Fuga de cerebros

 

A la última que he despedido es a una prima. 26 años. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas. Nivel de inglés: perfecto. Ella sí tenía trabajo, en un prestigioso bufete de abogados. Trabajaba casi doce horas diarias, se llevaba más trabajo a casa los fines de semana y cobraba un sueldo mileurista. Se ha cansado. Su destino ahora es Holanda, menos horas de trabajo y un sueldo mejor. Antes que ella fue otra familiar. 29 años. Farmaceútica. Terminó la carrera y en España no conseguía encontrar trabajo. Se fue a Bristol, cerca de Londres, en Inglaterra, y allí sigue trabajando de farmaceútica. Le va tan bien que tiene miedo. A ella le gusta su país, aquí tiene a toda su familia, por eso pensó en irse un año y volver, pero ahora sabe que no puede dejar un buen empleo, bien pagado, a cambio de nada, y que en España, las oportunidades a corto o medio plazo son prácticamente cero.

Y puedo seguir. Otro amigo ingeniero que lleva semanas tratando de aprender alemán a marchas forzadas en Austria al tiempo que echa currículums en cada rincón de Viena para tratar de encontrar un trabajo y poder quedarse allí tras meses pateando Jaén sin éxito; o una abogada de 32 que se marca como próximo destino Noruega si las cosas no empiezan a cambiar rápido.

Eso, en mi idioma, se llama fuga de cerebros. El ministro Wert no se ha dado cuenta. Dice que este país no tiene fuga de cerebros, que son las estadísticas que están mal planteadas y que si hay tantos jóvenes universitarios censados en el extranjero es porque los que viven fuera desde siempre se han hecho ahora la nacionalidad española. Wert no se ha dado cuenta, pero mi madre sí. Ahora me cuenta que prácticamente todas sus amigas están sube que te sube y baja que te baja de Inglaterra o de Suiza porque allí tienen a alguno de sus hijos trabajando y van a echarles una mano con los nietos o simplemente a estar una temporada con ellos. Yo sólo digo que cuando aprecias cambios en tu entorno más cercano, a pequeña escala, es porque también están dándose a gran escala, aunque siempre hay quien no quiere verlos. Lo mismo ocurrió con la crisis. Cuando comenzamos a darnos cuenta de que a nuestro alrededor cada vez había más gente en paro es cuando apreciamos que algo raro estaba sucediendo, aunque siguieran ‘vendiéndonos la moto’ de la recesión.

El caso es que esta provincia y este país está perdiendo a sus talentos, a quienes están llamados a marcar el rumbo en el futuro. Y si eso no nos importa, vayamos a lo que nos importa a todos. Son millones de euros invertidos en dar una formación universitaria a esos jóvenes, que ahora cogen su maleta y dicen adiós.

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