La otra realidad

‘Arrestan a un hombre que asaltó un bar con un hacha en La Puerta de Segura’. ‘A la cárcel nueve años por abusar de su hija casi a diario desde que ella tenía nueve hasta los diecieséis’. ‘La mitad del dinero despilfarrado con las ‘black’ fue fuera del trabajo’. ‘Putin exhibe la amenaza nuclear’. Los que matan. Los que roban. Los que amagan con apretar el gatillo o darle al botón. Así es. Los medios, en general, nos muestran muchas veces la cara menos amable de la realidad. Los malos están ahí. Jodiendo al prójimo y generando desasosiego. Y los periódicos, las radios y la televisión recogen, con mayor o menor verosimilitud, esa panoplia de acontecimientos que no pocas veces sacuden las conciencias adormecidas y que nos sitúan ante la peligrosa cotidianeidad de interpretar lo anormal como normal. A este punto quería llegar. Ya adelanto que esta película no va hoy de fustigar sin conmiseración a los periodistas. No lo voy a hacer porque, sinceramente, no creo que ellos tengan la culpa de que haya cabroncetes por doquier.

¿Qué pasa? Pues que también muchas veces somos absolutamente incapaces de diferenciar entre esa realidad ingrata, de suyo fagocitante, y esa otra realidad mucho más benévola que nos concilia con los buenos sentimientos. Estamos instalados en una especie de sinécdoque vital que nos conduce a tomar sistemáticamente la parte por el todo. Y entonces salimos de casa con gesto mohíno, mirando de forma espasmódica hacia delante y hacia atrás, porque pensamos que cualquier desventurado nos birlará la cartera. O montamos en el auto ya encabronados, viendo venir la amenaza del imprudente que patrimonializa el asfalto. O evitamos el saludo, ‘que mejor andar solo que mal acompañado’. Justificaciones -o más bien autojustificaciones- que son la consecuencia directa e indeseada de esa visión sesgada de mundo donde, en efecto, no todo es de color de rosa, pero tampoco gris.

Creo, sinceramente, que somos víctimas de nuestros propios temores muchas veces infundados. Y también pienso que nos exculpamos de cualquier tipo de responsabilidad arguyendo la inconfesable ‘cobardía’ de que ahí fuera sólo hay seres malévolos y abyectos. Miren, que haya mamones que se gastaron, por ejemplo, cantidades ingentes de dinero en joyas y bragas finas mientras los abuelos se arruinaban vilmente engañados con las preferentes dice mucho de la mala condición de ‘esas personas’. Pero sólo de ‘esas personas’. Está bien que nos indignemos. Faltaría más. Pero de ahí a pensar que todos los que trabajan en un banco son pérfidos y quieren engañarnos media un abismo. Los miedos son libres. Nosotros también. Y en nuestra manos está controlarlos. ‘Sólo’ hace falta creérselo.

Me jode

Días atrás trascendieron las conclusiones de un estudio científico que analizaba que el móvil, ese apéndice de nuestra mano, estaba acomodando nuestras entendederas. Los investigadores advertían, por ejemplo, de que ya no hacíamos el esfuerzo de memorizar porque resultaba más cómodo apuntarlo todo en el bloc de notas. En efecto, somos pies, somos manos, somos ojos y también somos un puto teléfono que ordena nuestras existencias y nos mantiene permanentemente conectados. Nuestra vida transformada en códigos binarios. Unos y ceros que van y vienen, vienen y van. Una acotación antes de continuar. No soy ningún mecanoclasta. Todo lo contrario. Me gusta incorporar las nuevas tecnologías a mi trabajo. Me encantaría tener un Iphone 6 o 7 -no sé por qué número va-. Y disfruto compartiendo mis reflexiones a través de las redes sociales, donde he tenido la oportunidad de conocer a gente maravillosa. Pero como lo cortés no quita lo valiente, no negaré que la ‘cosa’ ésta de la tecla nos está embruteciendo a todos un poquito. Y me confieso pecador.

No, no vamos por el camino correcto. Me jode que hagan ‘like’ a mis artículos y después crucen la acera para no saludarme. Me joden los besos virtuales (los prefiero reales). Me jode que me inviten a eventos y no a gintonics. Me jode mucho el Candy Crush (pero mucho). Me jode que la gente no dé la cara cuando pone a parir al prójimo. Me jode que fusilen mis fotos y borren la firma. Me jode la falta de respeto a la propiedad intelectual. Me jode quien se viste de ‘progre’ para defender el todo vale en internet. Me jode que España tenga una de las tarifas planas más caras de toda la Unión Europea. Me jode que usen las redes con ánimo de meterme el dedo en la boca. Me joden los ladrones del wifi. Me jode que no me miren a los ojos. Me jode que no socialicemos en los bares. Me jode el lenguaje críptico del Whatsapp. Me jode que ‘olvidemos’ los signos de interrogación y exclamación al comienzo de la frase. Me joden los emoticones que reproducen mierdas con ojos.

Siendo chiquito, después de ayudar a una abuela a cruzar la calle y hacer la buena obra del mes, mi madre me dijo que tenía algo de filántropo. Primero me preocupé por aquel palabro pero, tras consultar el diccionario -inicialmente pensé que era una enfermedad de la vista-, me sentí orgulloso de que doña María viera en mí tan altas cualidades. Desde entonces me he tomado la filantropía al pie de la letra. Por eso, me siento emocionalmente autorizado para deciros que mandéis el móvil a tomar viento, aunque sea por un día. Pediros que levantéis la cabeza, que ya casi es primavera y las florecillas asoman sus pétalos, que os beséis y hagáis el amor y que cerréis los ojos para soñar que un mundo sin pantallas también es posible.

Los periodistas ‘tradicionales’

Ideal, donde curro desde hace casi quince años, ha cumplido setenta y cinco primaveras. Mucho ha llovido en los olivos desde aquel 23 de julio de 1939. De la linotipia, el fotograbado y los gacetilleros a la edición instantánea, retransmisiones en línea a golpe de tuit y comunicadores en constante proceso de adaptación. Revoluciones tecnológicas que no han cambiado la esencia de nuestro oficio y nuestra razón de ser: contar historias que nos interesan a todos con el máximo rigor. La prensa tiene pasado y tiene presente, pero sobre todo tiene futuro. Podría pensarse que mis argumentos son predecibles porque soy parte interesada. Pues que se piense. Que cada cual opine lo que le dé la real de la gana. Pero sí creo que nos hemos ganado el derecho a pensar que existe un mañana porque pocos sectores han mostrado tanta capacidad de aclimatarse al cambio como éste. Sí, y en este punto quiero romper una lanza en pro de la denominada ‘prensa tradicional’. Y lo haré desde una perspectiva autocrítica.

Vivimos una interesante etapa de ‘borrón y cuenta nueva’. La crisis ha tocado nuestros bolsillos y nuestras conciencias. ‘Lo de antes no vale’. Un discurso que, llevado la extremo, supone la asimilación simplista de ‘antes’ con ‘malo’. Y ahí es donde esa ‘prensa tradicional’ sale claramente trasquilada. Y entonces, cuando nos apuntan con el dedo acusador, me gusta mirar a mi alrededor. Y veo a Juan Esteban Poveda, enganchado al móvil y descubriendo casos de corrupción que luego se convierten en noticia nacional. O veo a José Liébana, estudiando pormenorizadamente el discurso de los políticos para que los lectores dispongan al día siguiente de toda las claves de la actualidad municipal. O veo a Lorena Cádiz, redactando con entusiasmo historias de enorme calado humano. O veo a Remedios Morente, valorando temas con los corresponsales Irene Téllez, Jessica Soto, José Carlos González, Alberto Román, Santiago Campos, Laura Fernández, Enrique Alonso y con los siempre intrépidos compañeros de deportes, Miguel Ángel Contreras, José Antonio Gutiérrez y Ángel Mendoza. O veo a José Luis Adán, dirigiendo una ‘orquesta’ donde ningún músico puede saltarse la partitura del rigor. Y entonces suena el teléfono. Es Mónica Lopera, informando de que ya tiene listos los perfiles de los candidatos a rector de la UJA. O también podría ser Carmen Cabrera, cerrando alguno de los curiosos reportajes que publicamos estos días sobre el movimiento cofrade. O el gran Antonio Ordóñez, siempre al tanto de todo lo que ocurre en la vida cultural de Jaén.

¿Estos tíos son los ‘malos’?, ¿estos tíos son los ‘tradicionales’?, ¿estos tíos son los que ‘manipulan’ y defienden los ‘intereses bastardos de los poderes establecidos’? Pues no. Estamos todos los días ahí. Dando la cara. En primera línea de fuego. El planteamiento de nuestros artículos puede ser discutible, podemos equivocarnos en algún dato y las críticas siempre estarán muy justificadas, pero estos ‘periodistas tradicionales’ son gente honesta, que aman este bendito oficio y que, sobre todo, se pueden acostar todas las noches con la conciencia muy tranquila.

Callejones con salida

Hagan la prueba. Esta mañana, cuando salgan de su domicilio, dediquen un par de minutos a reparar en el paisanaje. Fíjense hacia donde miran. Ya les anticipo que muchos errarán con los ojos clavados en el suelo. Otros muchos caminarán mientras pulsan de forma espasmódica las teclas del móvil. Y tan sólo unos cuantos -posiblemente ninguno- observarán lo que se cuece sobre sus testas. Los expertos en psicología comunicativa aseguran que los cabizbajos son aquéllos que no creen en lo que escuchan. Y yo les pregunto ¿ustedes creen en lo que escuchan? Me atrevería a adelantar que la ‘inmensa mayoría’, glosando al egregio Blas de Otero, respondería sin farfullar que sí. Rotundamente sí. La crisis, puñetera y aviesa, empobrece caudales y anhelos. Y miramos insistentemente hacia abajo. Abismados en reflexiones. Calculando geometrías. Pensando en rutinas. Mal vamos por ese camino, compañeros de viaje.

Hemos de darle la vuelta a la tortilla. Y hemos de hacerlo rapidito, que necesitamos brotes verdes aunque sean imaginarios. Y habló de alegorías y mucho más. Levantemos la vista porque suceden cosas espectaculares que nos estamos perdiendo y que alimentan el alma, enjuta por el tedio, de bellezas singulares y gratuitas. Porque la belleza es uno de los mejores antídotos contra la tribulación. Porque la belleza, como decía Alejandro Casona, “es otra forma de la verdad”. Busquémosla. Y busquémosla ahí arriba. En Jaén es fácil encontrarla de día y de noche. Fíjense, por ejemplo, en el discurrir de las nubes y el tiempo sobre las atalayas marmóreas de la Catedral. Fascinante. O en Atenea, la diosa pétrea de la plaza de las Batallas, con las alas desplegadas dispuesta a emprender el vuelo a ninguna parte. O el castillo de Santa Catalina. Admírenlo de día, pero háganlo sobre todo de noche. Abran las pupilas de par en par, como los búhos otean el horizonte, y gocen sin rubor de los claroscuros y la sutileza con que la luz de la Luna, devuelta al mundo tras destellar sobre los ribazos de ese cerro mítico para los jienenses, se cuela por todos los recodos, descubriéndonos una ciudad con un poder de seducción que abruma a propios y extraños.

Pues de esto va la película. De torres, mitologías y contrastes, pero sobre todo de andar con la cabeza bien alta. No por altivez; todo lo contrario. Amigos y amigas, aprehender lo bello no es ninguna metáfora y sí, por mucho que se afanen cenizos y malafollás, este callejón tiene salida. Que nadie nos engañe. La solución no pasa por confiar en que sus ilustrísimas se levanten un día, un puñetero día, con la habilidad de atinar y adoptar una medida, una puñetera medida, que cambie el sino de una provincia con una vergonzante tasa de desempleo, trenes que no llegan y jóvenes que se van. El mañana está en nuestras manos. Una frase manida, pero también una verdad como un templo. Como la Catedral, como el Alcázar Nuevo y como los nimbos avanzando sobre bóvedas celestes. Y como ese Jaén que se reinventa sacudiéndose los complejos y siempre mirando hacia el cielo.

Por los cerros de Úbeda

Bellísima panorámica del mundo desde La Loma. Foto de Jorge Pastor
Bellísima panorámica del mundo desde La Loma. Foto de Jorge Pastor

Hoy me he sentado delante del ordenador con el ánimo de escribir sobre la PAC. No es moco de pavo. Tampoco la onomatopeya de un disparo fallido o del sonido estruendoso de una puerta que se cierra en falso -aunque ambos calificativos, ‘fallido’ y ‘falso’, vengan al pelo en este pleito-. Son las siglas de la Política Agraria Común, una denominación florida para un documento, complejo en formulación y jerigonza, que establece, desde los insondables conventículos de Bruselas, algo tan relevante por estos lares como la cuantía de las ayudas que percibirán los aceituneros altivos en los próximos seis años. Pero no. Finalmente he optado por la elegía. Porque, contradiciendo al malogrado Coppini, siempre son buenos tiempos para la lírica. He optado por narrarles la intensa emoción que experimenté hace unos días tras resolver uno de esos enigmas que, con mayor o menor intensidad, todos nos hemos planteado en momentos de introspección. Decidí ‘irme por los cerros de Úbeda’. Sí, comprobar cómo se ve el mundo desde ese lugar mítico, tan cercano a Jaén, donde desembocan los pensamientos errantes.

Cuando era pequeño y alguien me reconvenía que me había ‘ido por los cerros de Úbeda’ siempre me venía a la mente la misma imagen, un lugar lúgubre, lleno de almas dispersas y meditabumdas que deambulaban perdidas entre olivos y penachos. Los miedos de la infancia. “Jorge, te has ido por los cerros de Úbeda”. Así que tomé carretera y manta. Me planté en los cerros. Y desafié a los arcanos. Escalé con apuros uno de esos altozanos legendarios. ¿ Y qué vi? Pues no, no vi fantasmas, ni seres atormentados, ni escuche ruido de cadenas. Vi, sencillamente, el cielo. Un cielo inmenso, inabarcable, formado por tres estratos. Una infinitud azul por lo alto. Un manto de nubles blancas por los medios. Y una extensisima alfombra de olivos por lo bajo.

Me alegré muchísimo de haberme ‘ido por los Cerros de Úbeda’. Necesitaba perderme y, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Me encontré. Me encontré a mí mismo y me encontré con el fastuoso espectáculo de la naturaleza, la mejor cura contra la enfermedad del yo. Contra la tentación de creerte algo en un mundo lleno de incrédulos. Los colores. Los contrastes. El aire puro. El olor a hierba humedecida por la escarcha. Por eso, amigos y amigas, os animo a que os vayáis por los cerros de Úbeda. Una y mil veces. En el sentido literal, como hice yo, y en el figurado. Cuando se os arrime un pesado. Cuando los problemas os acucien. Cuando no encontréis salida. Marchaos por los cerros de Úbeda. Sin móvil, sin brújula y si propósitos. Os garantizo que os alegraréis.

El mercado de las emociones

Hace unos días comentaba el maestro Vicente Oya que nos hemos convertido en vasallos del móvil, ese aparato infernal que gobierna nuestras vidas a ritmo de whatsapp y ‘privados’. Yo intento rebelarme contra tiranía de la tecla, pero les confieso que me resulta complicado. Les hablo como periodista. Mal que nos pese, las noticias suceden ahí fuera, pero quedan reflejadas ahí dentro. Y en esto que practicaba el sano ejercicio de leer la prensa mientras desayunaba, cuando el teléfono me apercibió. Aparqué eventualmente las cuitas de Bárcenas y las ‘cositas’ de Andalucía y abrí el mensaje. Mi amiga Carmen me mandaba un corte memorable de la intervención de su hermana, Adoración, en un programa televisivo. Sería allá por los noventa.

Adoración es poetisa de raza. Con el patrón de aquellos rapsodas dotados con la misteriosa habilidad de conmover cada vez que declaman. Desde ‘En aquel amor intenso’, del ínclito San Juan de la Cruz, hasta la receta de la tortilla de patatas, que también puede componer, por qué no, gloriosos cuartetos. La vida en verso, la vida sentida. Raro es no estremecerse con sus palabras. Pues eso, que en el vídeo Adoración era entrevistada sobre su condición literaria y sobre la impronta de un poeta sufí, Al Shushtari, y sus moaxajas cargadas de simbología amorosa. Obviamente, aparqué a Bárcenas y me quedé con Adoración, con Al Shushtari y con las emociones.

Aquella catarsis matutina, tan inesperada como gratificante, me dejó cavilando sobre el ‘auténtico’ significado de lo ‘auténtico’. Y sobre la turbadora mercantilización de los sentimientos. Por muy dañina y aviesa que sea esta crisis, me niego a pensar que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Pero sí es cierto que en este viaje perpetuo hacia la modernidad, hemos permitido que nos metan impunemente la mano en la cartera de los afectos hasta despojarnos de lo más íntimo, nuestra soberana capacidad de llorar, reír e incluso soñar. Ahora nos dictan dónde, cuándo y cómo debemos hacerlo. O al menos lo intentan. Porque esto es un negocio. Un mercado, el de las pasiones, que siempre cotiza al alza. Pongan la tele a las diez de la noche y compruébenlo. Harenes de chicas ahuecadas por el vótox y compitiendo por cautivarlos -a ellos, siempre a ellos-, cenutrios esculpidos a base de gimnasio y hormonas que alardean de una aforística y alarmante incultura… carnaza a precio de coste para consumo masivo. Sé, porque me consta, que muchos de ustedes no compran esa mercancía. Pero también sé que se registran audiencias millonarias. Respeto la libertad de cada cual para decidir qué quiere ver cuando se tumba en el sofá -faltaría más-, pero solo advierto de que existen otros caminos. Caminos que llevan a alguna parte. A nuestro yo. A nuestra intimidad. A nuestras emociones.

No caeré en la tentación de achacar todos los males del alma a un invento pensado, básicamente, para entretener. Ahora bien ¿hasta qué punto la pantalla refleja el devenir de esta sociedad? Yo creo que sí. Que son universos convergentes. Y también pienso que hubo un tiempo, no tan lejano, en que algún canal dedicaba su ‘prime time’ a hablar de San Juan de la Cruz y el misticismo. Y donde salía una señorita, llamada Adoración, que recitaba con vehemencia a Al-Shushtari, asombrando a la televidencia. Y la gente se distraía, pero también se emocionaba, reía, lloraba y sobre todo soñaba.

Las banderas no dan de comer

El ser un desarraigado tiene ventajas e inconvenientes. En mi caso, que lo soy por convicción, supone un plus muy importante para mi condición de periodista. Puedo escribir sin el costoso peaje que implica el apego al terruño. Este distanciamiento me permite afirmar que “los datos del desempleo de Jaén son una puñetera vergüenza” sin que nadie me reproche “claro, amigo, lo dices porque te duele tu tierra”. Y es que más allá de asertos subjetivables, ahí están el paro registrado o la Encuesta de Población Activa, indicadores que objetivan esa cosa diabólica llamada ‘coyuntura’. La de Jaén, la de Sevilla, la de Madrid o la de Bilbao. Y como estoy libre de estas ataduras, pues me permito la licencia de asegurar sin ambages que los gobiernos de Andalucía y España, que son construcciones políticas muy complejas, pasan tres pueblos y medio de Jaén so pretexto, con raíces históricas, de que todas las realidades son asimilables. Vale, ya sé que la Constitución y el Estatuto de Autonomía fundamentan la corrección de los desequilibrios. Pero vamos, que la Constitución también dice que todos los españoles tienen el derecho a una vivienda digna o un trabajo y ya ven cómo están las cosas.

Respeto profundamente espíritus identitarios, himnos y banderas, pero también me genera un profundo respeto el señor o la señora que todos los días sale de casa bien temprano, mira al cielo, inspira varias veces y se lanza a la procelosa aventura de tocar puertas con el noble empeño de encontrar un puto empleo. Señor que, por otra parte, vive en España, en Andalucía, pero al que le toca patearse una provincia que se aproxima ya a una tasa de desempleo del 45 por ciento. Sí, oigan bien, del 45 por ciento. Y como el hambre no entiende de barcos ni de nacionalidades, mucho me temo que al final este señor tendrá que coger las maletas y poner rumbo a ninguna parte. Una durísima decisión que muy probablemente no tendrán que adoptar en otros puntos de España -aquí no digo de Andalucía- donde sí puede haber alguna oportunidad laboral. De acuerdo, todo está jodidísimo ahí fuera, pero frente a ese ignominioso e indecente 45 por ciento de Jaén, en Guipuzcoa, por ejemplo, están en el 13 por ciento; en Huesca, en el 14 por ciento; o en Teruel, que vaya si existe, en el 16 por ciento. Y todo eso es la misma España.

En Jaén llevamos décadas viviendo en la falacia del ‘todos por igual’. Estas últimas semanas he preguntado a políticos de uno u otro sesgo, todos con mando en plaza, si consideran que las ‘soluciones’ que se plantean para España y Andalucía sirven también para Jaén. Pues salvo alguno que despejó con habilidad a córner -a ver si se enteran de una puñetera vez que les pagamos para gobernar, no para ser Sergio Ramos-, aquí todo quisque insiste en el cuento chino de las salidas compartidas. Con la deprimente apostilla, eso sí, “de que poco podemos hacer porque no hay un euro”. ¿Cuál es el problema? Que cuando sí los había, hicieron poco, nada o se equivocaron -véase el auténtico fracaso de las políticas de subsidios y ayudas-. Decía Balzac que ‘la resignación es el suicidio cotidiano’. Pues eso.

 

 

Vicente Oya, 24 años opinando en Ideal

Que no se olvide nadie hoy, 9 de noviembre, de felicitar a nuestro amigo Vicente Oya. ¿Por qué? Su columna de opinión Jaencianas en IDEAL cumple 24 años ininterrumpidos. Casi 8.000 artículos contando lo que pasa en Jaén, describiendo lo que piensan, sienten y hasta padecen los jienenses. Los que escribimos sabemos que no es fácil enfrentarse cada día al papel en blanco y en su caso, desde hace tiempo, a la pantalla del ordenador. Él lo hace de forma magistral, «con permiso del Deán», frase con la que iniciaba su primer artículo en IDEAL.

Su columna comenzó llamándose Retratos al Natural, después sólo Retratos y ahora Jaencianas (en referencia a todo lo que se hace en Jaén, término acuñado en tiempos del Condestable y Enrique IV). Al amparo de sus artículos ha nacido Gacelo, un personaje que, con permiso de Vicente, siempre he creído que encarna su espíritu. Gracias amigo.

By María Capilla de la Calle.

Cuando yo dejé de ser yo

Desde que uno sale por el agujero de la vida hasta que entra en el agujero de la muerte, unos 80 años según el INE, suceden varios acontecimientos que cambian tu biografía. Ahora que me encuentro a mitad de trayecto podría contar al menos tres. La primera vez que leí a Neruda. El primer beso enamorado. Y cuando me convertí en padre. Tres hitos que multiplicaron por tres mi capacidad de amar y también de sufrir. La primera vez que cogí a mi hija, a los pocos segundos de nacer, entendí que yo había dejado de ser yo. Tampoco teorizaré al respecto, pero ese cataclismo turbador engendra un instinto de protección hacia ella y también hacia ti. El mecanismo es sencillo a la par que complejo: no puede pasarte nada a ti para que no le pase nada a ella. Nunca permitirás que nadie le haga mal, un axioma que implica, obviamente, que tú serás el primero que nunca le harás mal. El problema es que un mundo repleto de tontos del haba obcecados por reglamentarlo todo hay quien se empeña en anular los postulados de la naturaleza presuponiendo que yo, padre, soy un ser abyecto. Acotación. Como aún no  me considero un ser abyecto y lucho todos los días por no caer en la estulticia –todo se andará- tampoco negaré que sí hay grandísimos hijos de puta que hacen cosas terribles a sus hijos. Lo veo en las noticias que algunas veces escribo yo mismo. También creo que la legislación debe recoger excepciones y contemplar castigos modélicos para estos canallas.

Al grano. La chiquilla se hace mayor. Me ruega encarecidamente ir a un concierto de uno de sus grupos favoritos. Su primer concierto. Me hizo una ilusión enorme. Hora razonable, espacio abierto… perfecto. Y allá que nos fuimos. Cogidos de la mano. Emocionados. Pero siempre consciente de que los ocho años de mi acompañante podrían ser impedimento, solicité la venia de un señor de la organización ‘no fuera qué’. Su gesto de ‘pero qué película me cuentas a estas horas’ ya me anticipó que el pleito no terminaría bien. “Espera, que se lo pregunto al jefe”. Calma tensa, que dirían los chicos de la prensa. Veredicto: “Lo sentimos, no es posible”. ¿Por qué? “Porque hay una ordenanza que prohíbe el acceso de menores a lugares donde se venda alcohol”. “Y no queremos líos con las autoridades”, apostilló.

Nuestro proyecto chocó de bruces contra la convicción de alguien ‘listísimo’ que un día pensó que yo, padre insensato, no tendría la responsabilidad suficiente para acudir con mi hija a un sitio donde la gente bebe cervezas y cubalibres. Exactamente igual que en cualquier bar. Él o ella, ese prohombre severo e incorruptible que vela por la rectitud y la infancia, decidió otra vez por mí. “¡Infantes, bloqueen la puerta, padre peligroso merodeando!”. Derrotados y cabizbajos, emprendimos camino de vuelta. Silenciosos. Unidos. Ella pensativa. Y yo recordando aquellos segundos mágicos en que la matrona la puso en mis brazos. “Detente un momento, por favor”, espeté. La miré. Me miró. Entonces sentí un deseo irrefrenable de abrazarla, besarla y llorar. Exactamente igual que el día que yo dejé de ser yo.

La nueva Inquisición

A determinadas edades, a los treinta y tantos por ejemplo, resulta cade vez más complicado arrepentirte de lo que hiciste el día anterior. Se supone que ya tienes plenamente desarrollado el séptimo sentido, el de prevenir las consecuencias. Pero no es fácil. La tecnología se ha convertido en el principal enemigo de la vergüenza propia, ésa que te hace consciente de tus fortalezas y debilidades y te permite, por tanto, aquilatar tus acciones para no quedar en evidencia. Cualquier renuncio, por poco indecoroso que sea, queda ‘gloriosamente’ inmortalizado por la cámara traicionera de un móvil. Te marcas un bailecito, te contoneas cual John Travolta, graciosillo, ufano, haces un ‘mal’ gesto… y zaaaas. Siempre habrá un amigo cabroncete -o no amigo pero cabroncete- que inmortalizará el momento, lo colgará ‘ipso facto’ en Facebook, Twitter e Instagram, en los tres a la vez no vaya a ser que alguien no se entere, y quedarás expuesto al mundo para que el mundo se mofe de ti. La Santa Inquisición del siglo XXI. De los reos con capirote y sambenito a la pública humillación de la fotico en internet.

Yo he sido víctima en alguna ocasión de esta pulsión irrefrenable que tienen algunos por subirlo todo. Absolutamente todo. Desde el bucólico amanecer, con la Luna y Venus alineados, hasta las cagaditas del perro, cuyas curiosas formas, sólo vistas por su dueño, revelan la vis artística del tuso. Una vis artística que, obviamente, todos deseamos conocer, comentarla y obserquiarla con el ya aforístico ‘me gusta’. Ya las digo que a mí me tocó la china en alguna ocasión. Es más. Hubo quien rescató incluso un pasaje de mi adolescencia, con la virtud de la prudencia todavía adormecida, y la publicó porque sí. Salía yo embutido en camiseta negra, con el emblema ‘Insumisión total’ en la pechera, cabello maradoniano, gafas de sol choriceras, patalón de pijama azulete y pantuflas. Una instantánea tomada hace más de veinte años, en el furor de la fiesta, recuperada y desconextualizada implacablemente a modo de gracieta. Todavía no me he recuperado del ‘choc’. Recién levantado, relajado, café humeante, disperso. Y de repente, ese cruel encuentro con un pasado que fue maravilloso, pero que es pasado y, lo más importante, me pertenece. Nadie está autorizado para recuperarlo sin mi beneplácito. No es una broma. Es una putada. Y el susodicho un cabrón. Sin paliativos.

Creo que hemos llegado a un peligroso punto de no retorno. No hay límites para la intromisión sin recato en las vidas ajenas. Se ha perdido esa maravillosa costumbre de ‘pedir permiso’. De valorar si tocar los huevecillos es oportuno o inoportuno. De ponderar, en definitiva, hasta dónde se puede llegar. Soy periodista y creo firmemente en la libertad de expresión, pero también en el derecho de cada cual a ‘vender’ la imagen -su imagen- que le interese y que más se asimile con su forma de pensar y sentir. Un anhelo incompatible con la imprudencia de los que piensan que en las redes sociales todo vale. Decía Cocteau que “los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver su imagen”. Y yo añadiría: “Los capullos también”.