Heridas chilenas, heridas españolas

 

Hay una imagen que se me ha venido a la memoria esta mañana. Escuchaba en la SER, a Francino, entrevistando a una corresponsal de la televisión chilena en España. La periodista está cubriendo el devenir judicial de Baltarsar Garzón para contárselo a una audiencia que no tiene término medio en sus sentimientos hacia el juez. Medio Chile lo adora y otro medio lo odia. Ella misma, con palabras más diplomáticas, lo contaba así. Y mientras lo contaba, yo pensaba en una imagen del ex dictador, con 89 años de edad, queriendo parecer aún más viejo y enfermo de lo que realmente estaba. Apenas podía andar y su familia y colaboradores lo cogían de los brazos para que el anciano no cayera al suelo dando sus torpes pasos.

Puede que mi padre, chileno y con un pasado tan marcado por la dictadura como para escribir un libro con su historia, fuera la única persona, a este y a aquel lado del ‘charco’, que miraba la televisión aquellos días con una tranquilidad tan pasmosa que llegaba incluso a parecer indiferencia. Ni sentía pena por aquel viejito, como lo hacía medio Chile, ni sentía la euforia de todas sus víctimas, directas o indirectas, que celebraban en la calle, que Pinochet era el primer dictador latino que iba a ser procesado judicialmente. Me costó, pero al final de muchas vueltas, lo entendí. Mi padre no terminaba de sentir ni una cosa, ni la otra, porque ahí estaba la clave sobre la que había construído su vida. No olvidaba, porque entonces se hubiera negado a sí mismo, a sus ideas, a su país, a sus padres, a su hermana, y a su juventud; pero tampoco guardaba odio o rencor, porque si no, no hubiera podido mirar al futuro, crear una nueva vida, tratar de ser feliz, y se hubiera negado a sí mismo, lo que a día de hoy da sentido a su vida: una familia.

El caso, es que eso que mi padre parece haber conseguido, debe ser algo extremadamente complicado. Y ya no voy a Chile, vuelvo aquí, a España, donde me da la sensación de que hay demasiada gente que no es capaz de superar el pasado, que no es capaz de mirar hacia adelante porque directamente no está dispuesta a permitir que se cierren ciertas heridas. “Lo que no se habla, no existe”, ese parece haber sido el lema en este país durante mucho tiempo. Y en base a ese lema ahora vemos a un juez sentado en el banquillo. Mientras intentó coser y curar algunas de las heridas de la historia chilena, no hubo problema, pero cuando quiso hacer lo mismo con las propias, con las de su país, ya no hubo tregua.

P. D. Gracias flaquito.

La impotencia y los niñatos

Recuerdo que una vez le pregunté a mi abuelo cuál era el secreto para estar casado 60 años con la misma mujer y seguir mirándola con tanto afecto. No tardó ni dos segundos en responderme y lo hizo con la mayor solemnidad: “es muy fácil, es simplemente tener claro que si tu mujer te dice que te tires por un barranco, reza, porque vas a tener que tirarte”. Él, mi abuelo, que era un hombre de los de antes, con una mente y unas ideas de antiguamente, de muy antiguamente, sólo quería decir con eso que respetaba a su mujer  y que sabía que muchas de las decisiones que ella había tomado a lo largo de 60 años de matrimonio, habían sido muy acertadas, y por eso la valoraba como mujer y como persona.

Me viene a la cabeza la reflexión de mi abuelo porque en menos de un mes he visto por las calles de este Jaén que parece tan tranquilo, dos escenas que no podían ser más desagradables.  La primera fue en la calle Virgen de la Capilla. Dos chavales, un chico y una chica, no tendrían más de 30 años. Ella andaba delante y él detrás, hasta que en dos zancadas se puso a la altura de ella y le dijo que o se subía al coche de inmediato o le abría la cabeza.  No oí más porque a mi también me dieron miedo las palabras del energúmeno, y seguí caminando en mi dirección, que era la contraria a la suya.

La segunda fue este fin de semana. Ésta vez los chavales tendrían 20 años.  Se peleaban en la calle Cerón y él supo cómo cortar de golpe la pelea: la amenazó con partirle la cara si no se callaba y para dejárselo más claro todavía, mientras le decía eso, la empujaba. Tampoco supe que hacer. No supe ir más allá de la impotencia de no poder enfrentarme físicamente a ellos, de que me dieran miedo, y de que tampoco puedo llamar a la policía porque cuando aparezca, a saber por donde andan los chavales. Me da impotencia pensar que parecía que estos comportamientos eran de otras generaciones, que yo creía que  las cosas estaban cambiando, y lo que veo es que para cualquier niñato acomplejado, inseguro, y  al que fijo le han llovido las collejas en el colegio, es todavía muy fácil “partirle la cara” a una mujer.