La impotencia y los niñatos

Recuerdo que una vez le pregunté a mi abuelo cuál era el secreto para estar casado 60 años con la misma mujer y seguir mirándola con tanto afecto. No tardó ni dos segundos en responderme y lo hizo con la mayor solemnidad: “es muy fácil, es simplemente tener claro que si tu mujer te dice que te tires por un barranco, reza, porque vas a tener que tirarte”. Él, mi abuelo, que era un hombre de los de antes, con una mente y unas ideas de antiguamente, de muy antiguamente, sólo quería decir con eso que respetaba a su mujer  y que sabía que muchas de las decisiones que ella había tomado a lo largo de 60 años de matrimonio, habían sido muy acertadas, y por eso la valoraba como mujer y como persona.

Me viene a la cabeza la reflexión de mi abuelo porque en menos de un mes he visto por las calles de este Jaén que parece tan tranquilo, dos escenas que no podían ser más desagradables.  La primera fue en la calle Virgen de la Capilla. Dos chavales, un chico y una chica, no tendrían más de 30 años. Ella andaba delante y él detrás, hasta que en dos zancadas se puso a la altura de ella y le dijo que o se subía al coche de inmediato o le abría la cabeza.  No oí más porque a mi también me dieron miedo las palabras del energúmeno, y seguí caminando en mi dirección, que era la contraria a la suya.

La segunda fue este fin de semana. Ésta vez los chavales tendrían 20 años.  Se peleaban en la calle Cerón y él supo cómo cortar de golpe la pelea: la amenazó con partirle la cara si no se callaba y para dejárselo más claro todavía, mientras le decía eso, la empujaba. Tampoco supe que hacer. No supe ir más allá de la impotencia de no poder enfrentarme físicamente a ellos, de que me dieran miedo, y de que tampoco puedo llamar a la policía porque cuando aparezca, a saber por donde andan los chavales. Me da impotencia pensar que parecía que estos comportamientos eran de otras generaciones, que yo creía que  las cosas estaban cambiando, y lo que veo es que para cualquier niñato acomplejado, inseguro, y  al que fijo le han llovido las collejas en el colegio, es todavía muy fácil “partirle la cara” a una mujer.

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