José Luis y Nadia (cuento navideño)

Por fin José Luis y Nadia se habían quedado solos. No dejaron de intercambiar miradas y risas desde que Pedro los presentó antes del almuerzo. Dos besos en la mejilla que fueron algo más que un simple saludo. Fue el principio de una historia sin final. En aquella comida había mucha gente sentada a la mesa. Más que de costumbre. Eugenia y Matías, la pareja más dicharachera; Pedro y Ángel, el Dúo Sacapuntas; Daniela, siempre atractiva; Nachito, el terror de las nenas; Enrique, meditabundo; Manuela, Estrella, Magda… Los de siempre y esta vez alguien más, Nadia. La cerveza y el vino empezaron a correr.

Doce horas después.

“¿Tomamos la última?”, le preguntó Nadia a José Luis cuando el reloj ya marcaba las tres de la madrugada. “Por supuesto”, le respondió sin vacilaciones. Ella le agarró por la cintura. Él la prendió por el hombro. Hacía frío y tardaron poco en llegar a Roxis, el pub de moda. Tomaron dos gintonics al trago. Sin mediar palabra. Y un cuarto de hora después yacían desnudos sobre la cama. Haciendo el amor.

Cuatro horas más tarde.

Dos minúsculos haces de luz penetraban por la ventana, con la persiana entreabierta. Silencio donde unas horas antes sólo se escuchaban jadeos. José Luis abrió los ojos. Nadia se había marchado. Encima de la mesita una nota con un sucinto mensaje: “No temas a la ilusión, sino al despertar. Feliz navidad”.

 

Nota. La foto es de mi amiga Yolanda Ogáyar. La modelo se llama Virginia Gómez-Pastrana

Mamá ¿por qué lloras?

“¿Qué te pasa?, ¿por qué lloras?”, preguntaba insistentemente la pequeña Marina a su mamá, Isabel, que se afanaba en enjugarse las lágrimas con el puño de la camisa. “Nada, hija, no pasa nada, acábate el desayuno que llegas tarde al cole”, le respondía con aparente serenidad. Marina, con apenas ocho años recién cumplidos, no lo entendía. No comprendía que, de dos semanas a esta parte, su madre, de normal alegre, gimoteara con tanta frecuencia. Unas veces lo hacía en el cuarto de baño, con el pestillo echado. Otras delante de la televisión. En ocasiones en plena calle. “¿Por qué estás tan triste?, le inquiría una y otra vez buscando explicación a tanta melancolía. La contestación siempre era la misma: “No te preocupes, pichona, cosas de mayores”. Marina, que había heredado de Isabel el talante jovial, fue perdiendo poco a poco la sonrisa. Dejó de jugar en el patio. Se despistaba con facilidad. Su rictus complaciente se tornó adusto. Y, al igual que Isabel, también sollozaba a escondidas. También sufría.

Hasta aquella noche de viernes. Marina, harta de tanta mentira, se ocultó con sigilo debajo del lecho de sus padres. Y aguardó a que se acostaran. Por si acaso. Para que nadie la echara en falta, acomodó la almohada cuidadosamente debajo del edredón, emulando su cuerpo. Lo había visto en aquella película de princesas que tanto le fascinaba. Pocos minutos después de que el reloj de péndulo marcara las once, Isabel y Alberto ya estaban el en cuarto. Se acabaron los pretextos, las excusas. Ahora tendría la oportunidad de enterarse de todo.

“Nada de nada, imposible convencerlo”, narraba Alberto malhumorado mientras se desanudaba la corbata. “He utilizado todos los argumentos, que si estoy a punto de encontrar trabajo, que si tú estabas fregando escaleras, que cómo podían echarnos de nuestra casa con una cría de ocho años y sin un puto techo en el que cobijarnos”, relataba Alberto mientras Isabel, manojo de nervios, no paraba de darle vueltas a una carta que había llegado aquella misma mañana. “Pues mira este certificado, es del juzgado; no he podido ni tocarlo”, espetó Isabel. Alberto se aproximó con templaza hasta su esposa. Abrió el sobre. Y comenzó a leer la misiva. “Hasta el martes, nos dan hasta el martes”. Isabel comenzó nuevamente a llorar. Alberto también. Un cuarto de hora después se hizo el silencio. Media hora después, la oscuridad. Mientras tanto Marina, agazapada, contenía la respiración para seguir pasando inadvertida. Esperó pacientemente a que sus progenitores durmieran. Reptando como una lagartija, ganó la puerta y volvió a la cama. Ya lo sabía todo. “Nos echan de nuestra casa”.

A la mañana siguiente la actividad en el hogar de Marina, Isabel y Alberto era frenética. Nada que ver con aquellas tranquilas caminatas sabatinas por el parque, ella, Marina, deslizándose graciosamente con los patines y ellos, los papás, observándola en la lejanía mientras paseaban con los brazos entrelazados. “Mami, por qué metes toda la ropa en cajas de cartón ¿es que nos vamos de viaje?”, interpeló Marina, consecuente con lo que estaba sucediendo. “No, Marina, es que vamos a hacer reformas y tenemos que irnos durante un tiempo”, replicó. “Ya verás qué bonito se va a quedar todo cuando regresemos”. Marina calló durante unos segundos, dudando entre terminar con aquella farsa o continuar fingiendo. Fue en ese momento, justo en ese momento, cuando Isabel se dio cuenta de que Marina era perfectamente consciente de la patraña. Jamás volvieron a hablar del asunto. No hizo falta.

Nota. Esta historia es fruto de mi imaginación. No lo es, sin embargo, la cruda y dolorosa realidad. Cada día tres familias de Jaén pierden su vivienda por la imposibilidad de hacer frente al pago de la hipoteca.

Un manojo de flores blancas

Amigo Carlos. Sé que no tienes ninguna referencia de mí y que te extrañarás mucho de recibir esta carta de un tal Jorge Pastor. Soy consciente de que la correspondencia remitida por un desconocido siempre genera inquietud. Y más en momentos de tanta desconfianza como éstos. No creas que no he tenido mis reparos antes de sentarme delante del ordenador. Lo he valorado con sosiego. De hecho, y pensándolo bien, es que ni tan siquiera tengo la certidumbre de que te llames Carlos. Igual eres Pedro, David o Miguel Ángel. Tampoco importa mucho. En alguna ocasión te asocié a ese nombre y con él te has quedado, amigo. Espero que me disculpes.

Vamos al lío. Estoy preocupado. Sí, preocupado porque por primera vez en diez años he pasado por delante de esa curva a derecha en la que siempre estabas y no te he encontrado. Fue el sábado pasado, a eso de la una de la tarde. Iba de regreso a Jaén. Estaba lloviendo, hacía mucho frío y el viento soplaba con furia. Entiendo que no son las mejores condiciones para andar dando vueltas, pero como nunca habías faltado… Ahí mi sorpresa. Aunque tú no lo creas, aunque no hayamos hablado jamás, para mí eres alguien bastante familiar. No me preguntes por qué, pero ese intercambio de miradas fugaces, inesperadas, yo en el coche y tú en la cuneta, eran suficientes para que me sintiera seguro. Para que agarrara con fuerza el volante y para que prestara máxima atención a la carretera. Sí, la misma carretera, cruel y traicionera, que se lleva por delante miles y miles de existencias como la tuya.

Supongo que no te hará ninguna gracia rememorar ese fatídico día. Te imagino joven, guapo, eufórico después de haber besado por primera vez a esa chica del pueblo de al lado que tan loquito te traía. Te imagino también feliz y despreocupado. Quién te iba a decir que aquella mala tarde de verano -o de primavera, o de otono, da igual- el destino iba a ser tan cruel e hijo de puta contigo. Allí, en ese punto exacto de la A-308, escribiste el último renglón de tu intensa biografía. Te mataste. Un, dos, tres. Un chispazo. Un santiamén. Todo se acabó. Pero que sepas que no, que nunca caíste en el olvido. Jamás, hasta ahora, había faltado un manojo de flores blancas, siempre frescas, que te evocara tal y como eras y tal y como te intuyo. Todo prudente, todo preocupado, adviertiendo de que cualquier despiste, por leve que sea, puede tener consecuencias terribles.

Espero volver a verte. Y si no tampoco pasará nada. Tu recuerdo ya es indeleble. Al menos para mí.

Cuando Marta encontró a Elena

Marta se afanaba en darse los últimos retoques delante del espejo cuando el móvil le avisó de que tenía un mensaje. “Querida amiga, siempre te había dicho que Ricardo era un hijo de puta, aquí tienes la prueba. Firmado, Elena”. Y adjuntaba foto de Riqui, su Riqui, comiéndole los morros a una rubia de bote mientras le palpaba las nalgas a dos manos. “Menudo cabronazo”, profirió Marta mientras rompía a llorar con la amargura del vituperio. Mientras tanto, Elena, consciente de que aquel ‘sms’ le había hecho un roto a su amiga, se zafó del acompañante adosado aquella noche de feria y enfiló apresuradamente la avenida de Granada para llegar cuanto antes a casa de Marta. Tenía que consolarla, mostrarle su solidaridad, animarla… Pero también albergaba la esperanza de, aprovechando la debilidad, devolverle aquel beso en los morros que Marta le endiñó espontáneamente en la nochevieja de 2007. Marta no lo sabía, ni tan siquiera lo intuía, pero aquellos segundos mágicos marcaron a Elena, que quedó profundamente enamorada.

Cuatro timbrazos contundentes. Ring, ring, ring, ring. Marta, puro llanto, abrió la puerta del apartamento para abrazarse a Elena. “Nena, sé que no estás para sermones, pero te advertí muchas veces de que Ricardo era un picha brava, uno de esos machotes que alardea de tener novia oficial y después se cepilla a todo lo que se pone por delante“, comentó Elena al oído de Marta mientras la apretaba fuertemente contra sus senos.. “Ya, pero es que esta tarde, después de tomar un café en el Outside, el muy sinvergüenza me juró, rodilla en tierra, fidelidad y amor eterno”, terció Marta mirando fijamente a los ojos de Elena. “Pero esto no quedará así. Éste me la paga, vaya que si me la paga”, porfió Marta mientras Elena le animaba a que hiciera borrón y cuenta nueva. “Ha llegado la hora de que abras la mente y experimentes cosas nuevas”, espetó con la esperanza de que su colega adivinara sus verdaderas intenciones.

El día siguiente, cuando Marta calculó que Ricardo ya había dormido la mona, le mandó un correo electrónico. “Cariño, estoy un poco acatarrada. Prefiero quedarme en el sofá y mañana te juro que lo doy todo. Como supongo que tú sí bajarás a La Vestida, hablamos por el Messenger a las nueve. Te prometo una sorpresita para que te vayas calentito y no te olvides de mí. Enchufa la ‘cam’ y ponte cómodo”. A lo que respondió Ricardo: “Desde luego es que te tengo que querer. No te preocupes. No fallo seguro”.

Llegó la hora del encuentro. Ella, vestida de faralaes y tocada con peineta, se conectó minutos antes de las nueve. Él, repeinado y con la camisa de cuadros azules que le regaló Marta para celebrar su segundo aniversario como pareja formal, entró un poco después. “¡Uf, nene, ya estaba preocupada”. “Que no mujer, como se me iba a olvidar”. Se dijeron uno al otro. “¿Cuál es ese regalito que me tenías reservado?”, preguntó sin preámbulos Ricardo. “Veo que tienes pocas ganas de hablar; iré al grano. Limítate a ver y callar”, le contestó. Entonces Marta se levantó y poco a poco empezó a desembutirse el ceñido traje que estilizaba su figura. “Ya te comenté que iba a ser especial, Richi”, interrumpió Marta. Ricardo, hipnotizado, no tenía palabras. Marta siguió desnudándose. Primero un hombro. Después el otro. Por último la cremallera.

Marta enseñaba ya el sujetador negro de encaje cuando, de repente, un tercer invitado irrumpió en la escena. “¡Marta, que detrás de ti hay un tío con un pasamontañas!”, exclamó Ricardo estupefacto a través de los auriculares del Messenger. Ella ni se inmutó. Tampoco le dio ninguna explicación. El fulano se aproximó a Marta por la retaguardia mientras ésta, ajena a lo que sucedía a sus espaldas, seguía centrada en lo suyo. “¡Cuidado, cuidado, que va a por ti”, gritó Ricardo completamente fuera de sí. En ese instante el sujeto misterioso cogió a Marta por la cintura con mucha sutileza y ésta, sin mostrar ningún tipo de oposición, se volvió sensualmente hacia él, lo agarró del cuello y e soltó un morreo con alardes de lengua. “¡Pero qué estás haciendo!”, bramó Ricardo. “¡Qué coño estás haciendo!”, insistió histérico ante el absoluto mutismo de Marta, que continuó la faena desabrochando los pantalones del ‘atacante’. Ricardo, perplejo, descargó toda la tensión sacudiendo con rabia el monitor y sollozando como un chiquillo. Sabedora de que el golpe había sido devuelto, Marta suspendió el trabajito durante unos segundos. Se colocó delante de la ‘webcam’, en pelotas y perfectamente encuadrada para resaltar sus voluptuosos atributos. Y se dirigió a Ricardo: “Hijo de puta, donde las dan las toman”. Tras dedicarle un corte de mangas, apagó el ordenador.

Vendetta consumada. El encapuchado era Elena. Pero lo que jamás supo Marta era que la rubia de bote que abrió la caja de los truenos aquella amarga noche de San Lucas también fue Elena.