Los periodistas ‘tradicionales’

Ideal, donde curro desde hace casi quince años, ha cumplido setenta y cinco primaveras. Mucho ha llovido en los olivos desde aquel 23 de julio de 1939. De la linotipia, el fotograbado y los gacetilleros a la edición instantánea, retransmisiones en línea a golpe de tuit y comunicadores en constante proceso de adaptación. Revoluciones tecnológicas que no han cambiado la esencia de nuestro oficio y nuestra razón de ser: contar historias que nos interesan a todos con el máximo rigor. La prensa tiene pasado y tiene presente, pero sobre todo tiene futuro. Podría pensarse que mis argumentos son predecibles porque soy parte interesada. Pues que se piense. Que cada cual opine lo que le dé la real de la gana. Pero sí creo que nos hemos ganado el derecho a pensar que existe un mañana porque pocos sectores han mostrado tanta capacidad de aclimatarse al cambio como éste. Sí, y en este punto quiero romper una lanza en pro de la denominada ‘prensa tradicional’. Y lo haré desde una perspectiva autocrítica.

Vivimos una interesante etapa de ‘borrón y cuenta nueva’. La crisis ha tocado nuestros bolsillos y nuestras conciencias. ‘Lo de antes no vale’. Un discurso que, llevado la extremo, supone la asimilación simplista de ‘antes’ con ‘malo’. Y ahí es donde esa ‘prensa tradicional’ sale claramente trasquilada. Y entonces, cuando nos apuntan con el dedo acusador, me gusta mirar a mi alrededor. Y veo a Juan Esteban Poveda, enganchado al móvil y descubriendo casos de corrupción que luego se convierten en noticia nacional. O veo a José Liébana, estudiando pormenorizadamente el discurso de los políticos para que los lectores dispongan al día siguiente de toda las claves de la actualidad municipal. O veo a Lorena Cádiz, redactando con entusiasmo historias de enorme calado humano. O veo a Remedios Morente, valorando temas con los corresponsales Irene Téllez, Jessica Soto, José Carlos González, Alberto Román, Santiago Campos, Laura Fernández, Enrique Alonso y con los siempre intrépidos compañeros de deportes, Miguel Ángel Contreras, José Antonio Gutiérrez y Ángel Mendoza. O veo a José Luis Adán, dirigiendo una ‘orquesta’ donde ningún músico puede saltarse la partitura del rigor. Y entonces suena el teléfono. Es Mónica Lopera, informando de que ya tiene listos los perfiles de los candidatos a rector de la UJA. O también podría ser Carmen Cabrera, cerrando alguno de los curiosos reportajes que publicamos estos días sobre el movimiento cofrade. O el gran Antonio Ordóñez, siempre al tanto de todo lo que ocurre en la vida cultural de Jaén.

¿Estos tíos son los ‘malos’?, ¿estos tíos son los ‘tradicionales’?, ¿estos tíos son los que ‘manipulan’ y defienden los ‘intereses bastardos de los poderes establecidos’? Pues no. Estamos todos los días ahí. Dando la cara. En primera línea de fuego. El planteamiento de nuestros artículos puede ser discutible, podemos equivocarnos en algún dato y las críticas siempre estarán muy justificadas, pero estos ‘periodistas tradicionales’ son gente honesta, que aman este bendito oficio y que, sobre todo, se pueden acostar todas las noches con la conciencia muy tranquila.

Jaén, SOS

Que el paro subiría en la provincia era un secreto a voces. Y que subiría mucho, también. Pero, a pesar de que todo el mundo estaba advertido del batacazo mayúsculo, el análisis de las estadísticas evidencia un estado de auténtica emergencia para Jaén. El problema no es que el desempleo aumentara –oigan bien– un 14,27% el mes pasado como consecuencia de la finalización de la aceituna. El problema es que si tomamos como referencia los últimos doce meses, el número de inscritos en el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), se ha incrementado –vuelvan a oír bien– un 19,90%, mientras que en todas las provincias españolas –menos Álava– baja. En algunos casos, incluso, por debajo del diez por ciento.

Y ahora vayamos con los porqués. El más socorrido es el de los olivos y los jornales. Como la producción ha sido muy corta, no hay trabajo. Esto fue, básicamente, lo que afirmó este miércoles el consejero de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo, José Sánchez Maldonado, en el transcurso de una rueda de prensa para anunciar que la Junta aprobará en un mes un decreto para poner en marcha cuatro programas de empleo. Hablaba en términos generales de Andalucía, pero cuando se mentan las palabras ‘olivos’ y ‘jornales’ ya saben hacia donde se dirigen todas las miradas. Pero las razones de este auténtico desaguisado son otras que van mucho más allá del sumar y restar días vareando y tienen mucho que ver con el retraso secular de Jaén y la absoluta incapacidad de generar, desde los poderes públicos, un modelo productivo capaz de sustentar un mercado laboral dependiente de algo tan aleatorio como que llueva y haya aceitunas. En ese sentido se manifestaron ayer, con más o menos matices, tanto la Confederación de Empresarios de Jaén como los sindicatos y los partidos políticos. Moraleja, todo el mundo tiene claro el diagnóstico e incluso las soluciones –ahí están las hojas de ruta marcadas por los planes estratégicos–, pero el mundo sigue igual. Ahora y desde hace siglos.

Vayamos con los números. Miren, de los 77.980 nuevos parados que se contabilizan en España, la friolera de 8.174 –más del diez por ciento– se tienen que imputar a Jaén. Sí, como suena. Si se valora ‘la cosa’ por actividades, se observa claramente un efecto rebote. Al igual que allá por noviembre, cuando se generalizaron las tareas de recolección, se produjo un descenso generalizado en los cuatro grandes epígrafes del SPEE –hubo quien habló en aquel instante de una especie de recuperación milagrosa–, ahora se ha producido un crecimiento generalizado también en los cuatro. En la agricultura hay 6.769 inscritos más; en la industria, 70 más; en la construcción, 52 más; y en los servicios, 1.651 más. ¿Por qué? Pues básicamente porque no solo los ‘trabajadores del campo’ participan en la cosecha olivarera, sino también camareros, albañiles, dependientes del comercio… todos los perfiles que se puedan imaginar. De ahí esos movimientos en bloque. La excepción que confirma la norma son el ‘colectivo sin empleo anterior’, con 368 personas menos.

Respecto a los contratos. Según la información que maneja el SPEE –y que son de consulta pública–, se firmaron 45.112 en enero, una cifra sensiblemente inferior a los 75.731 que se rubricaron un año antes, cuando todavía estábamos en la ‘campaña de todos los récords’, con más de 750.000 toneladas producidas sólo en Jaén. La tasa de precariedad sigue siendo extrema. Sólo el 1,8% de las altas no tenían fecha de caducidad. Se está registrando una eventualidad extrema en los puestos de trabajo que se están ofreciendo. Todo ello tiene una influencia muy negativa en la afiliación a la Seguridad Social en Jaén, que registra una caída intermensual del 8,72% e interanual del 14,24%. Ahora mismo se computan un total de 221.686 cotizantes frente a los 258.486 que había un año antes.

El pimiento morrón

No hace mucho, un par de semanas, me llamaron de un programa radiofónico para que, atendiendo a mi condición de periodista especializado en temas económicos, les hablara de lo que estaba sucediendo en Jaén. De por qué mientras que el paro bajaba en toda España, esta provincia era la excepción que confirmaba la regla y que el número de demandantes inscritos en el Inem subía a razón de un siete por ciento en el último año. Por unos momentos dudé. Pero al final accedí. Y lo hice porque, más allá de enarbolar la bandera del terruño –ya he comentado en alguna ocasión que me repele el ombliguismo–, quizá había llegado el momento de explicar que sí, que el mantra de que hay menos trabajo porque hay menos jornales está muy bien, pero que el mar de fondo es que Jaén importa un pimiento morrón. Que sucedía hace cuatro siglos y que sigue pasando ahora. Y esto fue más o menos lo que expliqué.

Y es que ese mapa de la vergüenza, que destaca en azulillo las provincias donde se redujo el desempleo en 2014, y en rojo donde aumentó (Jaén, Melilla y Álava), que tanto ha indignado al personal estos días en el particular cosmos de la redes sociales, representa un auténtico fracaso de un modelo. Resulta increíble que a estas alturas de la película la economía de un territorio como Jaén, enclavado en un país del primer mundo, dependa de algo tan aleatorio como que las nubes vengan y descarguen –con cuidado, eso sí– y los olivos den aceite. Porque, muy básicamente, las cosas funcionan así en Jaén. Ante esta realidad, nos podemos limitar a ‘tirar de librillo’, sumar y restar toneladas de aceituna y maldecir nuestro destino. O entrar en el fondo de la cuestión y preguntarnos ¿por qué? ¿Por qué no existe el turismo?, ¿por qué no existe la industria?, ¿por qué no existen los servicios? Miren, para que se hagan una idea, de los más de 500.000 contratos que se firmaron por estos pagos el curso anterior, alrededor de 300.000 corresponden a la agricultura. Ya saben: ‘cuando el olivar tose, Jaén se resfría’. Y así ‘in saecula saeculorum’. Esto es así.

Ahora, como epílogo, podría dar rienda suelta al cabrón que todos llevamos dentro y disparar a discreción. Pero como la musiquita de la ‘necesidad de diversificación’, ‘el aprovechamiento de las sinergias’ y demás adagios son de sobra conocidos –las razones de lo que está sucediendo todo el mundo las tiene más o menos claras y se supone que, después de dos planes estratégicos, las hojas de ruta, también–, pues me voy a limitar a pedir que dejen de vendernos la burra y que sencillamente nos traten como ciudadanos que ríen, lloran, se emocionan, pagan sus impuestos e incluso piensan.

Alarmista, facha y rojo

Hace unos días publiqué en Ideal un artículo sobre la pobreza energética. Lo titulé ‘La condena del frío’ y aporté una serie de datos para sustentar la verosimilitud de este encabezamiento. Uno de ellos que, según estimaciones realizadas por la propia Cáritas, 24.000 hogares jienenses no se pueden permitir el lujo de encender el brasero. O que Cruz Roja ha tenido que pagar casi 100.000 euros en recibos de la luz para que familias de Jaén sin recursos, y en la mayor parte con niños y mayores a su cargo, no se quedaran a oscuras. Pues bien, no tardó en llegarme la acusación de ‘generar alarma social’. Un clásico en estos pleitos. “Pastor, eres un alarmista”. Pues eso, como soy “alarmista”, me van a permitir que siga profundizando en el asunto. Yo no soy periodista para ir haciendo amigos. Tampoco para ganarme enemigos. Pero sí para mostrar realidades que, por mucho que jodan, están ahí. ¿Que la crisis es un estado de ánimo? Por las narices. La crisis es que cerca de 100.000 personas, muchos de ellos críos o ancianos, no puedan enchufar una estufa porque si no les falta para comer.

Yo no disfruto contado estas cosas. Pero me parece profundamente deshonesto obviarlas. Estoy deseando que la manida recuperación sea algo más que literatura en voz de los que, como dijo hace unos días Iñaki Gabilondo, han logrado que España crezca al dos por ciento, pero a costa del empobrecimiento del prójimo. Ahora, después de decir esto, seguro que además de “alarmista”, también seré “rojo” o “facha”, vaya usted a saber. Pues sí, este “alarmista, rojo y facha”, todo a la vez, considera que es una canallada que 100.000 almas en esta provincia pasen frío en sus propias casas. O que compañías que cuentan sus beneficios por miles de millones -y los sueldos de sus directivos ‘sólo’ por millones, otros pobreticos- corten la electricidad a quien no puede pagarla -da igual que sea invierno- y cuando logran saldar sus deudas, privándose muchas veces de lo más básico, les obliguen a tramitar un alta nueva, con todos los costes que ello conlleva. Un castigo sobrevenido. ¿Por qué? Porque eres pobre.

De verdad, como periodista especializado en economía, siento añoranza de aquellos maravillosos años, no tan lejanos, en que la tasa de desempleo en Jaén estábamos por debajo del diez por ciento y sin inmigrantes, por ejemplo, no había quien recogiera las aceitunas. Cuando publicábamos que la gente compraba pisos a 3.000 euros el metro cuadrado, cuando se pedían créditos -y los concedían- para irse de vacaciones o cuando los mil euros era un sueldo de mierda. Qué ganicas de darle a la tecla todos los días contando estas peliculitas. Mientras tanto sí, me confieso “alarmista, rojo y facha”.

Nosotros, los ‘pobreticos’

No sé ustedes, pero yo no termino de acostumbrarme a esto de ser unos ‘pobreticos’. Supongo que por aquello de que escribo a diario sobre ‘la cosa’ debería estar inmunizado, pero nada. Me sigue tocando mucho las narices eso de que, dos o tres veces al mes, salgan los ‘entendidos’ echando sal en la herida y recordándonos que Jaén siempre es la última o, excepcionalmente, la penúltima. Entonces, como la manda la tradición, nos lamemos las heridas y nos ciscamos en los arcanos.  “¿Quién me ha puesto la pierna encima para que no levante cabeza?”, que dijo en su día un muchacho en el programa del Gran Hermano para maldecir un destino siempre cruel. Pues eso. Igual ya se han enterado de la última. La Agencia Tributaria publicó un informe hace unos días sobre percepciones salariales. Dos grandes conclusiones respecto a Jaén. Que hay más de 110.000 criaturas que viven -bueno, que subsisten- con un sueldo inferior a los 380 euros al mes. Hagan cuentas. Y que Jaén es ya la única provincia española donde los trabajadores cobran una nómina media inferior a los mil euros brutos mensuales -vayan quitándole IRPF, Seguridad Social y parte proporcional de las pagas extras-.

Ya les digo que me cuesta mucho digerir estos datos. ¿Dónde narices está escrito? ¿Dónde dice que Jaén ‘debe’ tener una tasa de paro del 36%?, ¿dónde dice que Jaén ‘debe’ tener la menor renta por habitante de España? y ¿dónde dice que Jaén ‘debe’ tener los salarios más bajos? Porque, por muy acomplejados que estemos, no somos más tonticos ni menos estudiosos. O sea, algo lleva muchísimo tiempo fallando -yo aseguraría que varios decenios- y no ‘podemos’ o ‘queremos’ darle solución. Y entrecomillo ‘podemos’ o ‘queremos’ porque, en efecto, todos somos corresponsables de esta situación y porque las soluciones van más allá del voluntarismo. Tranquilos, no entraré en digresiones metafísicas ni en teorías conspiranoicas para encontrar los porqués. Tampoco compro el mensaje de que nosotros, lo que nos hacemos eco de estas estadísticas, somos seres malignos que disfrutamos anunciando pesares, como últimamente insisten los llamados a administrar los doblones públicos mientras fuerzas políticas emergentes amenazan con moverles el sillón. Lo más fácil siempre ha sido matar al mensajero.

Creo que el gran problema se llama ‘resignación’. No hay peor mal que acostumbrarse a que el mundo sea así. Resulta peligroso cuando, por equis circunstancias, entramos de forma individual en esta especie de letargo. Y es peligrosísimo cuando la abulia es colectiva, que es exactamente el punto en que nos hallamos en este momento y en este lugar. Por eso nos hemos habituado a entender como algo natural que convivamos con un paro del 36%, que se hayan gastado 120 millones de euros en un tranvía que no funciona o como este año hay pocas aceitunas, pues toca joderse. ¿La culpa? Quizá esta vez sí encontraremos alguna respuesta si nos miramos el ombligo.

¿Qué hay de lo nuestro?

Hola, amigos ¿han aprendido ya a parlar català? Supongo que no. Que la mayoría de ustedes aún no dominan a la perfección la lengua de Pla, Verdaguer o Jaume Cabré -por citar a un autor más contemporáneo-, pero ya les digo yo que de aquí a que se celebren las elecciones plebiscitarias, van a recitar el ‘Mon darrer bé’ de Ausias March como si fueran del Vendrell. Sí, porque si consideran que el atracón del ‘asunto catalán’ había terminado con la consulta del 9 de noviembre, ya les digo yo que se equivocan. ‘Mare meva, quina barbaritat’. Tomaba el otro día unas cañas con un amigo bastante guasón. Hablamos de lo que haríamos con una tarjeta ‘black’, de lo malo que viene el año con esto de las aceitunas y, obviamente, de Cataluña. Me comentaba que últimamente andaba con desvelo y que, tras probar incluso alguna medicina, había optado por los remedios caseros. Cenas frugales, lecturas a media luz, duchitas relajantes… y el sempiterno truco de contar ovejitas. Y ni así. Hasta que decidió cambiar los borreguitos por arturitos. Un arturito más, dos arturitos más, tres arturitos más… y al sexto arturito más, como un lirón. “Supongo que la tranquilidad que te confiere la familiaridad”, teorizaba mientras pedía al camarero que le pusiera la cuarta.

Ironías aparte, lo cierto es que, en efecto, Cataluña puede ser, perfectamente, el principal problema de este país, instalado en la estupefacción desde hace ya unos cuantos años. Porque no hablamos solamente de la posibilidad de que se levante una alambrada en el valle de Arán o en el río Senia, sino de la constatación de que ya ha emergido un gran muro, el mental. Una versión más cercana de aquel ‘Mauer mi Kopf ‘ que separaba los pensamientos de los alemanes del oriente de los del occidente. Sí, las fobias y las divisiones ya están aquí. Y han venido para quedarse. Para mí, sin lugar a dudas, lo más preocupante. Y utilizo la primera persona del singular porque, al igual que decenas de miles de jienenses o andaluces unidos con Cataluña por los graníticos lazos de la sangre, asistimos atónitos a la pérdida de un referente emocional. Tengo la absoluta convicción de que votar siempre fue, es y será bueno, pero también tengo la absoluta convicción de que, en este mundo de las grandes estructuras políticas, la solución no pasa por crear microestados. Estoy seguro de que Cataluña lo pasará tan mal como España. ¿Hay necesidad? Pues que hablen de una puñetera vez, ‘collons’.

Mientras tanto, mientras deshojan la margarita y se alimentan las aversiones, exijo, como ciudadano que paga sus impuestos, que provincias como Jaén o Granada también tengan la consideración de ‘problema’. Sí, porque tan real y respetable es el anhelo independentista de 1,8 millones de catalanes como la preocupación superlativa de 1,6 millones de jienenses y granadinos que soportan una tasa de paro del cuarenta por ciento. Pido que también se hable de nosotros. De nuestras carencias de infraestructuras. De nuestros déficits de industrialización. De nuestras vidas. De nuestras esperanzas. De nuestro mañana.

Vivimos acongojaditos

Vivimos acojonaditos. Con el alma en vilo. Miedos coyunturales que ahora se han convertido en atávicos. Nos levantamos con el pie derecho porque tememos doblarnos el izquierdo. Lavamos cinco veces el tomate del desayuno para erradicar la más mínima molécula del pesticida. Sacamos diez euros del cajero porque pensamos que veinte son demasiados, “que la recuperación sólo se la cree Rajoy”, decía la otra tarde muy azorada mi vecina. Saludamos con un “hasta luego que llevo prisa” para evitar los apretones de manos, besos en la mejilla y cualquier otro contacto con riesgo de infección. Temores del siglo XXI. Temores de 2014. Temores, temores y más temores.

La primera consecuencia de este estado de alarma permanente es que salimos menos a la calle porque, de forma más o menos consciente, creemos que estamos más seguros embutidos en la bata de guatiné y armados con el mando a distancia. Pero no. Ponemos la tele y lo primero que sale es Matías Prats hablando del ébola. Cambiamos rápidamente, ya angustiados, y sintonizamos Teledeporte. Y justo ese día, precisamente ese día, Nadal pierde contra Monfils -tenía que ser francés que si no, no mola-. Entonces, absolutamente acongojados, ponemos a Jorge Javier, buscando lo vaporoso, pero sale llorando Belén Esteban, la princesa del pueblo. ¿Exageraciones? Pues quizá sí. Pero es que eso es realmente nuestra vida, una pura exageración. Una exageración perpetua de una sociedad que se está acostumbrando a convivir con una incertidumbre que aplaca algo tan maravilloso y terapéutico como la ilusión.

Sé que los periodistas somos corresponsables de esta turbación colectiva. No despejaré balones a córner, pero siempre creí -y sigo creyendo- que más allá de la sanísima costumbre de estar informados, hay un factor previo que se llama criterio. Por eso, aquí y ahora, propongo que las barreras vengan impuestas por el sentido común. Creo que es el primer paso para algo tan importante como devaluar los problemas. Y después, a partir de ahí, una vez superada con éxito la difícil fase de relativizar lo ‘trascendente’ -importante las comillas-, hagamos el firme propósito de anteponer el ‘descojonado’ al ‘acojonado’, de situarnos delante del espejo -a ser posible recién levantados- y echar unas risas y por último, ahora que estamos de San Lucas, de bajar a la feria para tomarse un par de fresquitos bien servidos, pegarse unos cuantos ‘bailables’ y, amigos y amigas, que ‘salga el sol por Jabalcuz’.

Volando voy

Chiquillos disfrutando de lo lindo mientras desafían la ley de la gravedad en San Lucas 2014. /Jorge Pastor
Chiquillos disfrutando de lo lindo mientras desafían la ley de la gravedad en San Lucas 2014. /Jorge Pastor

En la feria hay para todos», dijo el sábado la concejala Cristina Nestares antes de que el pregonero pregonara y la cabalgata cabalgara. Para los grandes, para los medianos y por supuesto para los pequeños. Pues bien, ayer era el día de los pequeños. Bueno, ayer y el próximo domingo, que el Día del Niño viene con bonus en San Lucas 2014. Y ¿qué es, en esencia, el Día del Niño? El asunto conviene analizarlo desde la perspectiva de los críos y también de los padres. Sí, los chiquillos se pueden subir en los cachivaches a dos euros el viaje –normalmente cuesta tres– y, volviendo la oración por pasiva, los papis solo tienen que apoquinar la bonita cifra dos euros para colmar de felicidad a la prole. «Que estamos que lo tiramos, oiga», clamaba este martes uno de los speaker para atraer a parroquianos a su atracción. «Lo mejor del mundo mundial», aseguraba el buen señor, todo pundonor y ‘originalidad’, mientras que por la megafonía, a todo trapo, sonaba, cómo no, ‘Caballito de palo’ –qué fue de los clásicos de Parchís, Enrique y Ana y las bandas sonoras de Walt Disney–.

Y es que, déjense ustedes de gaitas, trompetillas y tambores, que ‘la pela es la pela’ y que no hay mejor excusa para bajar al ferial que la vuelta salga un 33,33% por ciento más barata –los decimales son importantes, que estamos en crisis económica–. Frente al aspecto un tanto desangelado que mostraban las casetas, los carruseles, justo enfrente, a reventar. Miles de personas deambulando por la ‘calle del infierno’. Picando allí y picando allá. Dos ambientes bien diferenciados. El de artilugios como el Flip Fly, muy demandado por púberes ávidos de sensaciones adrenalíticas y sin miedo alguno a desafiar la ley de la gravedad. Y el de los ‘tocotones’ graciosos dando vueltecitas y cabalgados por gitanillos y gitanillas con peineta y lunar.

Además, sin lluvia. Aunque a eso de las cinco cayeron unas tímidas gotas y en el horizonte, allá por la Loma, se veían unas nubes negras-negrísimas, conforme fue avanzado la tarde, los cielos se abrieron y se impuso un reconfortante solecito la mar de apetecible. Y es que hacía algo más que fresquito en Jaén. Pocas mangas cortas y muchas chaquetillas. Ya se sabe, estamos en ‘San Lucas y cierra España’. Entrados ya en el otoño. También, para que la jugada fuera completa, el excelentísimo tuvo a bien habilitar un servicio gratuito de autobuses para que a las familias no les costara un céntimo comparecer en el real. Todo ello influyó –y de qué manera– en que hubiera tantísima gente a esta ribera del Mississippi.

También una jornada propicia para ‘esos otros feriantes’. Para los que venden bolas de algodón, garrapiñadas y ‘tajadas’ de coco. Para las hamburgueserías errantes. Para los puestos de juguetitos. Para los payasos que dan globos a cambio de propina. Para todos aquellos que van de feria en feria ganándose la vida. Que, nuevamente, «en San Lucas hay para todos».

A eso de las 20,30 horas la afluencia empezó a bajar poco a poco. Hoy hay colegio, instituto y universidad. E incluso ya hay quienes tienen algún examen a la vuelta de la esquina. El despertador sigue sonando a las ocho de la mañana por mucho que sea San Lucas y en Jaén primen los farolillos. Y es que, como dijo el castizo, «todavía queda mucho camino por andar» hasta la traca del domingo y el ‘pobre de mí’ a la manera de los lagartos.

Piedra a piedra

Antonio, junto a la maqueta  del Hospital de Santiago, de Úbeda. Foto de J. Pastor
Antonio, junto a la maqueta del Hospital de Santiago, de Úbeda. Foto de J. Pastor

Sí, me confieso pecador. Doce años largos en esta bendita tierra jaenera y aún no conocía el hospital de Santiago, de Úbeda. Una asignatura pendiente hasta ayer, cuando tomé carretera y manta camino de aquella mítica ciudad, la de los cerros, el Renacimiento y Joaquín Sabina, y me recorrí ese maravilloso inmueble de punta a cabo. Podría escribir aquí un panegírico sobre la obra de Vandelvira, de la que soy fervoroso admirador, y de las sensaciones que experimenté ‘perdiéndome’ entre enormes estancias, con espacios armónicos y diáfanos, y disfrutando de detalles como los magníficos frescos marienistas de la escalinata que conecta el patio con la primera galería. Pero quiero centrarme en uno de los personajes que me topé entre idas y venidas.

En una sala bautizada como ‘Pintor Juan Esteban’  me encontré con Antonio López García-Gasco. ¿Qué hace este señor? Pues básicamente auténticas virguerías en forma de maquetas. Pequeños edificios realizados en piedra que reproducen con total fidelidad monumentos como el propio Hospital de Santiago. Antonio me enseñó con orgullo algunos de los comentarios dejados en el libro de visitas y me explicó con detalle cómo había realizado aquellas miniaturas, con puertas que se abrían y se cerraban y con sistemas eléctricos que permitían que las farolas se encendieran o que manara agua de las fuentes.

Si tenéis tiempo y ganas, os animo a que visitéis esta exposición -estará abierta hasta el 15 de octubre-, que charléis como Antonio y que disfrutéis de su enorme trabajo (3.690 horas ha empleado en realizar las reproducciones que se pueden ver en el Hospital de Santiago). No os arrepentiréis.

 

El primer móvil de Jaén

El Motorola 450, aquirido por Radio Jaén en 1988, se guarda como una joya en una vitrina acristalada de la emisora. Foto J. Pastor
El Motorola 450, aquirido por Radio Jaén en 1988, se guarda como una joya en una vitrina acristalada de la emisora. Foto J. Pastor

Parece que fue ayer. Pero no. Se cumplen ya tres décadas de la irrupción del móvil en nuestras vidas. Buen momento para mirar para atrás y comprobar cómo aquellos mastodontes, que revolucionaron el mundo de la comunicación instantánea, se han convertido, por suerte o por desgracia, en un apéndice más de cada uno de nosotros. No es ninguna exageración. El año pasado había en España 55,7 millones de terminales para una población de 47,3 millones de personas. Resulta una obviedad decir que en este tiempo la tecnología ha avanzado muchísimo. Pero a veces necesitamos verlo e incluso sorprendernos. Haga la prueba. Saque el celular que usted lleva en el bolsillo. Y ahora fíjese en la foto que acompaña a esta información. Ahí tiene los tres decenios. Se trata de un Motorola 450 propiedad de Radio Jaén, de la Cadena Ser, y está considerado como uno de los primeros teléfonos portátiles de Jaén -algunas fuentes apuntan al primero y otras al segundo ya que, al parecer, pudo adelantarse la Subdelegación del Gobierno-. Data de 1988, fue adquirido por el ‘módico’ precio de 500.000 de las antiguas pesetas (3.000 de los modernos euros) y se muestra en una vitrina acristalada, junto a otros vestigios de ‘aquella radio’, en las instalaciones de la emisora en la calle Obispo Aguilar de la capital.

El director de Radio Jaén, Antonio Gómez, comenta que «se decidió invertir en esta máquina para solventar el problema de la mala cobertura que había en los campos de fútbol para llevar a cabo las retransmisiones». «Hicimos bastantes partidos, aunque hay que reconocer que las emisiones se hacían un poco insufribles porque cada veinte segundos se escuchaba un pitido agudo bastante desagradable para los oyentes», comenta Gómez, quien agrega que «a pesar de este ruido, aquello fue un salto cualitativo y una inversión obligada por nuestra condición de líderes, también en cuestiones técnicas». «Lo conectábamos con la mesa de mezclas y de ahí sacábamos los dos micrófonos para radiar», añade.

Obviamente, habida cuenta de las dimensiones de aquel aparato, que pesa casi cuatro kilos, lo de llevarlo en la faltriquera era poco viable. Se transportaba en un maletín junto a la batería, que duraba entre tres y cinco horas en función de la distancia con el repetidor. «Cuanto más cerca, menos energía gastaba», señala Antonio Gómez. «Los que nos dedicamos a la comunicación -afirma-, y yo que llevo tantos años, valoramos mucho lo que estos avances conllevaron en su momento para la calidad de la comunicación y lo que siguen suponiendo ahora».