El Consejo Andaluz de Relaciones Laborales acaba de publicar su informe sobre negociación colectiva correspondiente a 2012. Un estudio que pone negro sobre blanco todo lo que ha ocurrido desde aquel Consejo de Ministros de marras. Y la principal conclusión, que curiosamente coincide al ciento por ciento con las famosas palabras del otrora presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Gerardo Díaz Ferrán, es que «se trabaja más y se cobra menos». Desde luego, así ocurre en la provincia de Jaén, que es lo que nos atañe.

Si tomamos como referencia los 32 convenios vigentes en 2012, que afectaban a un total de 113.253 asalariados -un subgrupo suficiente representativo si tenemos en cuenta que en Jaén hay 191.800 ocupados según la EPA-, observamos que la jornada anualizada se situó el curso pasado en las 1.767,07 horas. Pues bien, en 2011 se echaron exactamente 1.693,23. Es decir, 74 menos. Esto supondría, para que todos nos entendamos, unos nueve días adicionales que, en realidad, se consiguieron alargando las horas en el tajo. Bien adelantando la entrada (menos habitual), bien retrasando la salida (más frecuente), bien acudiendo fuera de horario. Y es que uno de los grandes cambios introducidos en el Estatuto de los Trabajadores era precisamente éste, la posibilidad de reorganizar los ‘tempos’ en función de las circunstancias y las necesidades productivas. Los denominados ‘descuelgues de convenio’. A lo que se suma un segundo factor no menos importante a la hora de ponderar los grandes cálculos. Hay que sacar adelante la tarea con menos brazos. Ahí están los EREs y ajustes de plantilla.

Pero el análisis requiere también de una lectura detenida de las contrapartidas. O sea, de los beneficios o perjuicios que esta coyuntura acarrea para los asalariados de Jaén. Y aquí viene otra sorpresa. El hecho de permanecer más tiempo en el puesto de trabajo no está significando que el susodicho esté ganando más. Todo lo contrario. El Incremento Salarial Pactado (ISP) se cerró en 2012 en el 1,48 por ciento frente al 3,21 por ciento de 2011. Más de la mitad. El problema es que una cosa es lo que aparece en los papeles y otra distinta lo que está pasando realmente. Son cientos las empresas que están rebajando los sueldos del personal. No subiéndolos menos, sino directamente bajándolos. Unos lo llaman abaratar costes para que los negocios no cierren y no haya que despedir gente. Otros hablan metafóricamente de ‘atraco a mano armada’. Ahí está ese 1,48 por ciento, un porcentaje sensiblemente inferior, por otra parte, a la inflación media del 2 por ciento registrada en Jaén en 2012 -diciembre acabó en el 2,5 por ciento-. Estamos, por tanto, en un contexto de pérdida de capacidad adquisitiva con mucha influencia sobre los niveles de consumo.

¿Quién frena esto?

La crisis demostró ayer, nuevamente, que la realidad supera a la ficción. Desde luego siempre que hablamos de trabajo y de Jaén. Lo que está sucediendo en el mercado laboral de la provincia está siendo tan terrible -así, sin paliativos- que las voces ya son unánimes: Jaén necesita soluciones ya. Hasta la propia Confederación de Empresarios de Jaén habla ya sin remilgos de «una situación límite» y exige «una respuesta clara, contundente y excepcional por parte de las administraciones». Enero se sabía que sería muy malo por aquello de que la cosecha se ha reducido un 83 por ciento. Y lo fue. Pero lo que asusta es la auténtica escabechina que se ha producido en el último año. El paro registrado ha aumentado un escalofriante 30,55 por ciento. Para que se hagan una idea. La segunda donde más sube es Córdoba, un 15,59 por ciento. Aquí multiplicamos por dos. Ahora mismo hay 69.015 paisanos apuntados como demandantes en las catorce oficinas de Empleo que hay en Jaén. Estas magnitudes, extrapoladas a la Encuesta de Población Activa, que es el sistema realmente válido y homologado en todo el ámbito de la Unión Europea, no lleva a una tasa de parados superior al 40 por ciento. Es decir, cuatro de cada diez jienenses en edad de trabajar no pueden hacerlo por mucho que lo deseen o lo busquen.

Las razones de este desaguisado están más que apuntadas. Lo preocupante es que no se plantea ninguna solución específica más allá de la rebaja de 35 a 20 peonadas para solicitar el subsidio agrario -que no es crear empleo, sino proteger ante el desempleo-. Ningún sector demanda mano de obra. Todo lo contrario, prescinden de ella. El último ejemplo es Eldon, que este lunes presentó un Expediente de Regulación de Empleo para extinguir los 74 puestos de trabajo de su centro en Martos. Según los sindicatos, trasladan su producción a la factoría que tiene este grupo en Rumanía. La industria está muy tocada, al igual que los servicios y la construcción. Pero el “palo” más fuerte ha venido en esta ocasión de la agricultura, que tradicionalmente siempre ha sido un salvavidas para miles de familias en Jaén. El hecho de que el mes pasado la cola del SAE creciera en 5.612 personas -un 8,85 por ciento en términos relativos- se debe en gran medida a esto. El grueso de la aceituna estaba prácticamente recogido a finales de diciembre. No había más tela que cortar. Hay un dato enormemente esclarecedor de lo que ha sucedido. El pasado enero se firmaron un total de 42.163 contratos en Jaén. En el mismo periodo de 2012 se rubricaron 63.502. Estamos hablando de casi 21.400 menos, lo que supone una caída del 33,64 por ciento. ¿Por qué? Pues por lo que ya se ha apuntado anteriormente. Porque el campo no ha dado más de sí y, en menor medida, porque a diferencia de lo que siempre pasaba en estas fechas, los comercios y la hostelería de Jaén se han ventilado la campaña navideña sin reforzar sus planteles.

Más gasto en prestaciones Esta situación tiene muchos efectos negativos que “sobrecargan” aún más el colchón de la protección social. Por lo pronto, el gasto en prestaciones se ha elevado ya por encima de los 35 millones de euros. Suma y sigue. La otra lectura es que hay menos gente contribuyendo al mantenimiento del sistema en Jaén. Ahora mismo hay 221.090 afiliados a la Seguridad Social en el conjunto de los 97 municipios de Jaén. Doce meses atrás se contabilizaban 40.160 más. Estamos hablando de un importante retroceso del 15,37 por ciento. En el caso de Andalucía, la variación negativa se cifra en el 6,34 por ciento. Otra evidencia más de que el ritmo de destrucción de la ocupación es muy superior en Jaén que en el resto de la comunidad autónoma y que en el resto de España.

Las líneas rojas del olivar

Marquen una línea en rojo en el calendario. Antes del 22 de octubre y después del 22 de octubre. ¿Y qué ocurrió ese día? Pues que el consejero Luis Planas vino a Jaén y confirmó lo que hasta entonces era algo más que un secreto a voces. Que ahí afuera los olivos estaban exhaustos después de tres años récord y sedientos después de uno de los inviernos y primaveras más secas que se recuerdan. Y que la campaña de aceite de oliva en provincias como Jaén, que aportan en condiciones normales entre el 20 y el 25 por ciento de la cosecha mundial, se reduciría un 75 por ciento -una cifra que, al parecer, se ha quedado bastante corta-. Aquello que dijo el consejero marcó un punto de inflexión. Tres ejercicios atrás se había nadado en la abundancia y ahora se bucea en la escasez. Y las estadísticas que publicó este miércoles la Agencia para el Aceite de Oliva (AAO) nos sitúan ante un escenario complejísimo. El mercado interno y las exportaciones se desploman en la medida que los precios crecen. En las estanterías de los supermercados no falta el producto, pero con un PVP más caro desde finales de septiembre, que fue cuando los principales envasadores-distribuidores comenzaron a actualizar las tarifas de sus marcas blancas. En este negocio la subidas en origen tardan muy poco en trasladarse en destino.

Muy resumidamente. En los tres primeros meses de este curso, el consumo en España se sitúa en 110.500 toneladas, lo que supone una disminución interanual del 17,3 por ciento. También menguan de forma considerable las exportaciones. España ha enviado fuera de nuestras fronteras un total de 185.900 toneladas, lo que significa un 18,7 por ciento menos. Y detrás de todo ello, lo definitivo, una producción de tan sólo 383.000 toneladas, un 54,6 por ciento menos que en el mismo periodo de 2011. Éste es el quid de la cuestión. La oferta es completamente insuficiente, el “oro líquido” se encarece y la demanda retrocede. El sistema se autorregula -si no fuera así, faltarían entre 150.000 y 200.000 toneladas-. Ahora el siguiente paso es comprobar si los consumidores están “emigrando” ya hacia otras grasas vegetales más asequibles. Un estudio del Ministerio de Agricultura basado en 12.000 encuestas asegura que esto ya está sucediendo. Que los hogares están adquiriendo más semillas y menos oliva. Habrá que aguardar hasta el próximo informe de la patronal Anierac para comprobar la intensidad de este “trasvase”. En 2005, en unas circunstancias que se podrían asimilar bastante a las actuales, las ventas de girasol aumentaron un 6 por ciento.

Ahora la pregunta es ¿qué incidencia tiene esta coyuntura en la renta de las 110.000 familias olivareras de Jaén? Organizaciones agrarias estiman que se dejarán de ingresar en torno a los 600 millones de euros. El hecho de que el género se aprecie de forma apreciable, como está ocurriendo, no compensará el que haya mucho menos que “mercadear”. Respecto al dinero que están recibiendo los agricultores por su aceite, los importes no han parado de incrementarse desde abril, cuando los olivicultores ya advertían de que el desarrollo vegetativo del cultivo estaba siendo muy deficiente por falta de humedad en épocas clave. En mayo las cotizaciones medias se situaban en 1,68 euros por kilogramo -y veníamos de la activación del almacenamiento privado-. A partir de ahí la gráfica apunta claramente hacia arriba: los dos euros se superaron en agosto y ahora ya estamos a punto de brincar por encima de los tres euros.

La alargada sombra de los olivos marroquíes

En la sociedad de las prisas y la competitividad, ésa donde viven la mayoría de los mortales, ‘el que no corre vuela’. Siempre habrá alguien, a la derecha a la izquierda, con ganas de adelantar. También sucede en el mundo del olivar. Aunque en este caso el ‘peligro’ –aún en ciernes– viene de abajo. A pesar de la importantísima reducción de cosecha que se ha registrado –todo apunta a que el 75 por ciento estimado para Jaén se quedará corto–, España es y seguirá siendo líder mundial de producción. La pregunta es ¿cabe la posibilidad de que alguien le haga sombra más tarde que pronto? No miren a Grecia ni a Italia. Tampoco a Argentina, Chile o Uruguay, donde se halla la plantación oleícola más grande del mundo. Ni a Australia o China. Fíjense en Marruecos. Ya es la cuarta potencia y aspira a arrebatarle a Grecia la medalla de bronce. Un crecimiento exponencial gracias al apoyo, entre otros, del rey marroquí, Mohamed VI, propietario de grandísimas extensiones de tierra, fértil y con agua, que son cedidas para su explotación agrícola en régimen de concesión por unas cantidades bastante módicas. ¿El objetivo? Atraer inversores internacionales que pongan el dinero que Marruecos no tiene y, lo más importante, generar todo el empleo y la riqueza que se pueda.

Las proyecciones de expansión son espectaculares. A tenor de los datos que maneja el propio Consejo Oleícola Internacional (COI), Marruecos pasará de las 900.000 hectáreas que tiene actualmente a un millón en 2014. Realmente la gráfica apunta hacia arriba con ‘consistencia’ desde que se conocieron las primeras estadísticas, en 2003. Entonces había 590.000 hectáreas. En una década la extensión se habrá multiplicado por dos. Y además con plantaciones intensivas –no tanto superintensivas, como siempre se ha dicho– que permiten entre 200 y 300 olivos por hectárea, totalmente mecanizadas y con unos rendimientos superiores. Uno de los principales estímulos para este crecimiento –además de la decidida apuesta de su Gobierno y sus instituciones– es el tratado comercial Europa-Marruecos. Un pacto que lleva vigente unos meses y que contempla, por ejemplo, la eliminación de los aranceles de 1,25 que los exportadores de Marruecos debían de pagar por cada kilogramo de ‘oro líquido’ que mandaban a Europa.