Me jode

Días atrás trascendieron las conclusiones de un estudio científico que analizaba que el móvil, ese apéndice de nuestra mano, estaba acomodando nuestras entendederas. Los investigadores advertían, por ejemplo, de que ya no hacíamos el esfuerzo de memorizar porque resultaba más cómodo apuntarlo todo en el bloc de notas. En efecto, somos pies, somos manos, somos ojos y también somos un puto teléfono que ordena nuestras existencias y nos mantiene permanentemente conectados. Nuestra vida transformada en códigos binarios. Unos y ceros que van y vienen, vienen y van. Una acotación antes de continuar. No soy ningún mecanoclasta. Todo lo contrario. Me gusta incorporar las nuevas tecnologías a mi trabajo. Me encantaría tener un Iphone 6 o 7 -no sé por qué número va-. Y disfruto compartiendo mis reflexiones a través de las redes sociales, donde he tenido la oportunidad de conocer a gente maravillosa. Pero como lo cortés no quita lo valiente, no negaré que la ‘cosa’ ésta de la tecla nos está embruteciendo a todos un poquito. Y me confieso pecador.

No, no vamos por el camino correcto. Me jode que hagan ‘like’ a mis artículos y después crucen la acera para no saludarme. Me joden los besos virtuales (los prefiero reales). Me jode que me inviten a eventos y no a gintonics. Me jode mucho el Candy Crush (pero mucho). Me jode que la gente no dé la cara cuando pone a parir al prójimo. Me jode que fusilen mis fotos y borren la firma. Me jode la falta de respeto a la propiedad intelectual. Me jode quien se viste de ‘progre’ para defender el todo vale en internet. Me jode que España tenga una de las tarifas planas más caras de toda la Unión Europea. Me jode que usen las redes con ánimo de meterme el dedo en la boca. Me joden los ladrones del wifi. Me jode que no me miren a los ojos. Me jode que no socialicemos en los bares. Me jode el lenguaje críptico del Whatsapp. Me jode que ‘olvidemos’ los signos de interrogación y exclamación al comienzo de la frase. Me joden los emoticones que reproducen mierdas con ojos.

Siendo chiquito, después de ayudar a una abuela a cruzar la calle y hacer la buena obra del mes, mi madre me dijo que tenía algo de filántropo. Primero me preocupé por aquel palabro pero, tras consultar el diccionario -inicialmente pensé que era una enfermedad de la vista-, me sentí orgulloso de que doña María viera en mí tan altas cualidades. Desde entonces me he tomado la filantropía al pie de la letra. Por eso, me siento emocionalmente autorizado para deciros que mandéis el móvil a tomar viento, aunque sea por un día. Pediros que levantéis la cabeza, que ya casi es primavera y las florecillas asoman sus pétalos, que os beséis y hagáis el amor y que cerréis los ojos para soñar que un mundo sin pantallas también es posible.

Ciberpolvos

Tengo un amigo que hace unos días echó un ciberpolvo. Se conectó a internet, contactó con una chavalita, flirtearon unos minutos y… a darle a la cebolleta. Chiqui, chiqui, chiqui. Taca, taca, taca. “¡Uf nena que me voy!”. “Espera nene no vayas tan rápido”. “¡Uf nena que me fui!”. Aluciné cuando me lo contaba. Rápidamente me asaltaron unas cuantas dudas. Por ejemplo, ¿cómo se las apañaron para hacerlo sin cámara y sin micrófono? Fácil, me respondió, una mano en el teclado, intimando, y la otra en la cosita, también intimando ¿Y en qué quedó el ‘después qué’? “Pues nada, ambos coincidimos en que el ratito había sido provechoso y adiós muy buenas”, me contestó con una tranquilidad pasmosa, como si la cópula on line fuera lo mismo que bajar a comprar el pan o a hacer fotocopias. Como es lógico, pedí la venía a mi colega para contarlo todo en la bitácora, que me consta que este tipo de asuntillos siempre son del agrado del respetable. Me dijo que no había problema so apercibimiento de castración si se me ocurría dar un nombre, aunque fuera inventado, “que Jaén es muy pequeño y aquí nos conocemos todos”.

Esta historia de sexo en la red me dejó cavilando sobre lo rapidísimo que sucede todo en la ‘era de Míster Chip’, que diría Mike Ríos, y sobre la absoluta supremacía de las pantallitas en todos los ámbitos de nuestra vida. Compramos delante de la pantallita, trabajamos delante de la pantallita, jugamos delante de la pantallita y ahora, por si todo esto fuera poco, resulta que también fornicamos delante de la pantallita. Y lo peor de todo es que esta enajenación catódica ya la asumimos como algo ordinario. No quiero adoptar la pose pseudointelectualoide de los que abominan de las nuevas tecnologías porque nos convierten en unos seres desalmados. Qué va, me parecen útiles, divertidas y hasta ‘estimulantes’ -si no, que se le pregunten a mi afecto, el ‘fucker digital’-. Tengo un blog, subo noticias a la web del periódico y estoy en Facebook y Twitter. Pero creo que nos estamos aproximando peligrosamente a un punto de no retorno, el considerar, por ejemplo, que es normal hacer el amor a través de la puta pantalla.

Y no empleo la expresión ‘hacer el amor’ como recurso lingüiístico ni como propósito de enmienda por haber esgrimido en este articulillo palabras que parecieran malsonantes, sino porque reivindico que el acto amatorio, al menos, siga siendo lo que siempre ha sido, el contacto íntimo y apasionado de dos personas -sean o no del mismo sexo- que se entregan en la búsqueda del placer, que ya está bien de tanto mal rollo, tanta preocupación y tanto estrés. Ojo, que no defiendo -aquí y ahora- romanticismos, ni farragosos procesos de cortejo, ni tampoco estrategias más o menos originales pergeñadas para acabar en el lecho. Es más, ni tan siquiera hablo de amor. Todo es más sencillo. Follar como siempre. Punto.