Doce mil artículos después

Distanciarme emocionalmente de la realidad siempre fue, es y será una de mis grandes obsesiones como periodista. Pero hoy, sin que sirva de precedente, sí voy a escribir dando rienda suelta a los latidos de mi corazón. Creo que está justificado. Ha llegado el momento de cerrar una etapa profesional y personal en Jaén para abrir otra con ilusiones renovadas en la redacción de Ideal en Granada. Cien kilómetros de distancia, un suspiro, dos emociones. La emoción de quien esta vez dice adiós sabiendo que sí hay alguien despidiéndote en el andén y la emoción de saber que en esta ocasión también hay alguien esperándote con los brazos abiertos y la calidez de una bienvenida sincera. Porque al final, qué queréis que os diga, siempre se agradecen los abrazos. Incluso las lágrimas. Dejo atrás catorce años que han marcado mi vida con vivencias indelebles. Como aquella madrugada en que nació mi hija Lucía en el Hospital Materno Infantil de la capital. Ella, su mirada, su sonrisa, siempre me recordará a Jaén. El Jaén que huele a vainilla. El Jaén de las verdades verdaderas. El Jaén que lucha por sacudirse la pelusa de la resignación.

Llegué en marzo de 2002 y me marcho en marzo de 2016. Catorce años y doce mil artículos después. Necesitaría un serial para agradecer (y reconocer) tantos apoyos y amistades. No os quiero tan mal –yo estos pleitos prefiero ventilarlos tomando un flamenquín-. Pero sí deseo dedicarle unas líneas a mis compañeros de curro, a los que están y a los que se fueron. A vosotros os debo mucho. Os debo el inmenso honor del periodismo honesto. El periodismo que me llevó a la facultad y el periodismo que, como decía Kapuscinski, contribuye al progreso y no a la arrogancia. Y también mi inmensa gratitud a todos vosotros, los lectores. Le tomo prestada al maestro Vicente Oya esta cita oída en su discurso de nombramiento como Cronista Oficial de la Provincia. “Mientras dios me dé fuerzas –dijo en alusión a Vicente Aleixandre- seguiré escribiendo cada día para los que quieran leerme o los que no quieran, para los que estén despiertos o dormidos, para los que van despacio o deprisa por la vida, pero sobre todo para los que, perdidos en la masa humana, parece que no tienen nombre ni apellidos”.

Cuando era niño e inocente cerraba con fuerza los ojos cuando me sucedía algo muy bonito y quería que ese episodio quedara guardado para siempre en el anaquel de los recuerdos importantes. Y esto que me está pasando ahora es muy bonito. Lo es porque más allá del desconsuelo del adiós –de vez en cuando enseñaré la patita en las páginas de la edición jienense de Ideal-, Jaén ya será para siempre ‘mi Jaén’. Un precioso tesoro de gentes sencillas y nobles, de risas y también sollozos, de cariño y amor. Por eso, amigos, ahora mismo voy a cerrar con fuerza los ojos. Con mucha fuerza. Un abrazo.

“Nuestros cojones”

En la historia del pensamiento político, económico y social hay frases célebres que resumen momentos históricos. “No sé quién fue mi abuelo, pero me importa mucho saber qué será mi nieto”, espetó el decimosexto presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln. “Vivir no consiste en respirar, sino en obrar”, afirmó el lider chino Mao Tse Tung. “Una injusticia hecha al individuo es una amenaza a toda la sociedad”, aseguró el ilustrado Charles Louis Secondat, barón de Montesquieu. “¿Cuántos funcionarios hay metidos por nuestros cojones? Muchos”, se preguntó y se respondió este mismo martes el concejal del Ayuntamiento de Jaén, Miguel Ángel García Anguita. Porque sí, salvando las distancias entre los primeros y el último, este adagio también define, de alguna manera, una filosofía de gobierno basada en la más repugnante partitocracia y en intereses que, desgraciadamente para los que pagan impuestos y anhelan un Jaén mucho mejor, están muy alejados de lo general. “Nuestros cojones”, sí señor, con un par -nunca mejor dicho-. García Anguita, con el que, por otra parte, yo he mantenido conversaciones cargadas de sentido común, habló ayer y también se expresó de forma ‘gloriosa’ cuando, exultante por la victoria arrolladora del PP en las pasadas municipales, soltó aquello de “les hemos dado una japuana”. “Nuestros cojones” y la “japuana”. Principio y desenlace de un mandato cuyo nudo será valorado este domingo por los jienenses.

Ha habido quien, tras escuchar esto de los “cojones” de García Anguita y el reconocimiento del descarado enchufismo en la ‘casa de todos’ -cuántos motivos para el enojo tienen, por cierto, los que accedieron al consistorio en buena lid-, hizo una interesante asimilación en redes sociales entre este episodio testicular y la filmografía de Berlanga, director de ‘El verdugo’ o ‘Bienvenido, Mister Marshall’. Obras maestras del cine y fieles ejemplos de una España que no, tristemente, no está olvidada. Ahí están las “japuanas” y los “cojones” de García Anguita o todos los casos de amiguismo o de pestilente corrupción que mantienen instalados en la perplejidad a millones y millones de españoles que exigen, por lo pronto, transparencia en las instituciones y una administración leal de los doblones públicos, esos con los que se construyó el tranvía o el parque acuático, por citar tan sólo un par de ejemplos de esta antología del disparate en que se ha convertido Jaén.

Los “cojones” y la “japuana” son, en efecto, mucho más que dos perlas literarias soltadas a destiempo por un munícipe. Reflejan la inadmisible patrimonialización de las administraciones. No, el Ayuntamiento no es del PP ni la Junta de Andalucía del PSOE. Estos señores están ahí de prestado. Que no se les olvide. Las llaves son nuestras. Y cada cuatro años se las entregamos para que paguen las nóminas a los funcionarios, que bien ganadas se las tienen, pero sobre todo para que Jaén sea una ciudad mucho mejor, con servicios de primera calidad, con igualdad de oportunidades y con un futuro en que la palabra prosperidad no suene a coña marinera.

Marcha atrás

Las señales de prohibido aparcar han durado erguidas menos de una semana.
Las señales de prohibido aparcar han durado erguidas menos de una semana.

Basta un somero repaso por los hechos más relevantes de los últimos cien años para encontrar una explicación a muchas de las cosas que nos suceden hoy día. La Historia la escriben las personas y las personas nos equivocamos. Todos. Nadie es infalible. Unas veces esta capacidad de corrección es consecuencia de un ejercicio de reflexión personal y en otras ocasiones la ‘marcha atrás’ viene de forma inferida. En la apasionante Historia de esta bendita tierra llamada Jaén tenemos algún ejemplo reciente de ello. Tanto que el lunes mismo fue portada de periódicos y titulares de apertura en radios y televisiones. La decisión del Ayuntamiento, noble y excelentísimo, de poner unas señales -algunas ya derribadas, por cierto- para que nadie aparque en el tranvía, el de los 120 millones de euros de dinero público varado sine die en una cochera de Vaciacostales. El consistorio no actuaba de ‘motu proprio’, sino apercibido por una denuncia ante la fiscalía por parte de la Unión de Consumidores de Jaén.

Pocos asuntos han generado tanta polémica en esta ciudad como el puñetero trenecico, ejemplo de despilfarro para algunos y una forma de modernizar la ciudad (y el transporte público) para otros. Posiciones encontradas, en ocasiones tamizadas por la traza política, donde también hay un amplio colectivo de almas cándidas que, lejos de cainismos, se posicionó en su día en una intermedia escala de grises. Yo me sitúo en este punto. Un punto donde muchos jaeneros perplejos que, más allá de siglas, sólo piden que los gobernantes se atengan al sacrosanto principio del interés general. ¿Que nunca se tuvo que hacer? Perfecto. ¿Que ya está hecho? Perfecto. ¿Que habrá que ponerlo en marcha sin que nadie se arruine? Perfecto. Pero ¿que se gasten 120 millones de euros para que ahí estacione el personal? Pues no. No por múltiples razones. La primera y principal porque se falta el respeto a quienes han puesto esos 120 millones de euros. O sea, los ciudadanos. La segunda porque proporciona una imagen caótica de una capital de provincia -por mucho apaño que haga a los conductores-. Y tercera porque, tal y como han reiterado los servicios de emergencia, la plataforma tranviaria se diseñó pensando que podía ser invadida por coches de policía, bomberos o sanitarios que se disponían a atender una urgencia -y ya se han dado casos de bloqueo de este tipo de vehículos-.

En fin… se avecinan municipales y las acciones de gobierno (y de oposición) siempre serán interpretadas en clave electoral. El tranvía, que figuraba en el programa que dio la alcaldía al PSOE, es un buen ejemplo de que muchas propuestas no son ningún brindis al sol. Como también es igual de cierto que infinidad de promesas sólo se quedan ahí, en el papel. Estos señores, los políticos, se han ganado a pulso recelos y desencantos, pero en su día se pactaron unas reglas del juego y ellos están legitimados para decidir en qué se gastan nuestros doblones. Por eso, por mucho que nos enzarcemos en discusiones, un aparcamiento es un aparcamiento y un tranvía es un tranvía.

Piedra a piedra

Antonio, junto a la maqueta  del Hospital de Santiago, de Úbeda. Foto de J. Pastor
Antonio, junto a la maqueta del Hospital de Santiago, de Úbeda. Foto de J. Pastor

Sí, me confieso pecador. Doce años largos en esta bendita tierra jaenera y aún no conocía el hospital de Santiago, de Úbeda. Una asignatura pendiente hasta ayer, cuando tomé carretera y manta camino de aquella mítica ciudad, la de los cerros, el Renacimiento y Joaquín Sabina, y me recorrí ese maravilloso inmueble de punta a cabo. Podría escribir aquí un panegírico sobre la obra de Vandelvira, de la que soy fervoroso admirador, y de las sensaciones que experimenté ‘perdiéndome’ entre enormes estancias, con espacios armónicos y diáfanos, y disfrutando de detalles como los magníficos frescos marienistas de la escalinata que conecta el patio con la primera galería. Pero quiero centrarme en uno de los personajes que me topé entre idas y venidas.

En una sala bautizada como ‘Pintor Juan Esteban’  me encontré con Antonio López García-Gasco. ¿Qué hace este señor? Pues básicamente auténticas virguerías en forma de maquetas. Pequeños edificios realizados en piedra que reproducen con total fidelidad monumentos como el propio Hospital de Santiago. Antonio me enseñó con orgullo algunos de los comentarios dejados en el libro de visitas y me explicó con detalle cómo había realizado aquellas miniaturas, con puertas que se abrían y se cerraban y con sistemas eléctricos que permitían que las farolas se encendieran o que manara agua de las fuentes.

Si tenéis tiempo y ganas, os animo a que visitéis esta exposición -estará abierta hasta el 15 de octubre-, que charléis como Antonio y que disfrutéis de su enorme trabajo (3.690 horas ha empleado en realizar las reproducciones que se pueden ver en el Hospital de Santiago). No os arrepentiréis.

 

Nos vemos en los bares

Siempre he defendido  que las redes sociales pueden aportar mucho y bueno  en un mundo  que autogenera una necesidad constante de información. O más bien, por ser rigurosos, una necesidad constante de interrelación. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, vivimos ‘enchufados’. Pero más allá del poder narcótico de las pantallas y las teclas –los estudiosos de las enfermedades del alma ya hablan abiertamente de ‘adicciones’-, Facebook o Twitter, por citar un par de ejemplos, pueden ser medios muy útiles para alcanzar esa cosa tan etérea llamada ‘notoriedad’ –a veces recurriendo temerariamente a la impostura-, para darse a conocer, para difundir información e incluso para hacer amigos.

Por mi condición de periodista que utiliza con asiduidad estas ‘herramientas’, me invitan con frecuencia a foros para explicar mi experiencia. Y al final de cada charla, después de narrar unas cuantas venturas propias y ajenas, siempre subrayo lo mismo. Nos quedan las personas. Empatías ‘on line’ que, por muy fútiles que parezcan, sí que pueden llegar a tener el valor de lo auténtico. Y que también pueden ser muy provechosas desde el punto de vista personal y profesional. Esferas, por otra parte, que en muchos casos sí son convergentes.

Yo jamás había visto en persona a Juanjo López. Los que se mueven por las procelosas aguas de Twitter sí que tendrán alguna referencia por su ‘nick’ Melontajaenmano. Él conocía mi trabajo en Ideal y seguía con interés mi blog ‘Patadón y tentetieso’. Yo devoraba sus producciones y sus documentales, ocurrentes y cargados de denuncia social. Pero jamás habíamos hablado. De hecho, nuestra relación partió de un encontronazo en el fragor del ‘timeline’. Pues bien, este señor tuvo un buen sueño en una mala noche de verano, me envió un privado, me habló de Tranvía Crucis. Y ‘eh voila’, cuatro meses después estábamos emitiendo la primera web serie rodada y producida en Jaén y, de camino, dando un meneíto a algunas conciencias.

Ahora, y aquí retorno a la idea principal de este artículo,  Melontajaenmano se ha convertido para mí en Juanjo López, un amigo. Ahí es nada. Tres cuartas de lo mismo podría decir de Cristina Aparicio. Desde hace un tiempo la llamo Chris e incluso ha posado para mí. O de P. P. Uceda, que ahora es Pedro y que me invitó a su boda. O de Rosa Marchal. O de Fernando R. Ortega, alias ‘Vagamundos’. O de Enrico, Yeyo e Ítalo, los chicos de JaénSquare. O de tantos seres maravillosos que –y esto es lo fascinante- aún me quedan por conocer.

¿Cuál es el problema? Que frente al universo de oportunidades que abren Facebook o Twitter, también es muy importante realizar un profiláctico ejercicio de distanciamiento de realidades que, en muchos casos, son ficticias. Y aquí les hablo como comunicador. Mi nombre es Jorge Pastor. Así  figuro en Twitter (@JorgePastorS) y Facebook. Y así aparezco todos los días en el periódico. Es fácil buscarme y encontrarme. Pero el gran talón de Aquiles de las redes es precisamente éste. La libertad de expresión no es libertad ni es expresión si no se da la cara, por muy fácil que resulte identificar una IP e incluso poner una denuncia. Por eso, porque a los señores que mueven este suculento negocio no les interesa lo más mínimo que sus ‘clientes’ se identifiquen –básicamente porque serían muchos menos-, defiendo y defenderé que el mejor sitio para charlar sigue siendo, sin lugar a dudas, la barra de un bar.

P. D. Artículo que aparece también en la nueva web de mi amiga Cristina Aparicio.

El listillo ‘converso’

Vivimos en un mundo complejo. O mejor dicho, en un mundo que nosotros convertimos en complejo. Esta especie de pulsión por hacerlo todo complicado, muy complicado, lo más complicado, podría entenderse como un acto reflejo. Igual que respirar. Igual que sudar cuando hace calor. Somos así. Pero también hay quien, avispado él, ha encontrado en la dificultad su ‘modus vivendi’. Le interesa que la gente no ‘se entere de la misa la mitad’ porque la confusión le genera réditos. Rentabilidades más o menos inmediatas que no tienen por qué ser forzosamente económicas. Les pondré un ejemplo. Hace unos días estuve pasando la ITV. Cuál fue mi sorpresa cuando me apercibí de que no bastaba tan solo con solicitar cita y esperar turno, como antaño. Ahora hay que validar primero en una máquina y después pasar por mostrador y por caja, por supuesto. Un señor, pura amibilidad, me lo explicó y… hábilmente se coló. Así de fácil. Entregó sus papeles mientras yo me afanaba con la teclita. Por la patilla. Un tío listo. No solo no podía afearle su conducta, sino que además tenía que estarle agradecido. Harcele la ola. Él ganó; yo perdí. Punto pelota.

Este episodio, con un ‘impacto’ limitado -al fin y al cabo solo me fastidé yo-, refleja esta especie de forcejeo entre el ‘listillo’, que se mueve como pez en el agua en esta sociedad reglada por cientos de normas tan procelosas como estúpidas, y el ‘tontillo’. Normalmente el pleito se queda ahí. No va a más. El ‘listillo’ sale airoso y el ‘tontillo’ se jode. ¿Qué pasa? Pues que no sé si será por la crisis, por este tiempo inestable o por lo que sea, pero cada vez es más frecuente que el ‘tontillo’ se rebele. A veces se queda en una simple llamada de atención. Otras en un intercambio de pareceres más o menos airado. Pero también hay quien la endiña con la mano abierta. Eso está feo, lo de ir agradiendo, pero revela que mucha gente -cada vez más- está hasta el mismísimo pie de que le tomen el pelo. Y no me refiero a la anécdota de la ITV, sino a todos los ámbitos de la vida donde haya un ‘listillo’. Desde la cola del pan hasta las más altas esferas de la cosa pública, pasando por entidades financieras o por las siempre ‘amadísimas y queridísimas’ compañías de telefonía.

Ya les digo, que me produce una enorme satisfacción que se plante cara al ‘listillo’. Significa muchas cosas. Significa que estamos madurando. Significa que a nadie le gusta que le metan el dedo en la boca. Pero sobre todo significa que la gente reivindica su derecho a no ser tratado como un idiota. Ahora solo hace falta que el ‘listillo’ apele a su condición de mente prelúcida para darse cuenta de que, igual, ya no es tan ‘listillo’ y puede tener serios problemas. Ahí lo dejo. Que cada cual ponga los nombres y los apellidos.

P. D. Releyendo este artículo se me ha venido a la mente esta canción.

 

 

El maravilloso mundo de las aceitunas

Un joven observa un expositor en el Museo Terra Oleum con las variedades de aceitunas que hay en el mundo. Foto Jorge Pastor
Un joven observa un expositor en el Museo Terra Oleum con las variedades de aceitunas que hay en el mundo. Foto Jorge Pastor

¿Sabía que en el mundo existen más de dos mil variedades de aceitunas distribuidas por los cinco continentes? No, no es una cuestión inocente. Tiene ‘trampa’. Busca despertar su curiosidad. Pues bien, este juego de pregunta-respuesta es el principal fundamento del Museo Terra Oleum, el ‘guggenheim de Jaén’, como lo definió hace unos meses la consejera de Agricultura. Hubo quien tildó la comparación de exagerada. Y posiblemente Víboras se pasó con la hipérbole. Pero lo cierto es que, cuando visite Terra Oleum, casi seguro que se sorprenderá por la espectacularidad del edificio, teñido de ‘oro’ –emulando el color del aceite de oliva–, pero sobre todo por sus contenidos. La foto que acompaña este texto le dará una idea bastante precisa de lo que estamos hablando.

Terra Oleum, que ha supuesto una inversión de seis millones de euros, se encuentra en el parque Geolit, en el término de Mengíbar. A unos veinte minutos de la capital jienense. Se trata, como reza el catálogo, «de un
espacio destinado a la difusión de la cultura del olivar, integrado por áreas de exposición descubiertas e interiores». Eso dice la teoría. En la práctica es una experiencia muy estimulante para propios y extraños porque,
utilizando la última tecnología, enseña a comprender ‘el maravilloso mundo de las aceitunas’ desde que germinan hasta que llegan a la mesa en forma de aceite de oliva. No hace falta tener conocimientos de biología. Ni de química. Ni física. Tan solo dejarse llevar. Pulsar teclas y descubrir la singularidad de un cultivo imbricado en el ADN de esta provincia y en la idiosincrasia de sus gentes.

La larga travesía del desierto

Sabe a poco. Sabe prácticamente a nada. Según los datos de la última Encuesta de Población Activa (EPA), el único sistema homologado en toda la Unión Europea para medir el desempleo, en el tercer trimestre había en Jaén 2.000 parados menos que en el segundo. Más allá de la precariedad y la eventualidad del empleo que se ha generado, ésta tendría que ser una noticia positiva. Y lo es. Peor hubiera sido que en vez de 2.000 menos fueran 2.000 más. ¿Qué pasa? Pues que la escabechina durante estos seis años ha sido tan salvaje que 2.000 menos saben a poquísimo. De continuar por estos derroteros, la travesía del desierto no será larga en Jaén, será eterna. Y la mejor prueba de ello es que, a pesar de este ‘menos 2.000’, Jaén sigue teniendo una tasa de paro superior al cuarenta por ciento. Exactamente un 40,4% –frente al 40,6% de la anterior EPA–. La segunda más elevada de España después de Melilla, con un 41,2%. Lógicamente la diferencia respecto al índice nacional (26%) y el autonómico (36,8%) es abismal, lo que refleja la virulencia de la crisis en un territorio como Jaén, con un déficit de 8.300 empresas y con una renta familiar que ya se sitúa por debajo de los 1.000 euros, a lo que habría que sumar las secuelas de una de las peores campañas oleícolas que se recuerdan. Todo ello ha conducido a que Jaén rebase el 40% durante tres trimestres consecutivos. Es decir, desde enero hasta septiembre, un promedio de cuatro de cada diez jienenses en edad laboral se encuentran ‘sin oficio ni beneficio’. Una barbaridad.

En estos momentos, según la EPA, hay 122.900 desempleados frente a 181.600 ocupados. Pues agréguenle a esos 122.900 los 131.000 pensionistas –no contamos ni a los inactivos ni a los dependientes menores de dieciséis años– y háganse una idea de la proporción que hay entre los que contribuyen al sistema y los que dependen de él. Y es que, además de las comparativas intertrimestrales, resulta conveniente hacerlas interanuales para ganar un poco de perspectiva. Hace un año se contabilizaban en Jaén 115.200 personas sin trabajo. Ahora hemos subido hasta 122.900. Estamos hablando de 7.700 más, a razón de veintiún diarios.

Ahora lo que está por ver es cuánto tardan en llegar a Jaén los vientos de la recuperación. Ésa que, según el Gobierno, ya hemos comenzado. Mientras tanto habrá que confiar en los recursos propios. Y los ‘recursos propios’ en estos momentos se llaman sesenta millones de olivos cargados con 3,2 millones de toneladas de aceitunas. Una cosecha que habrá que recoger entera y para la que se precisarán muchos brazos. Según las estimaciones realizadas por la Junta en el aforo, que se presentó el pasado lunes, se ofertarán siete millones de jornales. Ahí, en los olivares, y en el millar de contratos que se firmarán para la campaña navideña en el comercio y la hostelería residen todas las esperanzas. No hay más tela que cortar, salvo la honrosa excepción de picos de producción en la industria –a Jaén no le va nada mal, por ejemplo, que se hayan prorrogado las ayudas del Plan Pive en la automoción–, en los servicios y en la construcción, donde también hay algún proyecto con fecha de inicio en los próximos meses.

El retorno

Portada del retornoTras unas semanas de ausencia, volvemos a la carga con ánimos renovados para afrontar este nuevo curso que se presenta, ciertamente, apasionante. En estos meses sucederán cosas muy importantes. ¿Qué pasará con el tranvía?, ¿habrá reactivación en algún sector económico?, ¿bajará el desempleo?, ¿hasta dónde llegará la disputa política? Incógnitas por despejar e incógnitas por informar. Pero miremos al mañana con el regusto del ayer.

Y como siempre pensé que el verano es campo abonado para la creatividad periodística, tanto en el terreno literario como en el referente a las imágenes, de eso va mi post de retorno. Las letras son mi devoción y las fotos mi pasión. Por eso, ante la eventual ausencia vacacional de mis compas foteros, Francis J. Cano y Manuel Béjar, dos maestros, el periódico me encomendó la estimulante tarea de ilustrar la portada del regreso del Real Jaén a la división de plata trece años después. Fue un 18 de agosto de 2013. Hice esto. Y hoy lo quiero compartir con todos vosotros.

 

Punto y seguido

Cierro el chiringuito durante unos días. Pongo el piloto automático y dejo este vídeo del acto de entrega de los Premios de Periodismo de Jaén del pasado viernes, donde este plumilla y este blog -sin que sirva de precedente- acapararon parte de los focos. Nos vemos en breve.